Archivos Mensuales: noviembre 2014

Dietario de Múnich (y XXIII)

Simplicissimus fue una revista satírica fundada en Múnich a finales del siglo XIX. Entre sus colaboradores se encontraban los hermanos Mann. Heinrich era el más mordaz y atrevido y Thomas, cuatro años más joven, el melancólico. Ambos hermanos siguieron caminos distintos. El tiempo y su tiempo trataron mejor al menor, que recibió el premio Nobel de Literatura en 1929. Heinrich no es que fuera un mal escritor o un escritor del montón; Professor Unrat o Der blaue Engel están ahí por si cupiera alguna duda de su calidad literaria. Sin embargo, a diferencia de Thomas, quien vivía más ensimismado en la literatura, Heinrich tomó partido desde muy joven en los temas de su tiempo. Fue un crítico acerbo de la Alemania guillermina y uno de los primeros en predecir los planes aniquiladores de los nazis.

Descubrí esta pequeña historia hace un par de días, mientras hojeaba las páginas de El genio alemán de Peter Watson. No sabía que Watson le dedicara un capítulo entero a Múnich. O más bien, al Múnich artístico de finales del siglo XIX y principios del XX, donde se encuentran estas páginas a la complicada y contradictoria relación de los hermanos Mann. Compré este libro cuando vivía en Innsbruck, sin saber todavía que a los pocos meses me mudaría a la capital bávara. Tenía en mente regresar a Alemania, por lo que creí que la celebrada obra de Watson sería una buena introducción. Me avergüenza reconocer que después de dos años y medio largos, no he sido capaz de acabar este ochocientos, por lo que no creo que ahora que me voy, me dé por hacer lo que no hice en todo este tiempo. Aunque ahí queda; como algo pendiente para los próximos meses, tal vez años.

Al leer la historia de los Heinrich y Thomas Mann me dio por rastrear lo que Watson escribe sobre Múnich en El genio alemán. Pero más allá de ese capítulo dedicado a su escena artística del ya citado periodo – el mismo Thomas Mann comparó la capital bávara con la Florencia del quattrocento -, apenas hay más referencias que las del putsch de Hitler en aquella cervecería ya desaparecida, los Juegos Olímpicos de 1972 o una mención de pasada a la reconstrucción alemana después de la Segunda Guerra Mundial. De tomar como referencia la obra de Watson, no parece precipitado concluir que el genio alemán abandonó la capital bávara hace casi un siglo. Lo que no deja de ser injusto para una ciudad todavía floreciente, aunque ya no tenga que ver con aquella Florencia que describía el menor de los Mann.

Estos días de despedidas me ha venido a la cabeza una persona que conocí muy al principio de mi estancia en Múnich, cuando vivía en la calle Humboldt, cerca de Kolumbusplatz. Era una vecina joven, estudiante, que vivía en el entresuelo. Ahora la recuerdo como alguien que iba siempre corriendo, inquieta e inasible, pues siempre que la veía ella entraba o salía de su piso, dejando atrás un olor a perfume que no puedo recordar. Se trataba de una de esas bellezas morenas que escasean por estos pagos y que siempre llaman la atención, como una rubia en un país sureño. Tuve la ocasión de hablar con ella una vez que nos encontramos casualmente en la entrada, junto a los buzones. Yo trataba de sacar el ejemplar de Die Zeit con una torpeza que a ella le hizo reír y que acabó con la primera página del periódico destrozada. No hablamos mucho, pero ese ejemplar dio pie a una breve conversación sobre el periodismo y la vida. Curiosamente, ella estudiaba Comunicación y quería dedicarse a este oficio de museo. Había conseguido una plaza en una escuela de periodismo en Hamburgo y dejaba Múnich a finales de mes, al poco de acabar su semestre, si no entendí mal. Al decirle que yo era periodista intercambiamos nuestros e-mails. Nos despedimos no sin antes preguntarle si regresaría a Múnich después de sus estudios, a lo que me respondió, algo melancólica, con un sobrio “no sé”. Nunca había llegado a encajar del todo en esta ciudad y ahora que tenía ocasión de dejarla, el simple pensamiento de volver se le presentaba como remoto, pues en Múnich no pasa nada, creo que dijo.

Nunca nos escribimos. Yo perdí su correo electrónico, probablemente, entre los muchos papeles que he ido acumulando y luego tirando indiscriminadamente en cada mudanza. Supongo que no volvió. O, al menos, eso es lo que me gustaría creer. Aunque, bien mirado, quién sabe.

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