Dietario de Múnich (XIII)

Visita a Luis. Vive en un piso alquilado en el barrio de Nymphenburg, donde se encuentra el famoso castillo homólogo. De camino a su casa cruzo en bici el Parque Olímpico. Está atestado de gente, a pesar de que ha hecho un tiempo irregular, de lluvia, sol, lluvia y más lluvia. El atardecer, sin embargo, da un respiro. Asoma un tremendo sol, un tremendo atardecer, con tremendas mujeres que se dirigen al Festival de Tollwood. Este festival se celebra cada año en una explanada del Parque Olímpico. Me gusta ir a esta clase de sitios para ponerme hasta arriba de comida exóticamente impostada, que no importada. No tengo ningún otro interés, salvo los intereses espúreos que me puedan mover por el otro sexo. Los conciertos de música que se celebran me aburren. Los puestos de objetos varios me son indiferentes. Cuando paso por ahí recuerdo una vez más lo que dicen que dijo Sócrates cuando pasó por un mercado atiborrado de artículos de todo tipo: “Hay que ver la cantidad de cosas que no necesito”.

En esta ciudad no hay semana donde no haya un festival de algo. Con la excusa del verano y del presunto buen tiempo, uno encuentra un festival en cada esquina. Aquí quien no tiene nada que hacer se va a un festival. Luis y yo, que a menudo no tenemos nada que hacer, no nos hemos perdido casi ninguno en lo poco que llevamos de verano. Sobre todo, los que se alargan hasta las tantas de la noche. Quizá por eso no nos hayamos acercado todavía a Tollwood, cuyo festival arrancó hace casi dos semanas bajo lluvias: cuando nos desperezamos para salir de casa, los stands ya llevan cerrados un par de horas. Toolwood es un festival para ir en familia, con pareja o con amigos a “echar el rato”. Y ese es el problema que tenemos Luis y yo, o al menos yo, que no me gusta ir a ningún sitio a “echar el rato”, por mucho que no tenga nada que hacer.

Anoche no fuimos a echar el rato a Tollwood, sino a la casa de Luis. Me gusta ir a visitarlo. Vive en una zona residencial tranquila, con casitas unifamiliares, jardines ejemplarmente cuidados y coches de lujo que nunca voy a tener en mi vida. El lugar es, en definitiva, lo contrario de donde yo vivo. Le llevo a Luis el Diccionario de los sentimientos de José Antonio Marina y Marisa López Penas. Me lo pidió hace tiempo y hace tiempo que olvidaba llevárselo. Recupero Bajo el signo de la esvástica de Manuel Chaves Nogales, que Luis ha devorado en una sentada. Ahora lee Las raíces torcidas de América Latina de Carlos Alberto Montaner. Me apunto en la lista de espera para cuando lo acabe.

Dejamos pasar la tarde hablando de libros, de mujeres y de la vida. Cojo el libro de Marina y López Penas y leo en voz alta algunos párrafos que dedican al amor y al odio y toda la ramificación lexicográfica procedente, que en mano de estos dos eruditos de los sentimientos parece no acabarse nunca. Son temas universales que por pudor solo deberían tratarse en abstracto. Rompo esta máxima de pseudomiramientos y acabo por ilustrar humorísticamente cada idea, cada comentario, con episodios de mi vida sentimental; lo que a veces irrita a Luis, más solemne y romántico. A la luz de lo que cuentan Marina y López Penas, no deja de parecerme que todo tiempo pasado fue siempre ridículo. Nos hacemos más viejos y seguimos cometiendo los mismos errores y las mismas tonterías. Lo patético, sin embargo, es toda la solemnidad que todavía le damos y que le seguiremos dando. Y yo el primero, que he empezado con esta historia. Por lo que mi mirada escéptica y socarrona queda justificada y no deja de ser una impostura frente al romanticismo sensato e inquebrantable de mi amigo.

Luis se pregunta razonablemente si no convendría ir acabando con este tierno memorial de triunfos y fracasos; si no resulta algo contraproducente en un sábado por la noche en el que se había planeado echar el rato y salir a embrutecerse. Y en esto mi amigo tiene razón y actuamos en consecuencia.

 

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Dietario de Múnich (XII)

El Tegernsee o lago de Tegern fue nuestro punto de partida. El punto de encuentro, sin embargo, fue Harras. Harras es un barrio residencial del sur de Múnich. Su conexión de ferrocarriles, metro y autobús entre la ciudad y el sur de la región convierten este barrio en un cómodo lugar de reunión para iniciar una excursión. También es el barrio donde vive Sophie, por lo que la explicación anterior no es más que simple añadidura.

Por Harras pasa el BOB o Bayerische Oberlandbahn, es decir, el ferrocarril de la Alta Baviera. Se trata de una empresa de ferrocarriles privada que une Múnich con los Alpes bávaros. Es una más de las tantas facilidades que ofrece esta ciudad señorial y al tiempo servicial para aquellos que no disponemos de la autonomía o esclavitud – según como se mire – de un coche. Eso sí, la comodidad es a veces cuestionable: para llegar a Tegernsee solo disponíamos de un vagón lleno de pasajeros con el que íbamos a compartir involuntariamente un día de montaña. Por lo que Sophie y yo tuvimos que sentarnos en las escaleras del pasillo y practicar un poco de ejercicio de piernas y glúteos cada vez que un pasajero quería apearse o moverse de sitio.

En Gmund, una estación anterior a nuestro destino, tuvimos que bajarnos para coger un autobús. La vía estaba en obras. O eso creíamos. Al subir al autobús descubrimos que el tren no podía seguir hasta el destino final porque se estaba celebrando un triatlón. Razón que no nos dejó de sorprender. El triatlón tenía lugar en la carretera, no en la vía del tren. Así que hicimos el último trayecto en una posición de espectadores privilegiados. Los ciclistas se iban cruzando con nosotros y los más rápidos incluso nos adelantaban, lo que no dejó de parecerme una proeza todavía más incomprensible.

Llegamos relativamente pronto a nuestro destino, aunque el breve trayecto en autobús se nos hizo más largo que el del tren. Eran casi las diez y media de la mañana y el sol ya empezaba a caer despiadado. El autobús no tenía aire acondicionado. Me sentía como en una pecera. Aunque la compañía no dejó de entretenerme. En situaciones así, el calor suele aletargar a las personas y sumirlas en un sueño resignado. Observo, sin embargo, que a los alemanes, seres por naturaleza parcos en palabras, el calor les estimula la conversación. A poder ser la más tonta, lo que no deja de sorprender en un alemán, de por sí austero hasta en la imbecilidad.

Sophie quiere evitar a la muchedumbre, por lo que nos aventuramos por otro camino. Propone llegar hasta el lago de Schlier siguiendo una ruta heterodoxa. Asiento sin protestar. Para asuntos de montaña me dejo convencer fácilmente. Soy un explorador de ciudades. Una vez que me sacan de mi hábitat urbano me convierto en el ser más torpe del mundo. Sophie, por el contrario, es capaz de ir dando vueltas por la misma calle en una ciudad y creer que ha avanzado hasta el siguiente barrio. Y no es una exageración. Ya nos pasó una vez, cuando la llevé a dar una vuelta por Schwabing. Al finalizar nuestro paseo, creyó que habíamos llegado a Münchner Freiheit, al otro lado de nuestro punto de partida. Tardó en comprender que solo nos habíamos movido en círculo.

