Dietario de Múnich (XXI)

Este fin de semana ha arrancado la Oktoberfest, la fiesta popular más famosa y visitada del mundo. Es curioso cómo los alemanes han logrado internacionalizar de tal manera una verbena popular, pues la Oktoberfest no es más que eso: una verbena de pueblo. La verbena de pueblo por antonomasia para los bávaros, que en esto no se distinguen de sus primos – ya no tan lejanos, a juzgar por lo que está cayendo – españoles. Probablemente, Baviera sea la región más verbenizada de Europa, si exceptuamos, claro está, a España, donde verbenización y vulgarización a veces se confunden (como en Baviera). Baviera tiene además una ventaja sobre España (bueno, en verdad tiene más): aquí no sufren de temperaturas africanas. Y la lluvia, por estas fechas, resulta un bálsamo cuando uno sale sobrealcoholizado de una de esas carpas asfixiantes.

Mujeres vestidas con un dirndl marcando carácter de cintura para arriba y hombres con camisa de cuadros, pantalones de cuero, calcetines hasta las rodillas y botas de labrador. Carpas a reventar de gente, ahogándose en jarras de cerveza de litro, saltando sobre bancas de cuestionable estabilidad al ritmo de una no menos cuestionable banda local. La música es de un buen gusto directamente proporcional a los litros de alcohol que corren por la sangre. Hombres y mujeres se desinhiben hasta niveles insospechables (con respecto a su acostumbrado recato durante el resto del calendario). Norias, columpios giratorios, montañas rusas, espejos que corrompen imágenes – algunas incluso mejorándolas, como en aquella conocida anécdota de Picasso. Y todo ese espectáculo zoológico – los más optimistas lo llamarán antropológico – en un recinto de cuarenta y dos hectáreas.

muenchen_oktoberfest

Si exceptuamos la calidad de la comida (al mismo nivel que la música), lo más doloroso y cruel son los precios, lo que me reafirma, una vez más, en la sencilla sentencia de que, a veces, tradición y estupidez caminan juntas y cogidas de la mano. No faltará un antropólogo que destaque la importancia de semejantes ritos para mantener la cohesión del grupo social bajo una misma narrativa lúdico-simbólica, atenuar la tensión de la vida política y fortalecer los vínculos familiares y amistosos. En esas mismas teorías estaba pensando anoche mientras observaba cómo un grupo de bávaros alcoholizados se reventaban la cara a puñetazos.

La Oktoberfest, más allá de su parafernalia etílico-festiva, es una muestra admirable del músculo exportador alemán. En este caso, por refracción. Y una prueba cristalina del carácter católico-mediterráneo de los bávaros, una alternativa no menos exitosa al modélico capitalismo renano. Que una casta local en régimen de oligopolio, auspiciada públicamente por políticos locales, haya logrado tal éxito empresarial sin que asome la menor sospecha de corrupción debería servir de ejemplo a italianos, españoles y griegos (y, por extensión, demás pueblos mediterráneos). Así y aquí sí que se pueden celebrar juegos olímpicos, mundiales de fútbol e incluso referendos. Para envidia de cataríes y catalanes.

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