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Dietario de Múnich (y XXIII)

Simplicissimus fue una revista satírica fundada en Múnich a finales del siglo XIX. Entre sus colaboradores se encontraban los hermanos Mann. Heinrich era el más mordaz y atrevido y Thomas, cuatro años más joven, el melancólico. Ambos hermanos siguieron caminos distintos. El tiempo y su tiempo trataron mejor al menor, que recibió el premio Nobel de Literatura en 1929. Heinrich no es que fuera un mal escritor o un escritor del montón; Professor Unrat o Der blaue Engel están ahí por si cupiera alguna duda de su calidad literaria. Sin embargo, a diferencia de Thomas, quien vivía más ensimismado en la literatura, Heinrich tomó partido desde muy joven en los temas de su tiempo. Fue un crítico acerbo de la Alemania guillermina y uno de los primeros en predecir los planes aniquiladores de los nazis.

Descubrí esta pequeña historia hace un par de días, mientras hojeaba las páginas de El genio alemán de Peter Watson. No sabía que Watson le dedicara un capítulo entero a Múnich. O más bien, al Múnich artístico de finales del siglo XIX y principios del XX, donde se encuentran estas páginas a la complicada y contradictoria relación de los hermanos Mann. Compré este libro cuando vivía en Innsbruck, sin saber todavía que a los pocos meses me mudaría a la capital bávara. Tenía en mente regresar a Alemania, por lo que creí que la celebrada obra de Watson sería una buena introducción. Me avergüenza reconocer que después de dos años y medio largos, no he sido capaz de acabar este ochocientos, por lo que no creo que ahora que me voy, me dé por hacer lo que no hice en todo este tiempo. Aunque ahí queda; como algo pendiente para los próximos meses, tal vez años.

Al leer la historia de los Heinrich y Thomas Mann me dio por rastrear lo que Watson escribe sobre Múnich en El genio alemán. Pero más allá de ese capítulo dedicado a su escena artística del ya citado periodo – el mismo Thomas Mann comparó la capital bávara con la Florencia del quattrocento -, apenas hay más referencias que las del putsch de Hitler en aquella cervecería ya desaparecida, los Juegos Olímpicos de 1972 o una mención de pasada a la reconstrucción alemana después de la Segunda Guerra Mundial. De tomar como referencia la obra de Watson, no parece precipitado concluir que el genio alemán abandonó la capital bávara hace casi un siglo. Lo que no deja de ser injusto para una ciudad todavía floreciente, aunque ya no tenga que ver con aquella Florencia que describía el menor de los Mann.

Estos días de despedidas me ha venido a la cabeza una persona que conocí muy al principio de mi estancia en Múnich, cuando vivía en la calle Humboldt, cerca de Kolumbusplatz. Era una vecina joven, estudiante, que vivía en el entresuelo. Ahora la recuerdo como alguien que iba siempre corriendo, inquieta e inasible, pues siempre que la veía ella entraba o salía de su piso, dejando atrás un olor a perfume que no puedo recordar. Se trataba de una de esas bellezas morenas que escasean por estos pagos y que siempre llaman la atención, como una rubia en un país sureño. Tuve la ocasión de hablar con ella una vez que nos encontramos casualmente en la entrada, junto a los buzones. Yo trataba de sacar el ejemplar de Die Zeit con una torpeza que a ella le hizo reír y que acabó con la primera página del periódico destrozada. No hablamos mucho, pero ese ejemplar dio pie a una breve conversación sobre el periodismo y la vida. Curiosamente, ella estudiaba Comunicación y quería dedicarse a este oficio de museo. Había conseguido una plaza en una escuela de periodismo en Hamburgo y dejaba Múnich a finales de mes, al poco de acabar su semestre, si no entendí mal. Al decirle que yo era periodista intercambiamos nuestros e-mails. Nos despedimos no sin antes preguntarle si regresaría a Múnich después de sus estudios, a lo que me respondió, algo melancólica, con un sobrio “no sé”. Nunca había llegado a encajar del todo en esta ciudad y ahora que tenía ocasión de dejarla, el simple pensamiento de volver se le presentaba como remoto, pues en Múnich no pasa nada, creo que dijo.

Nunca nos escribimos. Yo perdí su correo electrónico, probablemente, entre los muchos papeles que he ido acumulando y luego tirando indiscriminadamente en cada mudanza. Supongo que no volvió. O, al menos, eso es lo que me gustaría creer. Aunque, bien mirado, quién sabe.

Dietario de Múnich (XXII)

Múnich es una ciudad predecible. Uno sale de casa sin el temor – o la esperanza, según cómo se mire – de que ese día algún sobresalto o sorpresa se cruce en su vida. Eso no significa que no lo pueda haber, pero la ciudad está pensada y equipada para reducir esa probabilidad a niveles irrelevantes. Es por eso que la capital bávara es la ciudad más deseada por familias, ingenieros y otras personas que desarrollan oficios laboralmente seguros, pues junto al bienestar material y a la seguridad se añade una tolerancia cero a la incertidumbre. Los artistas y creativos, como se sabe, viven en Berlín.

Sin embargo, a veces – pocas veces – queda margen para la sorpresa. El jueves pasado tuve un encuentro de esos que se llaman fortuitos con unos tipos que en menos de veinticuatro horas me llevaron a presenciar uno de los más refinados rituales religiosos de la modernidad. Iba yo en el metro a la altura de Petuelring, cerca del Parque Olímpico, cuando advertí que la cota de contaminación ambiental había superado los niveles acostumbrados. Inmediatamente noté que ese ambiente se me hacía demasiado familiar. Pues, en efecto, el vagón iba hasta las lunas de españoles. Todos parecían venir del Parque Olímpico; no obstante, por el tamaño del grupo me parecía improbable que se tratara de un grupo de turistas. Normalmente, pensé, un grupo así viaja en autocar – o en bicicleta -, incluso por el centro de la ciudad.

