Archivos Mensuales: septiembre 2014

Dietario de Múnich (XXI)

Este fin de semana ha arrancado la Oktoberfest, la fiesta popular más famosa y visitada del mundo. Es curioso cómo los alemanes han logrado internacionalizar de tal manera una verbena popular, pues la Oktoberfest no es más que eso: una verbena de pueblo. La verbena de pueblo por antonomasia para los bávaros, que en esto no se distinguen de sus primos – ya no tan lejanos, a juzgar por lo que está cayendo – españoles. Probablemente, Baviera sea la región más verbenizada de Europa, si exceptuamos, claro está, a España, donde verbenización y vulgarización a veces se confunden (como en Baviera). Baviera tiene además una ventaja sobre España (bueno, en verdad tiene más): aquí no sufren de temperaturas africanas. Y la lluvia, por estas fechas, resulta un bálsamo cuando uno sale sobrealcoholizado de una de esas carpas asfixiantes.

Mujeres vestidas con un dirndl marcando carácter de cintura para arriba y hombres con camisa de cuadros, pantalones de cuero, calcetines hasta las rodillas y botas de labrador. Carpas a reventar de gente, ahogándose en jarras de cerveza de litro, saltando sobre bancas de cuestionable estabilidad al ritmo de una no menos cuestionable banda local. La música es de un buen gusto directamente proporcional a los litros de alcohol que corren por la sangre. Hombres y mujeres se desinhiben hasta niveles insospechables (con respecto a su acostumbrado recato durante el resto del calendario). Norias, columpios giratorios, montañas rusas, espejos que corrompen imágenes – algunas incluso mejorándolas, como en aquella conocida anécdota de Picasso. Y todo ese espectáculo zoológico – los más optimistas lo llamarán antropológico – en un recinto de cuarenta y dos hectáreas.

muenchen_oktoberfest

Si exceptuamos la calidad de la comida (al mismo nivel que la música), lo más doloroso y cruel son los precios, lo que me reafirma, una vez más, en la sencilla sentencia de que, a veces, tradición y estupidez caminan juntas y cogidas de la mano. No faltará un antropólogo que destaque la importancia de semejantes ritos para mantener la cohesión del grupo social bajo una misma narrativa lúdico-simbólica, atenuar la tensión de la vida política y fortalecer los vínculos familiares y amistosos. En esas mismas teorías estaba pensando anoche mientras observaba cómo un grupo de bávaros alcoholizados se reventaban la cara a puñetazos.

La Oktoberfest, más allá de su parafernalia etílico-festiva, es una muestra admirable del músculo exportador alemán. En este caso, por refracción. Y una prueba cristalina del carácter católico-mediterráneo de los bávaros, una alternativa no menos exitosa al modélico capitalismo renano. Que una casta local en régimen de oligopolio, auspiciada públicamente por políticos locales, haya logrado tal éxito empresarial sin que asome la menor sospecha de corrupción debería servir de ejemplo a italianos, españoles y griegos (y, por extensión, demás pueblos mediterráneos). Así y aquí sí que se pueden celebrar juegos olímpicos, mundiales de fútbol e incluso referendos. Para envidia de cataríes y catalanes.

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Dietario de Múnich (XX)

No ha habido que esperar mucho. El sol ha vuelto y las temperaturas se han hecho más agradables. Aunque sería iluso celebrar el regreso del verano, al menos me agarraré a esta tarde de cielo despejado y hormonas relajadas. Temo convertir este dietario en un inventario del clima muniqués: día soleado, día nublado, otoño, verano y un invierno largo. Sería de una gran pobreza intelectual comprehender la vida de una persona o un grupo según el dictado del tiempo (meteorológico). Más aún vivirla bajo esos parámetros. Aunque por estas tierras, me temo, el tiempo es el único elemento que puede desestabilizar la mentalidad planificadora de sus gentes. No es broma: con tardes como esta, los alemanes se pueden volver peligrosamente espontáneos.

Hoy es uno de esos días continentales. La tarde de ayer presagiaba un día rabiosamente soleado. No fue así. Esta mañana, al sonar la alarma a las siete y media, me levanté de un salto con el fin de frenar mis tendencias procrastinadoras en la cama. Hace poco había leído en una entrevista a un celebrado psicólogo norteamericano que con esta técnica había logrado hacer frente a la procrastinación, a saber, esa tendencia – yo diría tentación – de diferir las obligaciones al último momento. Mientras recuperaba la conciencia y me preparaba torpemente el primer café de la mañana, me dio por correr las cortinas de la habitación. No daba crédito: nublado. Niebla. Mierda. Bajé al rellano a recoger el periódico del buzón y durante casi dos horas me regocigé en esta tentación mía de aplazarlo todo para el final de la mañana. Y mañana, pensé, ya me daré una segunda oportunidad. Y esta vez, sin excusas etéreas.

Acabo perezosamente mis obligaciones del día, el cielo se despeja y a eso de las tres voy a dar un paseo por mi barrio. Hago unas compras en el Rewe, una cadena de supermercados donde uno, de vez en cuando, puede comprar fruta sin necesidad de tener que dejarla madurar unos días en el frutero de casa. Al poco regreso a casa y, ahora sí, me libero de todos mis deberes y me obsequio con un paseo por uno de los rincones más bellos y a la vez siniestros de la ciudad. Me refiero a esa pequeña superficie, en el barrio de Maxvorstadt, que da lugar a las tres pinacotecas y que comprende también la Königsplatz, la galería Lenbachhaus y otros museos de menor nombre. El jardín que se levanta a los dos lados de la antigua pinacoteca tiene la magia – una expresión que hierve en manos de un escéptico – de abstraer al paseante ocioso del tráfico de las calles adyacentes. Que nadie me pregunte cómo, pues lo despediré con la explicación más torpe.

