Dietario de Múnich (XX)

No ha habido que esperar mucho. El sol ha vuelto y las temperaturas se han hecho más agradables. Aunque sería iluso celebrar el regreso del verano, al menos me agarraré a esta tarde de cielo despejado y hormonas relajadas. Temo convertir este dietario en un inventario del clima muniqués: día soleado, día nublado, otoño, verano y un invierno largo. Sería de una gran pobreza intelectual comprehender la vida de una persona o un grupo según el dictado del tiempo (meteorológico). Más aún vivirla bajo esos parámetros. Aunque por estas tierras, me temo, el tiempo es el único elemento que puede desestabilizar la mentalidad planificadora de sus gentes. No es broma: con tardes como esta, los alemanes se pueden volver peligrosamente espontáneos.

Hoy es uno de esos días continentales. La tarde de ayer presagiaba un día rabiosamente soleado. No fue así. Esta mañana, al sonar la alarma a las siete y media, me levanté de un salto con el fin de frenar mis tendencias procrastinadoras en la cama. Hace poco había leído en una entrevista a un celebrado psicólogo norteamericano que con esta técnica había logrado hacer frente a la procrastinación, a saber, esa tendencia – yo diría tentación – de diferir las obligaciones al último momento. Mientras recuperaba la conciencia y me preparaba torpemente el primer café de la mañana, me dio por correr las cortinas de la habitación. No daba crédito: nublado. Niebla. Mierda. Bajé al rellano a recoger el periódico del buzón y durante casi dos horas me regocigé en esta tentación mía de aplazarlo todo para el final de la mañana. Y mañana, pensé, ya me daré una segunda oportunidad. Y esta vez, sin excusas etéreas.

Acabo perezosamente mis obligaciones del día, el cielo se despeja y a eso de las tres voy a dar un paseo por mi barrio. Hago unas compras en el Rewe, una cadena de supermercados donde uno, de vez en cuando, puede comprar fruta sin necesidad de tener que dejarla madurar unos días en el frutero de casa. Al poco regreso a casa y, ahora sí, me libero de todos mis deberes y me obsequio con un paseo por uno de los rincones más bellos y a la vez siniestros de la ciudad. Me refiero a esa pequeña superficie, en el barrio de Maxvorstadt, que da lugar a las tres pinacotecas y que comprende también la Königsplatz, la galería Lenbachhaus y otros museos de menor nombre. El jardín que se levanta a los dos lados de la antigua pinacoteca tiene la magia – una expresión que hierve en manos de un escéptico – de abstraer al paseante ocioso del tráfico de las calles adyacentes. Que nadie me pregunte cómo, pues lo despediré con la explicación más torpe.

Al pasear por alrededor de la antigua pinacoteca me detengo frente a una escultura de bronce que representa un caballo y un jinete en pelotas y posición tímidamente victoriosa, como si fuera a acariciar la barbilla del caballo con el puño (el caballo, por cierto, aparece censurado en sus bajos, supongo que para evitar comparaciones odiosas). Tanto el caballo como el jinete muestran algunos agujeros en el cuerpo. Se trata de lo que las autoridades, después de la Segunda Guerra Mundial, bautizaron como “las heridas de la memoria” (están rubicradas en cristal con la leyenda “Wunden der Erinnerung”). Las “heridas” son pequeños agujeros de bombardeos, explosiones o disparos que por su impacto en lugares de valor artístico o simbólico las autoridades decidieron no reparar.

Wunder der Erinnerung I

Sigo el rastro de esas “heridas”. Hay tres en total. La segunda se encuentra en el cruce de Ludwigstrasse y la Schellingstrasse, en la pared de la biblioteca de la Universidad, donde el grupo resistente la Rosa Blanca, formado por estudiantes, repartía octavillas antinazis. La pared está hecha trizas por lo que parece ser los impactos de metralla de una explosión o los disparos de una ametralladora de dimensiones respetables. Ahora los estudiantes aparcan las bicis bajo un letrero conmemorativo apenas legible. La pared ha pasado a formar parte del paisaje natural de la ciudad sin que nadie depare en ella.

Wunder der Erinnerung II

Me cuesta encontrar la tercera “herida”. Está oculta en una de las paredes de la Casa del Arte, en el número uno de la Prinzregenstrasse. A diferencia de las otras dos, esta se encuentra en uno de los edificios levantados durante el régimen nazi. Hitler la mandó construir con la ayuda financiera de BMW, Volkswagen, Siemens y Krupp, grandes multinacionales que, como la multinacional más antigua del mundo, la Iglesia, han dado prueba irrefutable de saber adaptarse a los tiempos que cambian. Apenas me detengo a observar los restos de metralla. La Casa del Arte, al igual que todo el perímetro artístico que rodea la Königsplatz, se construyó bajo un estilo neoclásico desproporcionado, muy del (mal)gusto de los nazis, que en sus momentos de mayor megalomanía se consideraban los auténticos herederos de la cultura clásica.

De regreso a casa no dejo de darle vueltas a estas “heridas de la memoria”. Suelo desconfiar de ese artefacto ideológico de la “memoria”, que cuando no le da por desplazar a la historiografía del espacio público, le da por competir, con todo el tinglado de monumentos, con un parque de atracciones. Sin embargo, estas “tres heridas de la memoria” se encuentran repartidas en un pequeño radio, discretas y casi invisibles al público, sin ninguna leyenda moralizante, mimetizadas en el paisaje urbano. Como si esta vez la memoria se quisiera cubrir de los vestigios que unas autoridades cada vez más exhibicionistas siempre le niegan. Me refiero, claro está, a los vestigios que cubren la vergüenza.

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