Me dio por preguntar al grupito que tenía más cerca. “Estamos por negocios”, me respondió uno con marcado acento del norte de España, “este fin de semana hay una convención europea de distribuidores en Múnich, en el Olympiastadion“. A partir de ahí empezó una animada conversación con otras dos personas que estaban ahí por el mismo evento. Al despedirme me dijeron que podía pasarme, pues podría interesarme, y el primer día, además, la visita era gratuita. Así que allá me encontré al día siguiente, no delante del Olympiastadion, como había señalado equivocadamente mi primer interlocutor, sino del Olympiahalle, algo más modesto en sus dimensiones y más cercano a mi piso.

Mientras buscaban la forma de acreditarme – pese a ser gratuito -, uno de ellos, un ingeniero navarro que jugaba al frontón, me explicó de qué iba el evento. En verdad, no era una feria de distribuidores españoles, como yo había entendido en un principio, sino una convención de la American Communications Network (ACN). No tenía ni la más remota idea de qué empresa era ni a qué se dedicaba. Tampoco tuve tiempo para informarme con mi smartphone. Así que me dejé llevar por las explicaciones de ese navarro forzudo. La ACN se dedica al márquetin en red – luego descubrí que más bien era el márquetin de los enredos y los enredadores -. El representante vende servicios básicos (telefonía, luz, agua) dentro de su red de familiares y amigos más cercana y a cambio recibe una comisión. A medida que crece la red, crecen los ingresos por comisión (de hasta un 10 por ciento, me aseguró). Y como se trata de servicios básicos que han de facturarse cada mes, los ingresos por comisión son también mensuales; y, en un momento dado – y en poco tiempo – uno acaba teniendo ingresos automáticos a final de mes sin mover un click.

Mientras esperábamos la acreditación, me fueron presentando a diferentes personas, con una historia de éxito encomiable en cuestión de meses después de muchos años de fracasos inapelables. No tardé en olerme de qué iba el percal, por lo que estuve a punto de excusarme – en efecto, tenía cosas mejor que hacer -, pero, qué le vamos a hacer, también tenía mucho tiempo libre para mis obligaciones y era la primera vez que me encontraba en las entrañas de algo así. La curiosidad me podía.

Sorteamos la cola de las acreditaciones y me prestaron sospechosamente la pulsera de uno de los invitados que ya se encontraba dentro. Entré sin problemas en el Olympiahalle, un estadio cubierto como el Sant Jordi de Barcelona (pero más pequeño). Por un momento creí que me encontraba en una de esas fiestas exclusivas para celebridades. La música apenas permitía entender a mi interlocutor más cercano, los asistentes – todos trajeados – corrían de un lado a otro, gritaban y silbaban. Tomamos asiento con la comitiva española, que ocupaba una de las gradas – repartidas según la nacionalidad – y al poco empezó el espectáculo.

En un escenario de un tamaño que ya soñaría Bruce Springsteen para su E Street Band, apareció la primera estrella, un tal Tony Cupisz, el vicepresidente de la compañía. Al observar su performance uno piensa inmediatamente “qué buenos oradores son estos americanos”. Su discurso enérgico iba del éxito personal – que es también, y sobre todo, el de la compañía – y cómo todos los presentes podían llegar a lo más alto con trabajo y sin miedo a equivocarse. “Para ser bueno primero hay que ser malo”, decía el gurú, interrumpido varias veces por los aplausos de un público furiosamente entregado. A continuación apareció un payaso en el escenario; el payaso de la fundación Ronald McDonald House Charities, que agitó al personal hasta la médula con sus payasadas (me ahorraré juzgar el gusto de estas). En esta clase de actuaciones no puede faltar los momentos dramáticos, historias de familias destrozadas por hijos con enfermedades graves, proyectadas sobre fondo del escenario; para luego pasar de nuevo a las payasadas de Ronald y, de ahí, al alborozo contagioso de los asistentes.

Mientras desfilaban las diferentes historias de éxito sobre el escenario – el mayor momento de catarsis colectiva advino con la actuación de un italiano que bien podría pasar por un predicador -, observaba a mis acompañantes tomar nota de todas las frases que se proyectaban sobre el fondo del escenario. Creo que no hace falta aclarar que se trataba de sentencias muy del gusto de estos gurús de la motivación y el liderazgo empresarial, por lo que me ahorraré de transcribirlas por motivos de higiene mental. Se pueden encontrar fácilmente en internet y, sinceramente, ya tuve suficiente con la sesión intensiva de ayer. La eucaristía duró alrededor de cuatro horas, sin descansos entre oradores (repartidos por nacionalidades: francés, paquistaní, italiano y español), por lo que tuve que esforzarme para disimular las cabezadas que iba dando entre el entusiasmo jubiloso de mis acompañantes, que se giraban hacia mí continuamente para asegurarme – por si todavía tenía dudas – de que era un privilegiado por presenciar un evento así. En un momento personal que rozaba el delírium trémens pensé que el espectáculo acabaría con una orgía entre el público, entre retumbes de tambores, música electrónica a toda pastilla y mujeres con faldas muy cortas – ya no menciono la vergüenza. Evidentemente, no fue así. De golpe se disolvió la marabunta. Los asistentes fueron abandonando como feligreses el pabellón, comentando animadamente los grandes momentos del recital.

Me despedí educamente y decliné diplomáticamente la invitación de mis acompañantes a asistir gratuitamente a la convención que se desarrollaría todo el fin de semana. Me sorprendió que podía acudir gratuitamente. Todos habían tenido que apoquinar doscientos euros por participar, lo que no dejó de aumentar mis sospechas – ¿Desde cuándo una empresa hace pagar a sus trabajadores para acudir a una convención que organiza la misma empresa? El mayor momento de sospecha llegó cuando me enseñaron el pase de un joven español que por motivos que no supieron aclararme no pudo asistir. La sospecha no radicaba sólamente en que me regalaban por la cara un pase que había costado doscientos euros, sino en mostrarme el DNI original del ausente – pues lo necesitaría para acreditarme – que, se suponía, estaba en España.