*

Si al hacerme mayor pudiera elegir un lugar donde retirarme, elegiría con toda probabilidad Tegernsee. El poblado, aunque muy turístico, recuerda en sus horas más solitarias esos pueblos de pescadores que uno ya solo encuentra en las novelas. El lago es inmenso y acaso el más limpio de la región. Sus aguas son navegables, por lo que no dudaría en hacerme con una barca. Cuando el sol brilla con fuerza, sus aguas toman un color azul turquesa. Mientras iniciamos el ascenso por un camino despejado de gente, me quedo embobado observando la combinación perfecta, casi paradisíaca, entre lago y montaña. Ante una imagen así, uno acaba por entender los excesos líricos de los poetas del terruño. “Wen Gott liebt, den lässt er fallen in dieses Land”, escribía el poeta local Ludwig Ganghofer. “A quien Dios ama, éste le permite caer en este país” o algo así.

Creo que tardamos dos horas en coronar la capilla de Riederstein. El último tramo discurre por unas escaleras con imágenes a los lados que representan la pasión de Cristo. ¿Una advertencia o una broma mala del calvario que nos espera? No es para tanto. La subida es laxa y al poco podemos contemplar el tremendo paisaje. La capilla ofrece una visión arrebatadora del lago Tegern y los Alpes. Sophie se entretiene en descifrar los picos. Yo, en mi ignorancia, me entrego, contra mi costumbre, a fotografiar lo que veo.

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No hemos llegado todavía al pico más alto de nuestro tour. Nos queda aproximadamente una hora de subida, de hacer caso a las señales que uno encuentra a cada paso. Es curioso lo bien indicado que están todos los caminos. Ni siquiera en nuestro intento por desviarnos del mainstream logramos esquivar las señales. Tal vez sea un signo de nuestro tiempo: ya no quedan heterodoxias por descubrir, por mucho que los más jóvenes nos empeñemos e incluso nos vanagloriemos. Lo que no deja de ser ridículo. Todas han sido recorridas e indicadas por alguien anteriormente.

Tardamos menos de una hora en llegar a Baumgartenschneid, a una altura de 1449 metros. Allí hacemos una descanso, comemos algo y nos detenemos a mirar el paisaje y a escuchar otras conversaciones. Es la una del mediodía. En el cielo hay pocas nubes y el sol puede castigar fácilmente las pieles más sensibles. Sophie, blanca como un lirio, se cubre la cabeza y parece inquieta. No quiere permancer mucho tiempo al sol. Y menos a esas horas impías. Aun así Sophie insiste en buscar caminos alternativos hasta que nos damos de bruces con un pequeño abismo. Hay que dar media vuelta.

El descenso gana otro encanto paisajístico. Esta vez descendemos poco a poco de las grandes vistas abiertas a la frondosidad del bosque. Es un camino a veces pedregoso, que alterna espacios boscosos con espacios abiertos. Nos satisface llegar a un tramo donde no nos cruzamos con nadie. Cada lugar nos sorprende con un tema de conversación. Aquí la responsable es Sophie, que es capaz de extraer un tema a la vista de cualquier detalle, por insignificanete que sea. Admiro ese talento por crear conversación de lo más nimio, sin necesidad de buscarlo ni forzarlo.

No es hasta las cinco de la tarde, es decir, casi siete horas después de haber empezado nuestra excursión, cuando por fin alcanzamos el lago de Schlier. Nuestros cuerpos están sudorosos y cansados y piden una chapuzón. Nos impacientamos buscando un lugar donde dejar las cosas y lanzarnos al agua. A cada paso nos encontramos el cartelito de “Baden verboten” (prohibido el baño), como una maldición, hasta que creemos encontrar un espacio donde cumplir legalmente con nuestros deseos. Comemos en la orilla y nos entregamos perezosos a las delicias de una tarde veraniega, sin otro pensamiento en la cabeza que el que esta tarde, y este día, no se acaben. Sophie, inquieta e insaciable, planea otras excursiones, mientras yo me rindo a la pereza del arte contemplativo. La luz del atardecer se impone poco a poco. Es una luz más apagada que la del Mediterráneo, que acentúa sin deslumbrar los contrastes entre el agua, el cielo y el verde de las montañas. Parece una luz fantasmal, que me hace sospechar si todo esto es cierto o se trata más bien de un sueño.

O si tanta montaña no provoca este tipo de desórdenes bucólicos en la cabeza y lo mejor sería volver a la ciudad, de donde uno no debiera salir.

Dietario de Múnich (XI)

Esta semana tiene lugar el Festival de Cine de Múnich. Es mi tercera edición. Y la primera a cuya cita quería faltar. No sin premeditación. No soy cinéfilo y me da pereza asomarme al inmenso programa de películas. Hay algunas que por tal director o cual actor uno sabe que va a lo seguro. Pero aun así siempre queda un punto de escepticismo. Luego está la pose. Su impostura. Uno parece que tenga que ir a estos eventos para justificarse. Para luego no tener que justificar que uno faltó a la cita. Que se la perdió. Ese temor adolescente a perderse algo.

Este año me hice pronto con el programa. Lo leí entero. Taché con boli las películas que quería ver. Estamos llegando al final del Festival y ahora, cuando vuelvo a mirar el programa, tengo la impresión de que señalé, como un mal agorero, todas aquellas películas que me iba a perder. El pasado miércoles me vi arrastrado, sin embargo, a ver uno de los highlights de esta edición. A veces uno acude a estos eventos por amistad o por amor. Para acompañar a alguien, un amigo, una amante, la pareja. Yo fui para que me acompañaran. El City Kino del número 12 de la Sonnestrasse, entre Sendlinger Tor y Stachus, proyectaba la celebrada película de David Trueba, Vivir es fácil con los ojos cerrados. La elegí adrede. No porque sea un entusiasta de Trueba o porque la película ganara el Goya. Desde el No a la guerra, este premio ha quedado tan envuelto de buenismo que ya no me lo tomo en serio.

La película me gustó. Para ser justos, nos gustó. La intervención posterior de Trueba fue un poco amanerada. Cosas, supongo, de este tipo de circunstancias. Al salir del cine parece haberse dado un cambio radical en la ciudad. Uno entra dos horas al cine, deja a sus espaldas una ciudad fría y un cielo nublado, y cuando sale el cielo se ha despejado y la temperatura se vuelve agradable. Supongo que son los misterios del clima continental, aunque aquí algunos estén convencidos de que esto es lo más mediterráneo que se puede encontrar en Alemania. Y es cierto.

