Dietario de Múnich (XIX)

Hace días que llegó el otoño, tan precoz como cada año. Quizá esta vez como el que más. Sería exagerado escribir con Rilke que “largo fue el verano”. Al menos este, si es que hubo, no lo fue. Ya hace días que las sombras cubrieron los relojes solares y los vientos salieron a rodar por las llanuras. Septiembre es, sin embargo, un mes inesperado. El verano puede reaparecer en cualquier momento en su estertor y desaparecer, fulgurante. En esa esperanza nos agarramos algunos todavía.

Es por estas fechas cuando tiene lugar, desde hace ocho años, uno de los momentos más esperados de un periodista. La máxima institución periodística de la región, el Süddeutsche Zeitung (en adelante SZ), organiza una noche con sus autores. Cinco lugares representativos de la ciudad – el Nuevo Ayuntamiento, la Residencia, la Künstlerhaus (Casa del Arte), el Deutsches Theater (el Teatro Alemán) – han sido el lugar de las 26 conferencias y podios de discusión de este año. El menú no deja de ser un reflejo del periódico: desde temas de rabiosa actualidad y enconado debate como el nuevo tratado de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea (TTIP, por sus siglas en inglés) hasta los fundamentos del Estado de derecho en la era del espionaje y el terror (sí, algunos títulos se pasan de solemnes). Por medio uno puede picar por el entretenimiento de las columnas de la sección de familia y educación o dejarse llevar por las chispeantes anécdotas de la política de provincias. En definitiva, uno se asoma a un fresco de lo que hasta ahora era un periódico generalista.

Sobre el futuro del periódico iba una de las conferencias que más esperaba.  El lugar no podía ser más idóneo: la gran sala de sesiones del Nuevo Ayuntamiento. Allí el director adjunto, Wolfgang Krach, y el responsable de la edición digital, Stefan Plöchinger, respondieron a las preguntas que el público, con mayor o menor acierto, les hacía sobre el futuro del periódico. El panorama no puede pintar más sombrío, pese al optimismo irreductible de sus dos representantes en la tribuna: las ventas y los ingresos por publicidad han caído. Si hace diez años la edición del fin de semana llegaba a alcanzar las cien páginas de anuncios, en la actualidad apenas alcanza las treinta. Plöchinger apuntó a lo que ya llevan diciendo todos los propietarios de periódicos desde hace años: los lectores tendrán que pagar en un futuro próximo por leer noticias. Y esto se advierte desde un periódico donde el 60 por ciento de los ingresos del papel provienen de las suscripciones y las ventas en quioscos.

En este foro de debate eché en falta la otra cara de la moneda: a saber, el periódico del futuro. Sólo al final Plöchinger hizo una referencia para recordar una obviedad: la forma de hacer periodismo digital no es lo mismo que la de hacer  periodismo impreso. No dejó de sorprenderme, por cierto, la posición de Krach, para quien el periódico de papel nunca desaparecerá. Al menos, para cubrirse las espaldas, en el tiempo en que él siga vivo (ronda los cincuenta). La obstinación de Krach iba más allá del soporte: el periodismo digital no se distingue del periodismo impreso. La sustancia sigue siendo la misma. Al fin y al cabo, como decía Stephen Frears, “el periodismo sólo se ocupa de la gente en un instante corto de sus vidas”.

Al acabar la conferencia me pierdo con mi amigo Luis, que aparece vestido como un nuevo dandi del siglo XXI, por los pasillos del Nuevo Ayuntamiento. Vale la pena adentrarse por sus instalaciones góticas, que dan un aspecto más lúgubre, si cabe, a este día otoñal.  Hacemos un descanso para comer algo en el Vapiano de la Theatiner-Passage y nos dirigimos a la última conferencia de la noche, un debate a dos manos sobre el tratado de libre comercio entre EE UU y la UE que se negocia por estas fechas. La discusión tiene lugar en la Allerheiligen-Hofkirche (el Tribunal Eclesiástico de Todos los Santos) de la Residencia, en la céntrica Odeonsplatz. Nos cuesta dar con el lugar. Las instalaciones de la Residencia son laberínticas, sin que haya un plano que lo remedie. Al consultar el plano que figura cerca del Instituto Cervantes se confirma una vez más mis sospechas: los alemanes son incapaces de hacer algo simple. Han de complicar las cosas hasta la exasperación. Se nos va acabando la paciencia mientras nos perdemos por los patios de la Residencia. Decidimos volver al punto de origen y de confusión. Es decir, al lugar del plano. Al alzar la vista más allá de este, encontramos el camino. En contra de Bertolt Brecht y el maldito plano, el camino más corto entre dos puntos es a veces una línea recta… Y corta, muy corta.