Por la noche busqué información en Google sobre la ACN. Como esperaba, gran parte de la búsqueda estaba relacionada con palabras como “timo” o “estafa”, no tanto a los clientes, como a esos trabajadores crédulos a los que le hacen costearse las convenciones corporativas y el ingreso en la empresa. Uno de ellos me regaló la edición española de la revista  Success – ¡la llegó a compar con el mismo Time!que dedica un monográfico a la ACN y al gran instrumento que va a revolucionar las telecomunicaciones en el futuro. Agárrense: ¡la videoconferencia! A estas alturas ya había llegado a la conclusión de que la principal fuente de sus beneficios no proviene tanto de sus productos vanguardistas como del bolsillo de sus trabajadores y que sus insistentes mimos y carantoñas hacia mí no respondía tanto a una simpatía desinterasada como a la necesidad de captar a otro incauto para la causa.

Es famosa la sentencia de Chesterton de que cuando el hombre ha dejado de creer en Dios, no es que ya no crea en nada, sino que ahora cree en cualquier cosa. No me extraña, a juzgar por la nacionalidad de los oradores y asistentes presentes, que una organización así haya calado con tanto entusiasmo en países como Estados Unidos, Italia y España (la sobrerepresentación de Francia merecería un estudio aparte).  Pero en Alemania – país, por lo demás, voluntariamente crédulo para asuntos como la ecología – no ha logrado apenas penetrar. Lo que, por cierto, no hace más que acrecentar mi admiración por el genio alemán.

 

Dietario de Múnich (XXI)

Este fin de semana ha arrancado la Oktoberfest, la fiesta popular más famosa y visitada del mundo. Es curioso cómo los alemanes han logrado internacionalizar de tal manera una verbena popular, pues la Oktoberfest no es más que eso: una verbena de pueblo. La verbena de pueblo por antonomasia para los bávaros, que en esto no se distinguen de sus primos – ya no tan lejanos, a juzgar por lo que está cayendo – españoles. Probablemente, Baviera sea la región más verbenizada de Europa, si exceptuamos, claro está, a España, donde verbenización y vulgarización a veces se confunden (como en Baviera). Baviera tiene además una ventaja sobre España (bueno, en verdad tiene más): aquí no sufren de temperaturas africanas. Y la lluvia, por estas fechas, resulta un bálsamo cuando uno sale sobrealcoholizado de una de esas carpas asfixiantes.

Mujeres vestidas con un dirndl marcando carácter de cintura para arriba y hombres con camisa de cuadros, pantalones de cuero, calcetines hasta las rodillas y botas de labrador. Carpas a reventar de gente, ahogándose en jarras de cerveza de litro, saltando sobre bancas de cuestionable estabilidad al ritmo de una no menos cuestionable banda local. La música es de un buen gusto directamente proporcional a los litros de alcohol que corren por la sangre. Hombres y mujeres se desinhiben hasta niveles insospechables (con respecto a su acostumbrado recato durante el resto del calendario). Norias, columpios giratorios, montañas rusas, espejos que corrompen imágenes – algunas incluso mejorándolas, como en aquella conocida anécdota de Picasso. Y todo ese espectáculo zoológico – los más optimistas lo llamarán antropológico – en un recinto de cuarenta y dos hectáreas.

muenchen_oktoberfest

Si exceptuamos la calidad de la comida (al mismo nivel que la música), lo más doloroso y cruel son los precios, lo que me reafirma, una vez más, en la sencilla sentencia de que, a veces, tradición y estupidez caminan juntas y cogidas de la mano. No faltará un antropólogo que destaque la importancia de semejantes ritos para mantener la cohesión del grupo social bajo una misma narrativa lúdico-simbólica, atenuar la tensión de la vida política y fortalecer los vínculos familiares y amistosos. En esas mismas teorías estaba pensando anoche mientras observaba cómo un grupo de bávaros alcoholizados se reventaban la cara a puñetazos.

La Oktoberfest, más allá de su parafernalia etílico-festiva, es una muestra admirable del músculo exportador alemán. En este caso, por refracción. Y una prueba cristalina del carácter católico-mediterráneo de los bávaros, una alternativa no menos exitosa al modélico capitalismo renano. Que una casta local en régimen de oligopolio, auspiciada públicamente por políticos locales, haya logrado tal éxito empresarial sin que asome la menor sospecha de corrupción debería servir de ejemplo a italianos, españoles y griegos (y, por extensión, demás pueblos mediterráneos). Así y aquí sí que se pueden celebrar juegos olímpicos, mundiales de fútbol e incluso referendos. Para envidia de cataríes y catalanes.

Dietario de Múnich (XX)

No ha habido que esperar mucho. El sol ha vuelto y las temperaturas se han hecho más agradables. Aunque sería iluso celebrar el regreso del verano, al menos me agarraré a esta tarde de cielo despejado y hormonas relajadas. Temo convertir este dietario en un inventario del clima muniqués: día soleado, día nublado, otoño, verano y un invierno largo. Sería de una gran pobreza intelectual comprehender la vida de una persona o un grupo según el dictado del tiempo (meteorológico). Más aún vivirla bajo esos parámetros. Aunque por estas tierras, me temo, el tiempo es el único elemento que puede desestabilizar la mentalidad planificadora de sus gentes. No es broma: con tardes como esta, los alemanes se pueden volver peligrosamente espontáneos.