Caminamos por la Sonnenstrasse dirección Sendlinger Tor. La película se presta fácilmente al comentario. También al comentario fácil. Hago alguna que otra aclaración sobre el contexto histórico en el que se desarrolla la película. La España de los sesenta. Una España casposa, gris y con miedo. Esto último no lo digo yo, lo dice el protagonista. En toda la conversación me ahorro establecer alguna lectura contemporánea. No sé qué intenciones tenía el director, pero no soy capaz de ver paralelismos con la situación actual en España.  Trueba menciona en el coloquio posterior la necesidad que tiene el país de esos pequeños héroes cotidianos y sus rebeldías a pequeña escala. En un momento de la película, el protagonista dice que en este país hay mucha gente que vive con miedo. Y el miedo, ya se sabe, es enemigo de la libertad. Dejo caer esta frase manufacturada y nos adentramos en el barrio de Glockenbach.

El Glockenbachviertel es el Chueca de Múnich. Pero en una versión edulcorada, a la muniquesa: ordenado, limpio, discreto. Es uno de los mejores lugares para salir por la noche. Tiene un buen ambiente, alejado del histrionismo propio de esta clase de sitios. Lo intentamos en Schnelle Liebe (“Amor rápido”), pero no hay ninguna mesa libre. Vamos descartando otros bares y cafés. Pese a que empieza a refrescar, las terrazas y las calles están llenas. Ella estuvo enferma los pasados días, por lo que evitamos las terrazas y buscamos un lugar cálido.

Una vez en en el Café Freiraum suenan tangos de fondo. No es una metáfora. Su propietario es argentino. Y los platos, de su mujer Norma. La comida no es ni argentina ni española, aunque lleven la denominación de origen de ambos países. Los platos superan toda nacionalidad. Tienen nombre propio. No tenemos mucha hambre, por lo que pedimos empanadas, queso provoleta y chorizo. Lo acompaño con un buen vino Altos del Plata. En un momento dado, me parece que suena Chau… no va más.

Supe de este tango por una crónica de mi maestro Arcadi Espada. Fue la crónica con la que se despidió de El País. La guardo como uno de las crónicas más bellas que he leído. La habré releído decenas de veces. Nunca me canso. Y luego, para qué contar, corro a escuchar la canción. Qué arranque: “¡Chau, no va más!… / Es la ley de la vida devenir / ¡Chau, no va más!… / Ya gastamos las balas y el fusil.” Evito cualquier flaqueza sentimental. Lo detesto. Ni siquiera menciono a nadie que suena Chau… no va más. Evito cualquier referencia. Intento inútilmente apartar la atención y volver a nuestros temas. En vano.

Escribe Arcadi Espada, citando a Luis Adolfo Sierra, que “el tango es elegíaco, ‘un canto al bien perdido´”. Claro. Se canta lo que se pierde, escribió Machado. Lo aterrador, sin embargo, es lo que viene después, mucho después de “ese dejarte partir sin llorar”. El levantarse, tomar café, cepillarse los dientes. Ir al trabajo. Escribir unas líneas. Y todo eso de que la vida ha de volver a la normalidad. Desde luego, un gran mérito subversivo.

A veces una canción se presenta inesperadamente como anticipo. La vida está llena de esas casualidades que siempre llegan cuando uno no las llama. Hay conversaciones que llevan implícita una despedida, sin que nadie tenga que tomarse la molestia. El humor sin chispa, las ganas sin apetencia, los temas anodinos, los silencios. No hace falta añadir nada más.

Dietario de Múnich (X)

Reencuentro con Felix en la Universidad. La última vez que nos vimos, si no recuerdo mal, fue en febrero, en un pub irlandés en Sendlinger Tor. Felix fue una de las primeras personas que conocí cuando llegué a Múnich. Todavía recuerdo el día. Era septiembre y llovía. Yo esperaba en la puerta de la Theatinerkirche en Odeonsplatz. Un tipo de casi dos metros, rubio, con botas y chaqueta de montaña y pantalones vaqueros sacados de los noventa se me plantó delante: “¡Hola! Me llamo Felix”. Así iniciamos nuestro tandem hispanoalemán. Felix escribía – y todavía anda en ello – su tesis doctoral sobre los primeros años de la conquista española en América. Yo andaba medio desempleado, corrigiendo los resultados de mi primer proyecto para Langenscheidt. Éramos dos tipos ociosos, sin nada serio que hacer, por lo que nos fuimos encontrando a menudo en los mismos lugares, cerca de la Universidad y Odeonsplatz. Desde entonces nos hemos ido viendo irregularmente, con grandes intervalos entre un encuentro y otro. Tan pronto yo encontré una ocupación más seria, perdimos aquello que nos unía: la ociosidad. Nuestra amistad se deterioró.

Felix es un alemán poco común. En su persona anidan las mayores contradicciones que he conocido en una persona. Es un radical anarcocapitalista que aprecia el ejército, una de los pilares más autoritarios de un Estado. No solo despotrica contra los parásitos – funcionarios y otras especies que se cobijan bajo el paraguas del Estado -, también es reservista y suele pasar un mes al año en un cuartel de la Bundeswehr. Ahí entrena con disciplina y obedece a la autoridad. Los gastos corren a cuenta del Estado.

Felix se reconoce nacionalista y xenófobo, pero entre sus amistades se encuentran españoles, italianos, franceses, árabes, turcos, latinoamericanos y asiáticos. De todos los colores, religiones y acentos. El Estado debería cortar el grifo de la inmigración, no dar ayudas sociales a extranjeros – de hecho, nadie debería recibir ayuda pública ni debería existir ese concepto – pero sin los inmigrantes Felix sería un alma solitaria sin ocupación alguna. También es un misógino que lee compulsivamente a Nietszche y Schopenhauer. Hoy aparecía con un libro de ensayos de este último. Lo primero que me muestra es un ensayo titulado “Über die Weiber”. Weiber es una palabra en desuso que antaño se usaba para designar a las mujeres. Tiene una carga peyorativa y actualmente se utiliza para señalar a hombres con la misma carga emotiva con que los españoles utilizamos la palabra marica. “Du, Weiber”, “Tú, marica” sale a menudo de la boca de Felix cuando alguien flaquea por una mujer. Flaquear es para Felix cojear. Y ya se sabe cuando un palomo cojea.

Felix es una persona de juicios sumarísimos: la prensa alemana es propaganda, con el Süddeutsche Zeitung y  Die Zeit a la cabezaIncluso el FAZ (Frankfurter Allgemeine Zeitung) no es lo suficientemente conservador. Der Spiegel se salva a veces de la pira por sacar mierda relevante de las cloacas del Estado. El SPD y la CDU-CSU son partidos socialdemócratas que defienden las mismas políticas (razón no le falta). Su gran esperanza en las últimas elecciones ha sido el nuevo partido Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas alemanas). Felix sostiene que todos los países europeos deberían volver a sus monedas nacionales. Ese sería el mejor bien que se le puede hacer a países como Grecia, Portugal y España. En general, a todos los países del euro. Reconoce que esto abocaría a Europa al abismo, pero solo por un par de años. Luego todos saldrían recuperados. De lo contrario, de mantener el euro con las políticas de dinero generoso – el de los alemanes, claro – del Banco Central Europeo, el suplicio se alargará eternamente.

