Archivos Mensuales: octubre 2014

Dietario de Múnich (XXII)

Múnich es una ciudad predecible. Uno sale de casa sin el temor – o la esperanza, según cómo se mire – de que ese día algún sobresalto o sorpresa se cruce en su vida. Eso no significa que no lo pueda haber, pero la ciudad está pensada y equipada para reducir esa probabilidad a niveles irrelevantes. Es por eso que la capital bávara es la ciudad más deseada por familias, ingenieros y otras personas que desarrollan oficios laboralmente seguros, pues junto al bienestar material y a la seguridad se añade una tolerancia cero a la incertidumbre. Los artistas y creativos, como se sabe, viven en Berlín.

Sin embargo, a veces – pocas veces – queda margen para la sorpresa. El jueves pasado tuve un encuentro de esos que se llaman fortuitos con unos tipos que en menos de veinticuatro horas me llevaron a presenciar uno de los más refinados rituales religiosos de la modernidad. Iba yo en el metro a la altura de Petuelring, cerca del Parque Olímpico, cuando advertí que la cota de contaminación ambiental había superado los niveles acostumbrados. Inmediatamente noté que ese ambiente se me hacía demasiado familiar. Pues, en efecto, el vagón iba hasta las lunas de españoles. Todos parecían venir del Parque Olímpico; no obstante, por el tamaño del grupo me parecía improbable que se tratara de un grupo de turistas. Normalmente, pensé, un grupo así viaja en autocar – o en bicicleta -, incluso por el centro de la ciudad.

Me dio por preguntar al grupito que tenía más cerca. “Estamos por negocios”, me respondió uno con marcado acento del norte de España, “este fin de semana hay una convención europea de distribuidores en Múnich, en el Olympiastadion“. A partir de ahí empezó una animada conversación con otras dos personas que estaban ahí por el mismo evento. Al despedirme me dijeron que podía pasarme, pues podría interesarme, y el primer día, además, la visita era gratuita. Así que allá me encontré al día siguiente, no delante del Olympiastadion, como había señalado equivocadamente mi primer interlocutor, sino del Olympiahalle, algo más modesto en sus dimensiones y más cercano a mi piso.

Mientras buscaban la forma de acreditarme – pese a ser gratuito -, uno de ellos, un ingeniero navarro que jugaba al frontón, me explicó de qué iba el evento. En verdad, no era una feria de distribuidores españoles, como yo había entendido en un principio, sino una convención de la American Communications Network (ACN). No tenía ni la más remota idea de qué empresa era ni a qué se dedicaba. Tampoco tuve tiempo para informarme con mi smartphone. Así que me dejé llevar por las explicaciones de ese navarro forzudo. La ACN se dedica al márquetin en red – luego descubrí que más bien era el márquetin de los enredos y los enredadores -. El representante vende servicios básicos (telefonía, luz, agua) dentro de su red de familiares y amigos más cercana y a cambio recibe una comisión. A medida que crece la red, crecen los ingresos por comisión (de hasta un 10 por ciento, me aseguró). Y como se trata de servicios básicos que han de facturarse cada mes, los ingresos por comisión son también mensuales; y, en un momento dado – y en poco tiempo – uno acaba teniendo ingresos automáticos a final de mes sin mover un click.

Mientras esperábamos la acreditación, me fueron presentando a diferentes personas, con una historia de éxito encomiable en cuestión de meses después de muchos años de fracasos inapelables. No tardé en olerme de qué iba el percal, por lo que estuve a punto de excusarme – en efecto, tenía cosas mejor que hacer -, pero, qué le vamos a hacer, también tenía mucho tiempo libre para mis obligaciones y era la primera vez que me encontraba en las entrañas de algo así. La curiosidad me podía.

Sorteamos la cola de las acreditaciones y me prestaron sospechosamente la pulsera de uno de los invitados que ya se encontraba dentro. Entré sin problemas en el Olympiahalle, un estadio cubierto como el Sant Jordi de Barcelona (pero más pequeño). Por un momento creí que me encontraba en una de esas fiestas exclusivas para celebridades. La música apenas permitía entender a mi interlocutor más cercano, los asistentes – todos trajeados – corrían de un lado a otro, gritaban y silbaban. Tomamos asiento con la comitiva española, que ocupaba una de las gradas – repartidas según la nacionalidad – y al poco empezó el espectáculo.