Hoy es uno de esos días continentales. La tarde de ayer presagiaba un día rabiosamente soleado. No fue así. Esta mañana, al sonar la alarma a las siete y media, me levanté de un salto con el fin de frenar mis tendencias procrastinadoras en la cama. Hace poco había leído en una entrevista a un celebrado psicólogo norteamericano que con esta técnica había logrado hacer frente a la procrastinación, a saber, esa tendencia – yo diría tentación – de diferir las obligaciones al último momento. Mientras recuperaba la conciencia y me preparaba torpemente el primer café de la mañana, me dio por correr las cortinas de la habitación. No daba crédito: nublado. Niebla. Mierda. Bajé al rellano a recoger el periódico del buzón y durante casi dos horas me regocigé en esta tentación mía de aplazarlo todo para el final de la mañana. Y mañana, pensé, ya me daré una segunda oportunidad. Y esta vez, sin excusas etéreas.

Acabo perezosamente mis obligaciones del día, el cielo se despeja y a eso de las tres voy a dar un paseo por mi barrio. Hago unas compras en el Rewe, una cadena de supermercados donde uno, de vez en cuando, puede comprar fruta sin necesidad de tener que dejarla madurar unos días en el frutero de casa. Al poco regreso a casa y, ahora sí, me libero de todos mis deberes y me obsequio con un paseo por uno de los rincones más bellos y a la vez siniestros de la ciudad. Me refiero a esa pequeña superficie, en el barrio de Maxvorstadt, que da lugar a las tres pinacotecas y que comprende también la Königsplatz, la galería Lenbachhaus y otros museos de menor nombre. El jardín que se levanta a los dos lados de la antigua pinacoteca tiene la magia – una expresión que hierve en manos de un escéptico – de abstraer al paseante ocioso del tráfico de las calles adyacentes. Que nadie me pregunte cómo, pues lo despediré con la explicación más torpe.

Al pasear por alrededor de la antigua pinacoteca me detengo frente a una escultura de bronce que representa un caballo y un jinete en pelotas y posición tímidamente victoriosa, como si fuera a acariciar la barbilla del caballo con el puño (el caballo, por cierto, aparece censurado en sus bajos, supongo que para evitar comparaciones odiosas). Tanto el caballo como el jinete muestran algunos agujeros en el cuerpo. Se trata de lo que las autoridades, después de la Segunda Guerra Mundial, bautizaron como “las heridas de la memoria” (están rubicradas en cristal con la leyenda “Wunden der Erinnerung”). Las “heridas” son pequeños agujeros de bombardeos, explosiones o disparos que por su impacto en lugares de valor artístico o simbólico las autoridades decidieron no reparar.

Wunder der Erinnerung I

Sigo el rastro de esas “heridas”. Hay tres en total. La segunda se encuentra en el cruce de Ludwigstrasse y la Schellingstrasse, en la pared de la biblioteca de la Universidad, donde el grupo resistente la Rosa Blanca, formado por estudiantes, repartía octavillas antinazis. La pared está hecha trizas por lo que parece ser los impactos de metralla de una explosión o los disparos de una ametralladora de dimensiones respetables. Ahora los estudiantes aparcan las bicis bajo un letrero conmemorativo apenas legible. La pared ha pasado a formar parte del paisaje natural de la ciudad sin que nadie depare en ella.

Wunder der Erinnerung II

Me cuesta encontrar la tercera “herida”. Está oculta en una de las paredes de la Casa del Arte, en el número uno de la Prinzregenstrasse. A diferencia de las otras dos, esta se encuentra en uno de los edificios levantados durante el régimen nazi. Hitler la mandó construir con la ayuda financiera de BMW, Volkswagen, Siemens y Krupp, grandes multinacionales que, como la multinacional más antigua del mundo, la Iglesia, han dado prueba irrefutable de saber adaptarse a los tiempos que cambian. Apenas me detengo a observar los restos de metralla. La Casa del Arte, al igual que todo el perímetro artístico que rodea la Königsplatz, se construyó bajo un estilo neoclásico desproporcionado, muy del (mal)gusto de los nazis, que en sus momentos de mayor megalomanía se consideraban los auténticos herederos de la cultura clásica.

De regreso a casa no dejo de darle vueltas a estas “heridas de la memoria”. Suelo desconfiar de ese artefacto ideológico de la “memoria”, que cuando no le da por desplazar a la historiografía del espacio público, le da por competir, con todo el tinglado de monumentos, con un parque de atracciones. Sin embargo, estas “tres heridas de la memoria” se encuentran repartidas en un pequeño radio, discretas y casi invisibles al público, sin ninguna leyenda moralizante, mimetizadas en el paisaje urbano. Como si esta vez la memoria se quisiera cubrir de los vestigios que unas autoridades cada vez más exhibicionistas siempre le niegan. Me refiero, claro está, a los vestigios que cubren la vergüenza.

Dietario de Múnich (XIX)

Hace días que llegó el otoño, tan precoz como cada año. Quizá esta vez como el que más. Sería exagerado escribir con Rilke que “largo fue el verano”. Al menos este, si es que hubo, no lo fue. Ya hace días que las sombras cubrieron los relojes solares y los vientos salieron a rodar por las llanuras. Septiembre es, sin embargo, un mes inesperado. El verano puede reaparecer en cualquier momento en su estertor y desaparecer, fulgurante. En esa esperanza nos agarramos algunos todavía.

Es por estas fechas cuando tiene lugar, desde hace ocho años, uno de los momentos más esperados de un periodista. La máxima institución periodística de la región, el Süddeutsche Zeitung (en adelante SZ), organiza una noche con sus autores. Cinco lugares representativos de la ciudad – el Nuevo Ayuntamiento, la Residencia, la Künstlerhaus (Casa del Arte), el Deutsches Theater (el Teatro Alemán) – han sido el lugar de las 26 conferencias y podios de discusión de este año. El menú no deja de ser un reflejo del periódico: desde temas de rabiosa actualidad y enconado debate como el nuevo tratado de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea (TTIP, por sus siglas en inglés) hasta los fundamentos del Estado de derecho en la era del espionaje y el terror (sí, algunos títulos se pasan de solemnes). Por medio uno puede picar por el entretenimiento de las columnas de la sección de familia y educación o dejarse llevar por las chispeantes anécdotas de la política de provincias. En definitiva, uno se asoma a un fresco de lo que hasta ahora era un periódico generalista.