Me divierten sus opiniones. Y la delicadeza con que las suelta. Es como un elefante que entra en una chatarrería. Lo que dice es sin duda disparatado, aunque razón no le falte a veces. Critica  a la izquierda con un arrojo ad hominem. Sin distinciones. Felix añora los tiempos en que un izquierdista defendía la lucha de clases y la clase obrera. La tardosocialdemocracia y sus derivados feministas, minorías étnicas y demás desparpajos mentales son una señal de que de la izquierda no puede venir nada bueno. Y ni qué decir de la superioridad moral con la que camina. La izquierda, claro.

Cuando en la izquierda estaban los buenos, todo lo que podía venir de la derecha era malo.  Ese monopolio de verdades morales, de buenos y malos, acabó por desacreditar a la izquierda, hasta el punto de que algunos de sus principales críticos – muchos habían formado parte de sus filas – llegaran a arramblar contra aquellos logros menos discutibles. Me temo que muchos han conservado el mismo modo de razonamiento que antes aplicaban para juzgar a la derecha. A saber, la enmienda a la totalidad por ser lo que es. Porque de allí, como bien se sabe, no puede salir nada bueno.

Dietario de Múnich (IX)

La semana trae a veces días tontos que uno valora por significar un alto en la insulsa cotidianidad. Son días que coinciden con mal tiempo, precedidos en sus niveles más tontos por una noche de fiesta hasta altas horas de la madrugada, a poder ser con despertar resacoso. El domingo suele reunir las condiciones necesarias para llevarse el galardón, especialmente en una noche como la de ayer, en la que se celebró la fiesta de apertura del Festival de Cine de Múnich. Al echar la vista hacia atrás, hago un balance – preocupado – por los cambios que mi vida ha sufrido en los últimos meses: en las dos ediciones anteriores no falté a casi ninguna de las películas de obligado cumplimiento, pero me perdí todas las fiestas. Este año voy camino de cometer el mismo error, pero a la inversa: ya me he perdido los dos primeros días de estrenos, pero no he faltado a ninguna fiesta. No creo que suponga una mejora.

Un día tonto como este hay que dedicarlo a cosas inútiles, por lo que me voy a un museo. Mi amiga Katharina me dice de ir una exposición a la Kunstbau de la galería Lenbachhaus, en Königsplatz. Ahí me presento con toda la tropa de artistas: Luis, un químico; Andreas y Fernando, dos ingenieros que trabajan para BMW. En los últimos meses me he rodeado de ese tipo de amistades, en su mayoría ingenieros de formación y profesión. Gente práctica, de provecho. Me alegra mucho acudir a esta clase de lugares con gente mentalmente saludable, de quienes sé que no tendré que oír memeces acerca de la exposición y el arte contemporáneo. Sus juicios pueden pecar de ingenuos y ser parcos en su argumentación. Pero son de una franqueza bellísima: “Vaya rollazo”, “ese está interesante”, “esto me mola”.

La exposición lleva por título Playtime, en referencia a la película homóloga de 1967 del francés Jacques Tatis. Trata un tema del que nadie puede escapar: el trabajo. La exposición se abre con un conjunto de monitores que ofrecen imágenes de la vida de un artista – cuyo nombre me guardo de mencionar – en su casa (en su habitación de trabajo, en la cocina, en el salón, etc.). Algo parecido ya lo he visto en las salas de seguridad de un supermercado, un centro comercial, un banco o una aseguradora. Solo que a nadie le da por elevar esos lugares sórdidos a los altares del arte. El resto de la exposición me provoca  el mismo apasionamiento y, a medida que avanzo, no entiendo nada. Hay un vídeo de una artista, de un solo plano, en el que se está follando a un tipo en un hotel. Sigo sin entender qué pinta ahí ese vídeo, pero no ha dejado de despertar el interés de algunos niños, que tampoco entienden nada, pero se lo pasan bomba.

La exposición acaba con una breve pincelada sobre la vida de los artistas y su relación con el trabajo, o, más bien, una inane pataleta contra la sociedad capitalista, por no saber considerar el valor del trabajo artístico. Entiendo la frustración de muchos artistas por no poder dedicarse a tiempo completo a su pasión. Y lamento que muchos de ellos deban trabajar, como el resto de mortales que no han sido tocados por la varita de la creación o la subvención. Pero no deja de provocarme sorpresa la rabieta: pues no hay lugar en el mundo donde el arte esté más subvencionado que en las llamadas “sociedades capitalistas”. Cuando oigo estos plañidos me viene la paráfrasis de una sentencia de Goebbels que Sánchez Ferlosio sentó en un artículo ya clásico: “En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador” ( “La cultura, ese invento del Gobierno”, El País, 22/11/1984).

La exposición me resulta por momentos una burda adaptación contemporánea de un arte tan burdo que se conoció como realismo socialista. Para más descaro, se presenta a sí misma – la exposición – como una mirada crítica contra el “capitalismo real”, ese fantasma que solo ha existido, cual manía persecutoria, en la mente de socialistas reales. Cuando salgo, me entretengo a leer la presentación: “El trabajo es más de la mitad de la vida: es el puntro central de nuestras vidas. La historia del trabajo empieza con la historia de la humanidad (sic). El hombre tiene que trabajar para asegurar su manutención”. Y para acabar: “Objetivos económicos y estructuras de pensamiento neoliberales se extienden a todas las parcelas de la vida, y no se detienen frente a las otrora parcelas protegidas como las de índole educativo y social. A la vez experimentamos una creciente precarización de las relaciones laborales y una solidaridad en declive con las personas, para quienes el trabajo diario ya no les llega para asegurar su existencia. Quien no tiene trabajo, parece no tener futuro”. O monta una exposición así.

Después de una hora escasa, la tropa da señales de cansancio, se amotina y amenaza con ir a tomar algo. “Ya he tenido suficiente arte por hoy”, suelta uno. “Esto ya es un rollazo”, añade el otro, o el mismo, qué importa. Katharina, que es más sensible, se queda un rato más, mientras nosotros nos precipitamos al café más cercano. Y así nos agarramos a este domingo tonto, apurando las últimas horas de la forma menos productiva posible. Mañana toca trabajar.

Dietario de Múnich (VIII)

La Volkshochschule organizó ayer un tour por el Múnich de Max Weber. Este año se conmemora el 150 aniversario del nacimiento del pensador alemán más importante del siglo XX, según Karl Jaspers (quien, por cierto, se perdió la otra mitad del siglo para juzgarlo), y esta instituación pública le ha rendido homenaje con diversas conferencias que se celebraron entre abril y mayo. Cuando me enteré del ciclo lo anuncié a bombo y platillo entre mis amistades muniquesas. Amenacé a todos con ir a cada una de las conferencias. Y lo peor: los amenacé con llevarlos. Pasó abril y mayo, me perdí tras una falda que me imponía unos horarios de encuentro que coincidían con las conferencias, y me las salté todas, las conferencias y la falda, en un personalísimo homenaje a Max Weber (más adelante sabrán por qué). El tour que cierra el ciclo, eso sí, no me lo quise perder. Enredé a Helge para que me acompañara – ayer no dejó de recordarme mis amenazas – y allí nos encontramos, acompañando al grupo de jubilados que suele asistir a esta clase de citas. Fue un auténtico viaje al Múnich de Weber.