En un escenario de un tamaño que ya soñaría Bruce Springsteen para su E Street Band, apareció la primera estrella, un tal Tony Cupisz, el vicepresidente de la compañía. Al observar su performance uno piensa inmediatamente “qué buenos oradores son estos americanos”. Su discurso enérgico iba del éxito personal – que es también, y sobre todo, el de la compañía – y cómo todos los presentes podían llegar a lo más alto con trabajo y sin miedo a equivocarse. “Para ser bueno primero hay que ser malo”, decía el gurú, interrumpido varias veces por los aplausos de un público furiosamente entregado. A continuación apareció un payaso en el escenario; el payaso de la fundación Ronald McDonald House Charities, que agitó al personal hasta la médula con sus payasadas (me ahorraré juzgar el gusto de estas). En esta clase de actuaciones no puede faltar los momentos dramáticos, historias de familias destrozadas por hijos con enfermedades graves, proyectadas sobre fondo del escenario; para luego pasar de nuevo a las payasadas de Ronald y, de ahí, al alborozo contagioso de los asistentes.

Mientras desfilaban las diferentes historias de éxito sobre el escenario – el mayor momento de catarsis colectiva advino con la actuación de un italiano que bien podría pasar por un predicador -, observaba a mis acompañantes tomar nota de todas las frases que se proyectaban sobre el fondo del escenario. Creo que no hace falta aclarar que se trataba de sentencias muy del gusto de estos gurús de la motivación y el liderazgo empresarial, por lo que me ahorraré de transcribirlas por motivos de higiene mental. Se pueden encontrar fácilmente en internet y, sinceramente, ya tuve suficiente con la sesión intensiva de ayer. La eucaristía duró alrededor de cuatro horas, sin descansos entre oradores (repartidos por nacionalidades: francés, paquistaní, italiano y español), por lo que tuve que esforzarme para disimular las cabezadas que iba dando entre el entusiasmo jubiloso de mis acompañantes, que se giraban hacia mí continuamente para asegurarme – por si todavía tenía dudas – de que era un privilegiado por presenciar un evento así. En un momento personal que rozaba el delírium trémens pensé que el espectáculo acabaría con una orgía entre el público, entre retumbes de tambores, música electrónica a toda pastilla y mujeres con faldas muy cortas – ya no menciono la vergüenza. Evidentemente, no fue así. De golpe se disolvió la marabunta. Los asistentes fueron abandonando como feligreses el pabellón, comentando animadamente los grandes momentos del recital.

Me despedí educamente y decliné diplomáticamente la invitación de mis acompañantes a asistir gratuitamente a la convención que se desarrollaría todo el fin de semana. Me sorprendió que podía acudir gratuitamente. Todos habían tenido que apoquinar doscientos euros por participar, lo que no dejó de aumentar mis sospechas – ¿Desde cuándo una empresa hace pagar a sus trabajadores para acudir a una convención que organiza la misma empresa? El mayor momento de sospecha llegó cuando me enseñaron el pase de un joven español que por motivos que no supieron aclararme no pudo asistir. La sospecha no radicaba sólamente en que me regalaban por la cara un pase que había costado doscientos euros, sino en mostrarme el DNI original del ausente – pues lo necesitaría para acreditarme – que, se suponía, estaba en España.

Por la noche busqué información en Google sobre la ACN. Como esperaba, gran parte de la búsqueda estaba relacionada con palabras como “timo” o “estafa”, no tanto a los clientes, como a esos trabajadores crédulos a los que le hacen costearse las convenciones corporativas y el ingreso en la empresa. Uno de ellos me regaló la edición española de la revista  Success – ¡la llegó a compar con el mismo Time!que dedica un monográfico a la ACN y al gran instrumento que va a revolucionar las telecomunicaciones en el futuro. Agárrense: ¡la videoconferencia! A estas alturas ya había llegado a la conclusión de que la principal fuente de sus beneficios no proviene tanto de sus productos vanguardistas como del bolsillo de sus trabajadores y que sus insistentes mimos y carantoñas hacia mí no respondía tanto a una simpatía desinterasada como a la necesidad de captar a otro incauto para la causa.

Es famosa la sentencia de Chesterton de que cuando el hombre ha dejado de creer en Dios, no es que ya no crea en nada, sino que ahora cree en cualquier cosa. No me extraña, a juzgar por la nacionalidad de los oradores y asistentes presentes, que una organización así haya calado con tanto entusiasmo en países como Estados Unidos, Italia y España (la sobrerepresentación de Francia merecería un estudio aparte).  Pero en Alemania – país, por lo demás, voluntariamente crédulo para asuntos como la ecología – no ha logrado apenas penetrar. Lo que, por cierto, no hace más que acrecentar mi admiración por el genio alemán.

 

Anuncios