Sobre el futuro del periódico iba una de las conferencias que más esperaba.  El lugar no podía ser más idóneo: la gran sala de sesiones del Nuevo Ayuntamiento. Allí el director adjunto, Wolfgang Krach, y el responsable de la edición digital, Stefan Plöchinger, respondieron a las preguntas que el público, con mayor o menor acierto, les hacía sobre el futuro del periódico. El panorama no puede pintar más sombrío, pese al optimismo irreductible de sus dos representantes en la tribuna: las ventas y los ingresos por publicidad han caído. Si hace diez años la edición del fin de semana llegaba a alcanzar las cien páginas de anuncios, en la actualidad apenas alcanza las treinta. Plöchinger apuntó a lo que ya llevan diciendo todos los propietarios de periódicos desde hace años: los lectores tendrán que pagar en un futuro próximo por leer noticias. Y esto se advierte desde un periódico donde el 60 por ciento de los ingresos del papel provienen de las suscripciones y las ventas en quioscos.

En este foro de debate eché en falta la otra cara de la moneda: a saber, el periódico del futuro. Sólo al final Plöchinger hizo una referencia para recordar una obviedad: la forma de hacer periodismo digital no es lo mismo que la de hacer  periodismo impreso. No dejó de sorprenderme, por cierto, la posición de Krach, para quien el periódico de papel nunca desaparecerá. Al menos, para cubrirse las espaldas, en el tiempo en que él siga vivo (ronda los cincuenta). La obstinación de Krach iba más allá del soporte: el periodismo digital no se distingue del periodismo impreso. La sustancia sigue siendo la misma. Al fin y al cabo, como decía Stephen Frears, “el periodismo sólo se ocupa de la gente en un instante corto de sus vidas”.

Al acabar la conferencia me pierdo con mi amigo Luis, que aparece vestido como un nuevo dandi del siglo XXI, por los pasillos del Nuevo Ayuntamiento. Vale la pena adentrarse por sus instalaciones góticas, que dan un aspecto más lúgubre, si cabe, a este día otoñal.  Hacemos un descanso para comer algo en el Vapiano de la Theatiner-Passage y nos dirigimos a la última conferencia de la noche, un debate a dos manos sobre el tratado de libre comercio entre EE UU y la UE que se negocia por estas fechas. La discusión tiene lugar en la Allerheiligen-Hofkirche (el Tribunal Eclesiástico de Todos los Santos) de la Residencia, en la céntrica Odeonsplatz. Nos cuesta dar con el lugar. Las instalaciones de la Residencia son laberínticas, sin que haya un plano que lo remedie. Al consultar el plano que figura cerca del Instituto Cervantes se confirma una vez más mis sospechas: los alemanes son incapaces de hacer algo simple. Han de complicar las cosas hasta la exasperación. Se nos va acabando la paciencia mientras nos perdemos por los patios de la Residencia. Decidimos volver al punto de origen y de confusión. Es decir, al lugar del plano. Al alzar la vista más allá de este, encontramos el camino. En contra de Bertolt Brecht y el maldito plano, el camino más corto entre dos puntos es a veces una línea recta… Y corta, muy corta.

Me sorprende la sala. Tiene un aspecto mucho más antiguo del que data (1826). Por un momento, me parece presenciar una de esas iglesias medievales que solo se pueden encontrar en países como Francia, España o Italia. En Alemania, las bombas de la II Guerra Mundial casi no dejaron monumento intacto. En Múnich, el ardor por reconstruirla tal y como era antes de la guerra dio a la ciudad un aspecto de pastiche, a ratos insufrible. Este también es el caso de la Allerheiligen-Hofkirche. Solo que esta vez, el pastiche pasa fácilmente por el original.

Allerheiliger-Hofkirche

En la tribuna se sientan los periodistas Marc Beise y Silvia Liebrich, de las páginas de Economía del SZ. Es el gran momento de la noche. Al fin dos firmas de un mismo periódico enfrentadas por una misma pasión: el tratado de libre comercio con Estados Unidos (TTIP). El TTIP ha sido objeto de acalorados debates en la prensa alemana, donde a veces el pensamiento catastrofista y apocalíptico se ha impuesto sobre la razón, que es el método que debiera dirigir a un periódico. Y a la izquierda. Y subrayo a la izquierda, pues ha sido la prensa socialdemócrata (entre ellas el SZ) la que más ha contribuido a las jeremiadas del susodicho tratado; del que, por cierto, poco sabemos. Voces prudentes y sensatas como las del periodista Beise son minoritarias, y ante este tribunal eclesiástico – los organizadores no pudieron elegir mejor lugar -, ni siquiera la opinión más obvia (sí, señores, EE UU y los países de la UE tienen en común que son estados democráticos de derecho) levantó más de un par de aplausos.

La periodista Liebrich, por su parte, acaparó el entusiasmo del público. Aun haciendo mías algunas de sus reservas – no hace falta ser un socialdemócrata para reconocer el papel espurio de los lobbies empresariales que hacen presión en Bruselas y Washington bajo el lema de “qué hay de lo mío” -, debo reconocer que me sumió en una gran intranquilidad el ver un público entregado a las teorías conspiranoicas de las grandes multinacionales. Beise, pese a no compartir del todo su entusiasmo liberal, me causó una gran simpatía por sus opiniones cargadas de prudencia ilustrada. Por cierto, que a este tipo de debates no faltó ese espécimen tóxico de público que no pierde la mínima ocasión para flagelar al resto de presentes con sus soflamas. En frenar a estos plastas estuvo muy acertado el moderador – un periodista del SZ cuyo nombre ahora no recuerdo -, quien no dudó en interrumpir la perorata de un miembro de ATTAC de la forma más elegante en esta clase de encuentros: “Señor, todavía estamos esperando su pregunta”.