Tengo a Max Weber por uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Decirlo así, veinticinco años después de la caída del Muro, a toro pasado, puede sonar a lugar común. Y sin duda lo es. Pero una afirmación así sobre Weber también cobra otra relevancia, aunque sea también a toro pasado: Max Weber es, a mi juicio, el pensador del siglo XX más infravalorado e injustamente ignorado. Se le redescubrió tarde y mal, a veces en un pack de citas que no hacen justicia a la complejidad de su obra, mucho más rica y actual que la de su antagonista “fantasma”, Karl Marx. Por citar algunos de sus hits más conocidos: la distinción entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción que estableció en su famosa conferencia “La política como profesión”; la mal traducida expresión “jaula de hierro” que supone la burocracia moderna, máxima expresión de lo que llamó la racionalización del mundo y su consecuente “desencanto”. El problema de esta injusticia no radica en un obra dispersa y fragmentada que no llegó a cohesionar quizá por falta de tiempo – murió en 1920, con 56 años -, quizá por esa pasión insaciable por abarcar todos los campos posibles del conocimiento social o por su natural carácter depresivo.

Uno de sus más recientes biógrafos, Dick Kaesler, lo señalaba en una reciente entrevista en Der Spiegel: “[Después de la Segunda Guerra Mundial] la sociología alemana estaba influida por la siguiente dicotomía: por un lado, una línea de pensamiento buena y marxista bajo la influencia de la Escuela de Fráncfort; por el otro lado, una sociología malvada, peligrosa, fascistoide y burguesa, para la que hubo una personificación, y esta se llamaba Max Weber”. Se tardó tiempo en rehabilitar a Weber en las facultades de sociología y cuando se hizo fue a regañadientes y pagando un peaje, como el de la famosa frase de que su obra “fue un diálogo con el fantasma de Marx” – lo que puede que sea cierto, si no confundimos la palabra “diálogo” con ese artefacto buenista e inane en el que ha derivado. La obra de Weber no es, a mi juicio, un “diálogo” con Marx. Fue un ataque intelectual – el de Weber, Marx ya estaba muerto – de alto vuelo; un obús que tardó casi un siglo en hacer efecto. El “fantasma” de Marx y sus acólitos ganaron las batallas – y de qué forma -, pero Weber ganó la guerra a título póstumo. Sé que aquí me arriesgo a deslizarme por el tobogán de los tópicos: pero nunca antes una frase tan cansina como “su obra es más actual que nunca” había sido tan justa aplicada a alguien como Max Weber. Por justicia intelectual, claro, y porque indigna el mal trato que sufrió su obra por la morralla de académicos e intelectuales marxistas y postmodernos que dominó la segunda mitad del siglo XX. Y porque una lectura de su obra a la luz de los acontecimientos del presente es mucho más estimulante que la de ese mamotreto de El Capital, cuyo uno de sus últimos epígonos, un tal Piketty, parece querer resucitar en su versión 3.0.

 *

Max Weber llegó a un Múnich en pleno estado revolucionario en el verano de 1919, después de unos años como profesor en Viena. La historia de Weber en Múnich es, si se me permite, una historia de amor. No con la ciudad, a la que Weber no le tenía un aprecio más elevado que al resto de lugares donde había residido antes – allí donde vivía, decía sentirse siempre como un extranjero. Fue una mujer lo que le llevó allí. Y no su mujer, Marianne Weber. Sino una amiga de esta, Else Jaffé, esposa a su vez del profesor de economía Edgar Jaffé, un buen amigo de Weber. Que nadie piense en triángulos o rectángulos amorosos o intrigas de cama paramatrimoniales. Lo de Else Jaffé y Max Weber fue descarado y no un affaire a dos bandas, sino a una, la del fogoso Weber. Marianne lo sabía y lo asumía (quería que su marido fuera feliz). Y Weber se dejó llevar por sus pasiones, a veces trasladadas a sus escritos – uno de sus biógrafos, Joachim Radkau, señala que al escribir su conferencia “La política como profesión”, que pronunció en sus años de Múnich, “sus pensamientos [según se desprende de sus notas personales] estaban con Else, y al referirse una y otra vez a la `pasión´, no sólo pensaba en la pasión política”.

Puede resultar curioso conocer esa faceta de Weber. En los estudios de sociología se le perfila como el pensador que preconizaba y personificaba una ciencia desapasionada, alejado de desparrames e histrionismos ideológicos. Se habla de una imagen pública, entre colegas y estudiantes, de un profesor e intelectual moderado y poco dado a los excesos. En resumen, la contrafigura de Marx. No obstante, sus biógrafos más recientes – y aquí me refiero sobre todo a Radkau – evocan a un Weber que durante su vida, tanto en lo profesional como en lo privado, se movió a veces a golpe de pasiones, cuando no de bragueta. Sus artículos políticos publicados en la prensa alemana durante la Primera Guerra Mundial, en los que acusaba al entonces Kaiser Guillermo II de conducir a Alemania al precipicio, estaban escritos, de atender a las opiniones de su amante Else y otros allegados, por un odio irracional a la figura del Kaiser. Cuando la asociación Freistudentische Jugend (Juventud Estudiantil Libre, un movimiento que agrupaba a estudiantes no afiliados a las corporaciones y cofradías estudiantiles tradicionales), le invitó a dar la famosa conferencia que llevaría por nombre “La política como profesión”, Weber la rechazó en un principio. Si acabó por aceptarla fue para evitar que en su lugar hablara Kurt Eisner, entonces jefe de gobierno de Baviera al que Weber odiaba profundamente. Por último, no resulta menor mencionar que la razón principal de su mudanza a Múnich era la de estar cerca de su amante.

Esto no quiero decir que todos sus trabajos estuvieran guiados por rencillas o apasionamientos personales. Pero que Weber fue un personaje al que las emociones – y, sobre todo, los problemas emocionales – le llevaron en muchas ocasiones al borde del precipicio no es una exageración: en 1898, y al poco de haber empezado un prometedora carrera como profesor y científico en las universidades alemanas, Weber cayó en una depresión de cojones. Me perdonarán la expresión, pero de hacer caso a sus biógrafos, detrás de esa depresión hay componentes extrañamente sexuales, o más bien, de impotencia combinada con deseo sexual. Y subrayo lo de “extrañamente”, pues no deja de provocarme cierta urticaria el tufo psicoanalítico del diagnóstico. Su biógrafo Kaesler señala que Weber sufría erecciones y “derrames” nocturnos tres o cuatro veces por noche, según las anotaciones que él mismo escribía a su esposa. Pero al día siguiente, no woman, no sex. Su madre y su esposa pensaron incluso en castrarlo.