Me sorprende la sala. Tiene un aspecto mucho más antiguo del que data (1826). Por un momento, me parece presenciar una de esas iglesias medievales que solo se pueden encontrar en países como Francia, España o Italia. En Alemania, las bombas de la II Guerra Mundial casi no dejaron monumento intacto. En Múnich, el ardor por reconstruirla tal y como era antes de la guerra dio a la ciudad un aspecto de pastiche, a ratos insufrible. Este también es el caso de la Allerheiligen-Hofkirche. Solo que esta vez, el pastiche pasa fácilmente por el original.

Allerheiliger-Hofkirche

En la tribuna se sientan los periodistas Marc Beise y Silvia Liebrich, de las páginas de Economía del SZ. Es el gran momento de la noche. Al fin dos firmas de un mismo periódico enfrentadas por una misma pasión: el tratado de libre comercio con Estados Unidos (TTIP). El TTIP ha sido objeto de acalorados debates en la prensa alemana, donde a veces el pensamiento catastrofista y apocalíptico se ha impuesto sobre la razón, que es el método que debiera dirigir a un periódico. Y a la izquierda. Y subrayo a la izquierda, pues ha sido la prensa socialdemócrata (entre ellas el SZ) la que más ha contribuido a las jeremiadas del susodicho tratado; del que, por cierto, poco sabemos. Voces prudentes y sensatas como las del periodista Beise son minoritarias, y ante este tribunal eclesiástico – los organizadores no pudieron elegir mejor lugar -, ni siquiera la opinión más obvia (sí, señores, EE UU y los países de la UE tienen en común que son estados democráticos de derecho) levantó más de un par de aplausos.

La periodista Liebrich, por su parte, acaparó el entusiasmo del público. Aun haciendo mías algunas de sus reservas – no hace falta ser un socialdemócrata para reconocer el papel espurio de los lobbies empresariales que hacen presión en Bruselas y Washington bajo el lema de “qué hay de lo mío” -, debo reconocer que me sumió en una gran intranquilidad el ver un público entregado a las teorías conspiranoicas de las grandes multinacionales. Beise, pese a no compartir del todo su entusiasmo liberal, me causó una gran simpatía por sus opiniones cargadas de prudencia ilustrada. Por cierto, que a este tipo de debates no faltó ese espécimen tóxico de público que no pierde la mínima ocasión para flagelar al resto de presentes con sus soflamas. En frenar a estos plastas estuvo muy acertado el moderador – un periodista del SZ cuyo nombre ahora no recuerdo -, quien no dudó en interrumpir la perorata de un miembro de ATTAC de la forma más elegante en esta clase de encuentros: “Señor, todavía estamos esperando su pregunta”.

Salimos del debate con la mente agitada y con ganas de proseguirlo en la calle. El tiempo y el cansancio tras una tarde repleta de conferencias enfriaron rápidamente nuestro empeño. Atravesamos, sumidos en nuestros pensamientos, los patios de paredes góticas y luz tenue de la Residencia hasta llegar a Odeonsplatz. Pese a estar a mediados de septiembre, la lluvia y el frío húmedo invitan al recogimiento. Este ha sido un verano extraño. Vano sería pedirle dos días más al sur, cuando estos apenas los hubo. Me temo que ya no cabe esperar mucho, salvo ese postrer dulzor al vino espeso.

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Un pensamiento en “Dietario de Múnich (XIX)

  1. […] No hubo que esperar mucho. El sol ha vuelto y las temperaturas se han hecho más agradables. Aunque sería iluso celebrar el regreso del verano, al menos me agarraré a esta tarde de cielo despejado y hormonas relajadas. Temo convertir este dietario en un inventario del clima muniqués: día soleado, día nublado, otoño, verano y un invierno largo. Sería de una gran pobreza intelectual comprehender la vida de una persona o un grupo según el dictado del tiempo (meteorológico). Más aún vivirla bajo esos parámetros. Aunque por estas tierras, me temo, el tiempo es el único elemento que puede desestabilizar la mentalidad planificadora de sus gentes. No es broma: con tardes como esta, los alemanes se pueden volver peligrosamente espontáneos. […]

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