Salimos del debate con la mente agitada y con ganas de proseguirlo en la calle. El tiempo y el cansancio tras una tarde repleta de conferencias enfriaron rápidamente nuestro empeño. Atravesamos, sumidos en nuestros pensamientos, los patios de paredes góticas y luz tenue de la Residencia hasta llegar a Odeonsplatz. Pese a estar a mediados de septiembre, la lluvia y el frío húmedo invitan al recogimiento. Este ha sido un verano extraño. Vano sería pedirle dos días más al sur, cuando estos apenas los hubo. Me temo que ya no cabe esperar mucho, salvo ese postrer dulzor al vino espeso.

Dietario de Múnich (XVIII)

Imaginen el siguiente escenario: “En la Sparkassenstrasse los gondoleros navegan despacio hasta Marienplatz, en lugar de miles de coches rugiendo a lo largo de la circunvalación del casco antiguo dirección norte”. Es un bello extracto de una noticia que el Süddeutsche Zeitung publicó en agosto cuando todavía me encontraba sumido en este largo letargo veraniego y que ahora recupero entre un montón de papeles olvidados. Ha sido una bonita forma de despertar. Este cuento fantástico proseguía así: son 57 los arroyos y canales que en el siglo XIX recorrían como una telaraña el centro de la ciudad. Múnich era como una pequeña Venecia. Esta foto de Hans Grässel del Archivo Municipal muestra el Pfisterbach (Bach significa arroyo en alemán) que recorría la Sparkassenstrasse:

München_-_Pfisterstr._(heute_Sparkassenstr.)_1907

Los arroyos tienen un gran significado en el desarrollo económico de la ciudad. En la Edad Media, a los dos lados del río Isar se levantaron las primeras factorías. Así lo recuerdan el nombre de algunas de las calles cercanas al río: Dreimühlenviertel (barrio de los tres molinos), Müllerstrasse (calle del molinero) o la Holzstrasse (calle de la madera).  En el Archivo Municipal se conserva un hermoso plano de 1613 de Tobias Volckmar:

Volckmer_Munich_1613_streams

Este sistema veneciano se lo llevó la industrialización como un torbellino. Sin dejar apenas rastro. A medida que entraba el siglo XX, con el aumento de la densidad de tráfico y la edificación de las primeras centrales hidroeléctricas junto al Isar, muchos de los arroyos municipales desaparecieron bajo tierra o, simplemente, se cegaron por completo. La construcción de las primeras líneas de metro en los años sesenta significó el golpe de gracia definitivo a los pocos arroyos que quedaban. Las autoridades también adujeron razones de seguridad para justificar el cegado. No fueron pocos los borrachos que a la salida de un bar murieron ahogados al caer en uno de esos oscuros hoyos de agua. No quiero imaginarme cómo habría sido por estos tiempos de una Oktoberfest cada vez más vulgarmente internacionalizada.  Un grupo de británicos imaginativos habría inaugurado – si se me permite el mal chiste-, después del balconing, una nueva forma de morir: el arroying. En fin…

Recientemente, dos plataformas ciudadanas – Green City y Münchner Forum –  han propuesto que se rehabilite el arroyo que nace en la Herzog-Wilhelm-Strasse, en el oeste, hasta formar un arco que bordee el Jardín Inglés y empalme con el arroyo de Schwabing. El proyecto quedaría de la siguiente manera:

muenchens-stadtbaeche

Desde hace más de diez años se plantea sacar a la luz algunos de los arroyos que todavía recorren las entrañas subterráneas de la ciudad. Supongo que técnicamente todo es posible en este revival postindustrial del paraíso preindustrial. Otras ciudades antaño fuertemente industrializadas como las de la cuenca del Ruhr han mostrado formas no menos imaginativas para reinventarse. Múnich parte de la siguiente ventaja: solo tendrá que esforzarse por recuperar los arroyos y canales perdidos. El resto, caminito que el tiempo aún no ha borrado. 

Dietario de Múnich (XVII)

Múnich posee una cantidad tremenda de parques. El más famoso, el Jardín Inglés, con sus 3,75 km², supone uno de los parques más grandes del mundo. También uno de los lugares más aborrecibles, pese a su llamada irresistible cuando al sol le da por salir. En sus días primaverales y veraniegos, el parque es un festival de la vida. O, más bien, un resumen de la vida muniquesa en su amplitud: gente guareciéndose del trajín urbano. Es por eso que cuando el calor aprieta y no hay lugar verde donde descansar, suelo refugiarme en el vecino Parque de Leopoldo, que no tiene ninguna relación ni parecido con el gran parque de la ciudad.

En 1909 se construyó este parque que lleva el nombre del príncipe regente Leopoldo de Baviera (1821 – 1912). Se trata de una superficie modesta de 33 hectáreas, sin ninguna atracción o chuminada como las que abundan en el Parque Olímpico, por poner un ejemplo de mal gusto. No tiene ni río ni lago que lo alegren o refresquen; ni turista que lo fotografíe. La única atracción es una colina de 37 metros desde la que se puede ver el centro de la ciudad. Allí mismo se puede observar una cruz de bronce con la leyenda: “Ore y recuerde a todos aquellos fallecidos bajo las montañas de escombros”.