Sin duda, la complejidad de sus problemas psicológicos no se resumen en un problema de fogosidad sexual imposible de canalizar. Hay mucha especulación en la que me ahorraré de entrar. Los hechos, sin embargo, apuntan a una situación personal estremecedora, que le apartó de la universidad y la vida pública: y es que durante cinco años, Weber fue incapaz de leer y escribir una línea sin que el mundo no se le cayera encima. Weber nunca se llegó a recuperar del todo y durante el resto de su vida sufrió recaídas – aunque ninguna de la magnitud que sufrió en 1898 -, además de arrastrar otros problemas como los trastornos del sueño. Era tan hipersensible que no perdonaba a ninguna visita interrumpirle una siesta, hasta el punto de dejarla en la calle esperando hasta que pasara el tiempo prescrito para dormir.

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Else Jaffé y Max Weber se conocían de hacía tiempo. De hecho, Else fue primero amante de Alfred Weber, el hermano de Max Weber. Al pensador alemán se le conocen dos amantes en su vida. La primera, Mina Tobler, una pianista que había conocido en 1909, ya recuperado de su depresión, fue un pasatiempo que, dicen, liberó a Weber de muchos de sus demonios. Su esposa Marianne, que también conocía a Tobler, lo toleró como pudo por el mismo motivo por el que toleró su posterior affaire con Else Jaffé: creía que eso era bueno para su marido. Sin embargo, lo de Weber y Jaffé se convirtió en algo más que un pasatiempo. Cuando se reencontraron en Múnich en 1919, los escrúpulos con los que habían llevado hasta ahora su aventura se desmoronan. Max Weber deja a un lado toda inhibición. Y como decía antes, de forma descarada. Al trasladarse con su esposa a Múnich, pasan los primeros meses en la casa de los Jaffé en la Konradstrasse, en el barrio de Universidad, justo en la misma calle donde décadas más tardes, en los cincuenta, se fundaría el Instituto de Sociología de la Universidad de Múnich; en homenaje, por cierto, a Max Weber. Allí, y pese a las constricciones lógicas del ambiente, Weber y su amante perdieron los estribos – y la vergüenza – en más de una ocasión.

Un recorrido por el Múnich de Max Weber no deja de ser un itinerario breve y melancólico en la fase final de la vida de uno de los grandes pensadores del siglo XX. Se trata de lugares que, casi un siglo después, yo no existen o se han transmutado en lugares irreconocibles. El auditorio de la Adalbertstrasse, donde dio sus famosas conferencias reunidas bajo el título El político y el científico, es ahora una pizzeria. Algunas de las salas de la Universidad donde impartió sus conferencias y seminarios están cerradas. La primera casa donde residió provisionalmente antes de que llegara su esposa, justo al lado de la Biblioteca Pública Bávara, es ahora una guardería. Intelectual y personalmente fueron estos dos últimos años de su vida unos años de euforia, aunque Weber temía que esta fase no dudaría mucho tiempo y que la caída y la crisis eran inminentes.

A principios de junio de 1920, un cartelito colgado en el seminario donde impartía sus clases anunciaba: “La lección de hoy queda suspendida por enfermedad. Se recuperará pronto”. Pocos días después, el 14 de junio, Max Weber fallecía en su casa de la Seestrasse, cerca del Jardín Inglés. Su mujer Marianne y su amante Else le acompañaron en su lecho de muerte.

Dietario de Múnich (VII)

Reencuentro con Helge en el Café de Nordbad después de dos semanas sin vernos. Helge ha pasado cuatro días en Viena, de donde ha regresado entusiasmado por haber visitado una auténtica Weltstadt, una metrópoli. Eso lo dice él, que es un nostálgico. Y yo, que soy otro nostálgico, lo suscribo: la Viena, mi Viena, y en menor medida, la Viena de Helge (él tiene menos pájaros en la cabeza) pasa por el filtro ilusorio de Stefan Zweig, Karl Kraus y Rainer Maria Rilke. La Viena del Café Central, por ejemplo. Esa Viena que ya solo existe en los libros – si es que alguna vez existió en otro lugar. Tan detallista como es, me envió una postal que recibí el lunes. Se trata de una foto del Café Hawelka en la Dorotheergasse. Helge conoce mi afición – que es también la suya – por los Kaffeehaus.

Desde que nos conocimos en la editorial Langenscheidt, iniciamos una amistad ligada a los cafés de Múnich. Helge y yo solíamos citarnos en el barrio de Universidad. Yo me había quedado sin proyecto en la editorial, estaba desempleado y pasaba casi todos los días en la Biblioteca Pública Bávara, conocida popularmente como la Stabi. Helge solía rescatarme algunas tardes del tedio para tomar un café. En el Bar News, el Café Puck, el Vorstadt Café o el inglés Brown´s Tea Bar – tan inglés hasta en sus horarios, que cierra puntualmente a las seis de la tarde – montábamos nuestras pequeñas tertulias. La tarde entera se nos iba hablando sobre lo humano y lo divino, saltando de tema en tema, arreglando el mundo y la vida con la única arma de una taza de café. Como ven, dos hombres de acción.

Cuando me mudé a Schwabing, cambiamos nuestros encuentros al Bamberger Haus del Parque Luitpold – cuando hacía buen tiempo – o al Café de Nordbad, movidos más por la pereza que por lo asombroso del lugar: el Café de Nordbad es un café corriente y repetible. Pero está en Schwabing, nos coge  a medio camino de nuestros respectivos pisos y Helge es un zángano y yo otro. A veces nos ha dado por innovar y nos hemos citado en la céntrica Literaturhaus – normalmente, para ver antes una exposición – u otro café de Schwabing. En los últimos meses, sin embargo, la costumbre y la pereza nos han ganado la batalla.

Múnich, así como la Viena y el Berlín imperiales, también desarrolló su Kaffeehauskultur. Con el tiempo, los Kaffeehaus han dejado de representar ese crisol de intelectuales con los que se identificó en el siglo XIX y la primera mitad del XX. En ciudades como Viena muchos de estos lugares se han convertido en un parque de atracciones para turistas; algo que Helge, que quería leer su periódico en la compañía y el silencio de un café, comentaba con desdén. En Múnich, en cambio, y exceptuando lugares como el Café Glockenspiel en Marienplatz, donde los camareros son unos bordes, o ese coñazo del Café Luitpold, cerca de Odeonsplatz, los cafés todavía conservan su atmósfera íntima.

He mencionado una retahíla de cafés como quien recita de memoria la lista de los reyes godos. Con tanta carrerilla, he olvidado el Café Mariandl de la plaza Beethoven, que merece una mención especial por ser mi preferido. Curiosamente, es uno de los pocos lugares que no pertenece a esa cartografía de cafés que es mi amistad con Helge. Su interior recrea el clásico café vienés, aunque con mesas de madera. Los domingos se puede desayunar o hacer el brunch acompañado de un concierto de piano y leer el periódico sin que ningún niño esté revoloteando por los alrededores pidiendo un guantazo. Hace tiempo que no voy, por formar parte de esa otra cartografía sentimental de lugares a los que uno no debe volver.