La colina de este parque es lo que en Múnich se conoce como Trümmerberg o montaña de escombros. Fue mi amigo Helge, el editor de inglés de Langenscheidt, quien me llamó la atención sobre este fenómeno la primera vez que subimos la colina corriendo. Al acabar la guerra, la mitad de la ciudad quedó arrasada por los bombardeos aliados. A diferencia de Berlín o Fráncfort, las autoridades locales decidieron reconstruirla tomando como modelo los tiempos prebélicos. Pero antes había que recoger los millones de metros cúbicos de escombros que invadían la ciudad y luego reutilizarlos para la reconstrucción. Los héroes – o heroínas – de tal ominosa tarea fueron las mujeres. Por entonces la población muniquesa se había contraído en más de 40 000 personas. Muchos hombres habían muerto o se encontraban en prisión, por lo que las autoridades obligaron a todas las mujeres de entre 15 y 65 años a recoger todos los ladrillos, bigas o tablones que fueran útiles para la reedificación.

Las autoridades cayeron pronto en la cuenta de que la cantidad de escombros era lo suficiente grande como para poder ser toda reutilizada. La solución fue construir montañas de escombros que con el tiempo se integraron en el paisaje urbano de forma que nadie las pudiera reconocer. La más antigua y visitada es la montaña olímpica, que se encuentra al otro lado del Parque de Leopoldo, en el parque homónimo. He subido varias veces esa montaña. De hecho, allí tuve mi primera cita muniquesa, lo que, mirándolo retrospectivamente, resultó un mal augurio de cómo empezó a cimentarse nuestra relación: sobre escombros.

La colina de Luitpold se yergue sobre un millón de metros cúbicos de desechos sin que levante sospechas. Múnich es una ciudad de la que no se para de aprender. Pues lo elegante y correcto es hacerlo como aquí: incorporando los desperdicios al paisaje, sin que ningún nuevo visitante conozca su historia.

 

Dietario de Múnich (XVI)

En estos tiempos postmodernos le ocurren a uno cosas sorprendentes. Anoche, sin ir más lejos, fui a ver una comedia alemana en el City Kino de la Sonnenstrasse. Wir sind die Neuen (“Nosotros somos los nuevos”), del director Ralf Westhoffs, se presentó en el reciente Festival de Cine de Múnich. Era una de las pocas películas que no me quise perder. Por lo que ahora no dejé pasar la ocasión. Además, si uno quiere abismarse en los secretos del humor alemán, siempre es recomendable acudir a este tipo de comedias. Por cierto, el cine alemán, pese a lo acostumbrado, no sólo son películas sobre nazis y la Antigua Alemania Oriental. Los alemanes también consiguen bordar buenas comedias, aunque sean de suave impronta, que a veces son las que más duran.

Wir sind die Neuen la describen como una comedia intergeneracional. Bien mirado, no obstante, se trata de un drama de los tiempos que corren. Por un lado, la alegre generación sesentachochista, de los que buscaban arena debajo de los adoquines y se encontraron, en este caso, con sus vidas echadas a perder por sus excesos, ya fueran idealistas o de la carne. Por el otro lado, la nueva generación, niños mimados e hipersensibles, caprichosos, con baja tolerancia a la mínima frustración, frágiles como un copo de nieve – de hecho, uno de ellos sufre una lumbalgia -, esclavos de la presión por el éxito, obsesionados por la optimización personal y recelosos de su espacio privado. “Ich will meine Ruhe”, quiero mi tranquilidad, es una frase que no se deja de oír.

Las dos generaciones se encuentran en el mismo edificio. Los “nuevos” son los viejos, tres amigos de la universidad, solitarios pero solidarios, que quieren revivir sus tiempos estudiantiles treinta y cinco años después y van a parar a un piso de las afueras de la ciudad. De fondo los problemas de una ciudad que no se menciona, Múnich, con los precios del alquiler al alza, aniquiladora de los sueños de estos viejos. La trama entera es un encontronazo donde los diálogos son cuchilladas entre generaciones; aunque los extremos se van acercando engañosamente hasta formar una simbiosis. Un final feliz, con un mensaje aparentemente feliz: todos podemos aprender el uno del otro y podemos salir ganando. Sin embargo, para qué negarlo, los auténticos, los buenos, fueron los del 68, que sabían lo que era la vida buena, sin internet ni conexiones virtuales. Son los que despiertan simpatía en el espectador. En contraste con esos jóvenes pijos infelices, castrados y castradores. Al final resulta que son estos jóvenes los que acaban aprendiendo – y cediendo – frente a la generación sesentayochista. Aunque haya sido a cambio de todo lo que cedieron los últimos. Que no fue poco.

Dietario de Múnich (XV)

Días de calor africano en Múnich. Al mediodía recorro con la bici el barrio vecino de Maxvorstadt. Siempre confundo Maxvorstadt con Schwabing. El primero es como una isla dentro del segundo. Las fronteras están claramente delimitadas. Sin embargo, suelo meterlas en el mismo saco. Así como a mi amigo Helge, a quien equivocadamente le hice vecino de mi barrio cuando en verdad él vive en Maxvorstadt. Justo en la calle fronteriza. No entiendo mucho de fronteras. Qué le vamos a hacer.

Mientras pedaleo por las calles casi desérticas por la canícula, me vienen flahses de ese verano inolvidable en Nueva York. Maxvorstadt podría perfectamente situarse en Nueva York y nadie lo acusaría. Ni siquiera los muniqueses, que se tienen su singularidad igualmente creída. Y lo más terrible, sin duda, es que es cierto.

En la Nordenstrasse hago una parada en la Librería Española, una librería cuyo nombre solo rinde tributo a su origen y al origen de su fundador. Casi la mitad de la tienda está llena de libros en italiano. En la otra mitad, los estantes están separados por libros en español, francés y algo de portugués, catalán y gallego. Cuando entro no hay nadie, salvo la asistenta, una italiana simpática absorta en unos quehaceres insondables. Me pregunta si puede ayudarme. No gracias, simplemente quiero echar un vistazo a los libros de español para estudiantes. Mientras dudo sobre el regalo más apropiado para Katharina, tropiezo con un libro de reciente publicación: Al otro lado del muro. La RDA en sus escritores editado por Ibon Zubiaur en una edición cuiadada de Errata Naturae.