Dietario de Múnich (VI)

Esta mañana ha vuelto la lluvia. Un contratiempo imperdonable que me ha obligado a coger el metro y llegar tarde al trabajo. A diferencia de un alemán sacado de fábrica, no estoy preparado – ni tengo ganas – para ir en bici cuando llueve. Un día así es un correctivo doloroso para alguien que está acostumbrado a apurar hasta el último minuto antes de salir de casa y a perder un metro tras otro. De ahí que me haya aficionado a la bici, para no tener que adaptarme a los horarios disparatados del transporte público – y a sus no menos disparatados precios- y, sobre todo, para no tener que adaptar mis disparatados horarios a los del metro. 

Para vivir, no contemplo seriamente una ciudad que no tenga metro. No solo me parece un criterio civilizatorio y de progreso (esto no quiere decir que, salvo Innsbruck, una ciudad sin metro sea un lugar bárbaro y atrasado). El metro es un buen termómetro para medir el trajín de una ciudad, el rugido de la bestia. Y en contadas ocasiones – la que aquí corresponde -, la de un pueblo. Quien haya viajado en metro por esta ciudad, entenderá por qué la palabra “pueblo” se me cae de la boca cada vez que pronuncio “Múnich”. Basta con entrar a cualquier estación (anuncio a pasajeros: en Múnich, como en cualquier otra ciudad alemana, el metro carece de barreras de entrada, lo que no es una invitación a entrar de gorra ni a hacer como si uno no hubiera visto la máquina para validar el billete) y uno parece entrar en una estación de trenes: espacios amplios y trenes pasando con cierta regularidad. Salvo en las paradas más céntricas, donde dos líneas comparten la misma vía para desconcierto del néofito (cuánto desprevenido no habrá acabado en la otra punta de donde vive por no pestrar atención a este pequeño detalle), el metro pasa cada diez minutos. Un sábado por la noche puede ser todavía más mezquino. Por eso me he aficionado al app de la empresa pública de transportes y a ir en bicicleta cuando el tiempo lo permite.

Pese a ser una ciudad grande para estándares alemanes y europeos (1,4 millones de habitantes, la tercera más grande de Alemania), Múnich tardó en inaugurar su primera línea de metro. Fue en 1971, con ocasión de los Juegos Olímpicos celebrados en 1972. Muchos vagones conservan el diseño de la época. Ocurre como con el el peinado y la ropa de muchos alemanes: parece que, para algunos, el tiempo no ha pasado. El metro de Múnich siguió las tendencias arquitectónicas de las edificaciones públicas de aquellos años y que Tony Judt describió acertadamente en su Postguerra. El metro se construyó respondiendo a los criterios de simplicidad y funcionalidad, ajeno a cualquier criterio estético que no fuera el del mal gusto. Cuando en los años ochenta a las autoridades les dio por fijarse en la forma, cometieron desperfectos a la vista como la estación de Rotkreutzplatz, con sus tonos marrones tristones. Y como no podía ser de otra forma en estos casos en los que las autoridades públicas intentan arreglar lo que ellos mismos se han cargado, el desperfecto se perpetuó impunemente: al burócrata y arquitecto de turno les dieron por los tonos verdes y amarillos y acabaron por hacer de la primera línea de metro, la U-6, un quilombo. Luego les dio por decorar las nuevas líneas de forma individual, con resultados desiguales, según el humor del arquitecto a sueldo. Una de mis preferidas es la de Moosacher St. Martins-Platz. Por las habituales broncas con mi exnovia, sumé muchas horas nocturnas observando los mosaicos que adornan los azulejos de las paredes, intentando descrifrar las innumerables fotografías que los componían, mientras esperaba un metro que parecía que nunca llegaba.

El gran acierto del metro de Múnich, ahora bien, son sus espacios amplios. Para claustrofóbicos como Enric González y un servidor, que viven un viaje en el metro de Londres como una odisea, que una parada de metro disponga de techos altos, paredes anchas y pocas columnas que se coman el pequeño espacio característico de una instalación así es una bendición. Como lo es entrar al vagón y poder brincar sin miedo a darse un coscorrón o rozarse con el primer indeseado. Incluso en los momentos de hora punta, cuando hay que entrar a empujones y el metro va con retraso – y, créanme, en Múnich, esos momentos se repiten día sí y día también -, saberse en esa clase de espacios da mucha tranquilidad.

Viajar en metro tiene efectos lenitivos para algunas personas que conozco. Mi amigo el escritor Víctor Navarro me reconoció una vez que, cuando él vivía en Copenhague, los viajes en metro le reconfortaban, especialmente a esas horas de la noche en que no hay nadie. A mí me pasa algo parecido. Pese a la connotación algo lúgubre del lugar – ¿o quizá precisamente por eso? -, el viaje en metro tiene a altas horas de la noche un aura de intigra; resulta a veces como una metáfora, si se me permite la insolencia, de un viaje al corazón de las tinieblas. En definitiva, todo lo que a un claustrofóbico tranquiliza.

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Anoche en el metro, mientras volvía con Sophie de un curso de baile, recibí una de las más humillantes lecciones de periodismo. Sophie me comenta el primer post de este dietario. No en balde, ella es coprotagonista. Dice que le sorprende que pueda escribir tan rápido. La corrijo: escribo rápido el borrador, pero tardo el doble corrigiéndolo. “A veces cambio una palabra cuatro o cinco veces”, le digo, “para luego dejar la primera que había elegido”. A lo que Sophie repone con una naturalidad sin malicia: “A mí me pasa lo mismo con la ropa: me cambio cuatro o cinco veces de vestido antes de salir de casa y al final me pongo el primero”. Elegir una palabra (Wortwahl) como quien elige un vestido (Klamottenwahl). Una coquetería.

Dietario de Múnich (V)

Ha sido un domingo soleado, con cielo despejado y una temperatura perfecta (25 grados) que incita a vivir. Luis nos invita a Fernando y a mí a comer en su piso, en el barrio residencial de Neuhausen-Nymphenburg, al oeste de la ciudad. Comemos en el balcón una pasta fácilmente perecedera que Luis ha cocinado con esmero de gourmet. Reina la tranquilidad y el aburrimiento. Es Múnich en su estado puro en un mediodía de domingo. En la sobremesa propongo a Luis ir a dar una vuelta en bici por el Isar, aprovechar que hace buen tiempo. La temperatura es propicia para el biquini y el topless, aunque uno haya que tener mucho valor para bañarse en esas aguas frías y con poco encanto. Eso no importa a los lugareños. Múnich y sus alrededores cuentan con varios lagos que en verano se llenan hasta la sombrilla. Una piel curtida en el Mediterráneo no se zambulle fácilmente por esas aguas, por lo que en dos años han sido contadas las ocasiones que me he atrevido a bañarme.

Múnich tiene un problema con el agua. A diferencia de otras ciudades importantes alemanas como Fráncfort, Hamburgo, Colonia o Berlín, Múnich es atravesada por un río que técnicamente no es más que un afluyente del Danubio, si se me permite la licencia. El Isar no es un río navegable, por lo que explica la difícil relación histórica de la capital bávara – y en sentido amplio, toda la región – con el desarrollo y el comercio y su tardoindustrialización. No se puede decir lo mismo de las ciudades arriba mencionadas, cuyo progreso histórico no podría entenderse sin la presencia de los ríos que las atraviesan.