La obra recoge una selección de textos de escritores de la antigua Alemania Oriental para mí completamente desconocidos. Me avergüenza reconocer mi ignorancia cuando leo los nombres de Stephan Hermlin, Erich Loest, Brigitte Reimann o Hermann Kant. Todavía hay más que no citaré para no exponer del todo mis lagunas literarias. Ojeo la introducción, que de alguna forma justifica mi ignorancia. Parcialmente, claro, pues se trata en su mayoría de escritos todavía no traducidos al español, pero que en alemán estaban al alcance desde hacía tiempo. Este pequeño volumen tiene también el atractivo de excluir a Christa Wolf. No sólo porque su obra esté ampliamente traducida al español. También por ser una autora sobrevalorada, criterio que comparto con el editor.

Salgo de la librería con este volumen y un audiolibro con cuentos de Javier Marías para Katharina. Hace un calor atroz a estas horas del mediodía. No obstante, mis orígenes mediterráneos son aquí una ventaja, así que disfruto recorriendo las calles deshabitadas con la bici, haciendo estiramientos de brazos como si, idiota de mí, quisiera atrapar este momento caluroso que tanto añoraba. Me pierdo, deliberadamente, hasta llegar a la siguiente estación en la Blutenburgstrasse, que por un momento me retrotrae a la diáfana Upper East Side.

En la tienda Donosti saludo a Esteban. Donosti es una tienda de delicatessen española. La única que merece tal título en esta ciudad. Esteban, de origen navarro, la abrió hace cosa de doce años y le puso el nombre vasco de la ciudad más bella del mundo. Desde entonces, Esteban lucha como un Quijote infatigable, de día en la tienda y de noche en internet, con su no menos infatigable pareja, la siempre alegre Brigitte. Esteban es un navarro orgulloso de su vasquidad. Cuando no se pierde en sus ensoñaciones irredentistas, Esteban demuestra su lado más tradicionalmente vasco, es decir, su lado más español, más gourmet. Se conoce todos los vinos de España, Francia e Italia. Uno entra a esta tienda en busca de un buen vino y sale con una conferencia. Me abruma el conocimiento de Esteban, que al final me convence con llevarme un vino navarro sin sulfitos. No pongo pegas, después de la lección que me ha dado sobre los sulfitos y el vino, de la que ya solo retengo el sabor inolvidable del segundo.

Tengo poco tiempo, pero no puedo evitar animar a Esteban a seguir hablando sobre gastronomía. En verdad, no hace falta animarlo. Esteban se dispara solito sin necesidad que uno le pregunte. De los vinos españoles pasamos a los italianos. Esteban me explica el dominio de la gastronomía italiana en Baviera, la región más nórdica de Italia. Los italianos dominan el mercado. Son los reyes del márquetin. Los españoles, en cambio, pese a tener productos muy buenos, somos muy malos vendedores, me dice Esteban indignado. Y la culpa es nuestra, por haber exportado hasta ahora productos malos y no sabernos adaptar al gusto del consumidor alemán. Es una batalla perdida, pese al esfuerzo de los pequeños exportadores de vinos españoles. Ese problema no solo lo sufren  los vinos. Los productos españoles están muy poco valorados en el mercado alemán: “A un alemán le vendo vino italiano normalito por diez euros y me lo compra. Eso sí, le pongo un buen vino español por ese precio y no hay forma de vendérselo”.

Me quedaría toda la tarde escuchando a Esteban, incluso en sus fantasías nacionalistas. Pero se me hace tarde y he de volver a mi travesía del desierto. Hace un día tremendo. Múnich cobra con estos días un atractivo irrebatible, como si la vida ardiera toda ella  en sus entrañas. Y a uno solo le queda la opción de vivirla, sin más.

Dietario de Múnich (XIV)

Estos días toca hablar de fútbol, un tema de mi incompetencia. Viví el partido en una carpa abierta y tranquila del Festival del Tollwood. El public viewing más discretamente organizado y cercano a mi casa. No fue noche de celebraciones. Y dada las crónicas que he leído, no me perdí nada. Festival de la sosería, lo ha descrito Jordi Orts, el cronista en español más veraz de Múnich. Luis Doncel, en El País, reseñaba la misma alegría contenida en Berlín: “Mañana hay que trabajar”.

Estos días mundialistas y de celebración he visto muchas banderas ondeando. En coches, bicicletas y balcones. Los alemanes suelen ser pudorosos en cuestiones patrióticas. Ocurre como con los españoles: cualquier signo raro – es decir, una bandera – es sospechoso de extrema derecha. No obstante, me explican fuentes locales, Alemania empezó a desacomplejarse patrióticamente en el Mundial de Fútbol de 2006, que se celebró, por cierto, en Alemania, bajo temperaturas subsaharianas. Luego reprimieron de nuevo sus impulsos patrióticos. Desde entonces, los sacan a ventilar cada dos años, no para declarar una guerra, sino para animar a su selección de fútbol. Lo que, sinceramente, y mirando hacia el siglo XX, no deja de ser tranquilizador.

La victoria mundialista de Alemania me ha hecho confirmar una sospecha que desde hace tiempo me inquieta. Y es que un país tan culto y tan inteligentemente organizado como el que más, también puede sucumbir a la estupidez. Y no me refiero a ese baile celebratorio tan injusta y enfáticamente criticado. Como si después de estar oyendo cada dos años chistes, comparaciones de mal gusto y otras sandeces sobre los nazis, unos futbolistas disfuncionalmente alfabetizados no tuvieran derecho a reírse de unos gauchos. Tampoco hablo de la estupidez patriótica, que aquí la tienen bien delimitada, dentro de lindes razonables. Es una estupidez sin adjetivar, que se enseñorea por la calle con toda naturalidad. La estupidez, supongo, de la que habló Borges, y de la que yo, como buen sureño, también he participado.