El Isar, como la ciudad que cruza, se ha convertido con el tiempo en un lugar lúdico, que se puede recorrer casi por completo en bicicleta o a pie hasta llegar a su desembocadura en el Danubio, a la altura de la localidad bávara de Deggendorf. Su orilla es fácilmente accesible, por lo que cuando llega el buen tiempo, los muniqueses la ocupan limpiamente. En este sentido, el Isar supera a sus homólogos mayores: en accesibilidad, pero también en limpieza. Ni el Meno en Fráncfort, el Rin en Colonia o el Spree en Berlín – ya no menciono el Elba en Hamburgo – pueden competir en prestaciones lúdicas con el pequeño Isar. Su cercanía acentúa el carácter pueblerino de Múnich. Personalmente, no hay mejor momento del año, ni mejor lugar, para reconciliarse con los demonios bávaros. No los exorcizo en sus aguas, que están frías. Pero me conformo con sentarme en su orilla y disfrutar del gentío tranquilo.

Luis y yo nos colocamos a la altura del puente que se alza entre la Fraunhoferstrasse y la Ohlmüllerstrasse, muy cerca de Kolumbusplatz. Allí residí mis primeros once meses en Múnich. Allí viví mi primer verano y mi primer y único amor muniqués, por lo que este río estará siempre ligado a la memoria sentimental de esta ciudad. Contra la nostalgia y su pariente cercano la melancolía, la vulgaridad es a veces un buen antídoto. Nuestro criterio de ubicación es sencillo: donde esté el mejor culo y las mejores tetas. Luis localiza una rubia a la que mira continuamente por el rabillo del ojo, mientras yo disimulo leyendo las páginas de cultura del Die Zeit. No hay mejor subterfugio para unos golfos que las páginas de un feuilleton de alto vuelo intelectual. Aunque no sé si este es el mejor contexto para enfrascarse en el debate sobre el realismo que expone magistralmente la redactora jefa de cultura, Iris Radisch, o en una reseña del hasta ahora libro inédito que Elias Canetti dedicó a la muerte (Das Buch gegen den Tod, El libro contra la muerte).

Mientras subimos por el Isar hasta llegar al Jardín Inglés diviso un par de despelotes perdidos entre la mirada y la compañía indiferentes de la multitud. Al dejar el Jardín Inglés, Luis me llama la atención sobre un tipo que está nadando desnudo junto a uno de los pequeños puentes. Es la zona de los nudistas y está ubicada justo el lado de una de las entradas principales del parque. También una de las más bulliciosas. Los alemanes tienen una relación con el desnudo que a los mediterráneos de cultura católica nos deja pazguatos. Así como su fuerte vínculo con la naturaleza y las actividades al aire libre que hace de la ciudad, en un puente festivo como este y pese a todo lo que puede ofrecer, un lugar abandonado. Y del urbanitas, una especie rara. Así me he sentido durante estos días, en el que rechacé toda invitación a ir a la montaña o al campo. La ciudad ha estado buena parte del tiempo desértica y desnuda en su soliloquio, como aquellos tipos que divisaba en mi pequeña ruta en bici junto al Isar.

Dietario de Múnich (IV)

A mi compañero de piso Fernando Pérez,
infatigable gourmet, que sabe de lo que hablo

El café en Múnich es, por lo general, malo. Muy malo. Pese a la fiebre italiana que desde hace unas pocas décadas invade cada esquina gastronómica de la ciudad, no he encontrado todavía un solo lugar donde uno pueda tomar un buen café. Recuerdo que mi amigo Víctor Navarro, cuando vino a visitarme a Hamburgo, observó que el mejor café que uno puede beber en estos países – él había vivido en Dinamarca –  era el capuccino. El café solo o espresso está dotado de una amargura insípida, muy a juego, por cierto, con el país (esto no lo decía él). No me puedo explicar cómo el capuccino logra superar la prueba. Tal vez se deba a una equilibrada combinación con la espuma de la leche – cuando la hacen bien y no vierten antes un litro de leche caliente -, o al azúcar que debo echarle para compensar la insipidez.

Decía que todavía no había encontrado un lugar donde tomar un buen café. Exagero. En verdad hay uno. Y si me aprietan, dos. El mejor se puede encontrar en el Café Freiraum – en el barrio de Glockenbach – que pese a tener un nombre tan alemán, se trata de un café restaurante argentino. Su dueño lleva afincado más de veinte años en la capital bávara. Los platos son receta de su esposa Norma. La carta es muy sobria: consta de unos pocos entrantes y platos principales, lo que es buena señal. La carne – dicen – la traen de Argentina. Como los vinos. Y el café es fabuloso. Hace tiempo que no voy al Café Freiraum. La última vez, creo recordar, me tomé dos cafés después de una cena frugal con dos copas de vino. Llevaba un tiempo sin tomar un buen café, con el paladar descompuesto y en proceso de retirada. Ese café le devolvió la vida y a mí el ánimo, por lo que me tomé dos, a lo que no estoy acostumbrado, y me fui como una moto por los bares del barrio. Vaya noche.

Los alemanes tienen un problema con la bebida y la comida. Sólo entienden estas por cantidades y precios. La calidad va a peso. Y cuanto más y más barato, mejor calidad. Recuerdo la observación de Sebastian Haffner en La vida de los paseantes, donde establece una comparación entre el paladar francés y el alemán. Partamos que este último es algo cuya existencia, como la de Dios, hay que poner entre interrogantes (para sacar de apuros a los alemanes, que andan preocupados por eso, se podría parafrasear así aquella campaña del autobús ateo: “Probablemente tu paladar no exista. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”). Decía Haffner que los alemanes, a diferencia de los franceses, sólo entienden el comer como un proceso mecánico, una necesidad biológica y, cuando el trabajo aprieta, una pérdida de tiempo. También son de una tacañería inefable. Es fácil encontrarse un trabajador bien pagado de BMW comprando carne y vinos en el Aldi, que es, para que ese señor lo entienda, como comprarse un SEAT cuando era de propiedad estatal, pudiendo tener un BMW.

A pesar de todo, Múnich es una ciudad muy rica en variedad gastronómica y en cafés. Abundan especialmente los restaurantes italianos y los bávaros. Éstos últimos son la expresión magnífica a lo que me refiero cuando digo que la calidad se mide por el peso: el tradicional codillo de cerdo, que nunca me ha dejado de parecer un plato insulso y vulgar, se debe acompañar con una Weissbier o cerveza de trigo. El efecto es demoledor, pues arrasa con el paladar y ya de paso con el estómago. La combinación provoca en el estómago un nudo de digestión gordiana. Para un alemán es insuperable: cumple rápidamente su función (llena el estómago y por mucho tiempo) y es económico. La manifestación perfecta de la eficiencia alemana.

A los alemanes, en definitiva, y para que lo podamos comprender, les pasa con la comida lo mismo que a los españoles con los tan sacralizados productos culturales. No están dispuestos a gastarse un duro por ellos, por lo que la calidad es una mierda. La diferencia es que los alemanes no son tan exigentes y se conforman con poco.