Al pasear por alrededor de la antigua pinacoteca me detengo frente a una escultura de bronce que representa un caballo y un jinete en pelotas y posición tímidamente victoriosa, como si fuera a acariciar la barbilla del caballo con el puño (el caballo, por cierto, aparece censurado en sus bajos, supongo que para evitar comparaciones odiosas). Tanto el caballo como el jinete muestran algunos agujeros en el cuerpo. Se trata de lo que las autoridades, después de la Segunda Guerra Mundial, bautizaron como “las heridas de la memoria” (están rubicradas en cristal con la leyenda “Wunden der Erinnerung”). Las “heridas” son pequeños agujeros de bombardeos, explosiones o disparos que por su impacto en lugares de valor artístico o simbólico las autoridades decidieron no reparar.

Wunder der Erinnerung I

Sigo el rastro de esas “heridas”. Hay tres en total. La segunda se encuentra en el cruce de Ludwigstrasse y la Schellingstrasse, en la pared de la biblioteca de la Universidad, donde el grupo resistente la Rosa Blanca, formado por estudiantes, repartía octavillas antinazis. La pared está hecha trizas por lo que parece ser los impactos de metralla de una explosión o los disparos de una ametralladora de dimensiones respetables. Ahora los estudiantes aparcan las bicis bajo un letrero conmemorativo apenas legible. La pared ha pasado a formar parte del paisaje natural de la ciudad sin que nadie depare en ella.

Wunder der Erinnerung II

Me cuesta encontrar la tercera “herida”. Está oculta en una de las paredes de la Casa del Arte, en el número uno de la Prinzregenstrasse. A diferencia de las otras dos, esta se encuentra en uno de los edificios levantados durante el régimen nazi. Hitler la mandó construir con la ayuda financiera de BMW, Volkswagen, Siemens y Krupp, grandes multinacionales que, como la multinacional más antigua del mundo, la Iglesia, han dado prueba irrefutable de saber adaptarse a los tiempos que cambian. Apenas me detengo a observar los restos de metralla. La Casa del Arte, al igual que todo el perímetro artístico que rodea la Königsplatz, se construyó bajo un estilo neoclásico desproporcionado, muy del (mal)gusto de los nazis, que en sus momentos de mayor megalomanía se consideraban los auténticos herederos de la cultura clásica.

De regreso a casa no dejo de darle vueltas a estas “heridas de la memoria”. Suelo desconfiar de ese artefacto ideológico de la “memoria”, que cuando no le da por desplazar a la historiografía del espacio público, le da por competir, con todo el tinglado de monumentos, con un parque de atracciones. Sin embargo, estas “tres heridas de la memoria” se encuentran repartidas en un pequeño radio, discretas y casi invisibles al público, sin ninguna leyenda moralizante, mimetizadas en el paisaje urbano. Como si esta vez la memoria se quisiera cubrir de los vestigios que unas autoridades cada vez más exhibicionistas siempre le niegan. Me refiero, claro está, a los vestigios que cubren la vergüenza.

Dietario de Múnich (XIX)

Hace días que llegó el otoño, tan precoz como cada año. Quizá esta vez como el que más. Sería exagerado escribir con Rilke que “largo fue el verano”. Al menos este, si es que hubo, no lo fue. Ya hace días que las sombras cubrieron los relojes solares y los vientos salieron a rodar por las llanuras. Septiembre es, sin embargo, un mes inesperado. El verano puede reaparecer en cualquier momento en su estertor y desaparecer, fulgurante. En esa esperanza nos agarramos algunos todavía.

Es por estas fechas cuando tiene lugar, desde hace ocho años, uno de los momentos más esperados de un periodista. La máxima institución periodística de la región, el Süddeutsche Zeitung (en adelante SZ), organiza una noche con sus autores. Cinco lugares representativos de la ciudad – el Nuevo Ayuntamiento, la Residencia, la Künstlerhaus (Casa del Arte), el Deutsches Theater (el Teatro Alemán) – han sido el lugar de las 26 conferencias y podios de discusión de este año. El menú no deja de ser un reflejo del periódico: desde temas de rabiosa actualidad y enconado debate como el nuevo tratado de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea (TTIP, por sus siglas en inglés) hasta los fundamentos del Estado de derecho en la era del espionaje y el terror (sí, algunos títulos se pasan de solemnes). Por medio uno puede picar por el entretenimiento de las columnas de la sección de familia y educación o dejarse llevar por las chispeantes anécdotas de la política de provincias. En definitiva, uno se asoma a un fresco de lo que hasta ahora era un periódico generalista.

Sobre el futuro del periódico iba una de las conferencias que más esperaba.  El lugar no podía ser más idóneo: la gran sala de sesiones del Nuevo Ayuntamiento. Allí el director adjunto, Wolfgang Krach, y el responsable de la edición digital, Stefan Plöchinger, respondieron a las preguntas que el público, con mayor o menor acierto, les hacía sobre el futuro del periódico. El panorama no puede pintar más sombrío, pese al optimismo irreductible de sus dos representantes en la tribuna: las ventas y los ingresos por publicidad han caído. Si hace diez años la edición del fin de semana llegaba a alcanzar las cien páginas de anuncios, en la actualidad apenas alcanza las treinta. Plöchinger apuntó a lo que ya llevan diciendo todos los propietarios de periódicos desde hace años: los lectores tendrán que pagar en un futuro próximo por leer noticias. Y esto se advierte desde un periódico donde el 60 por ciento de los ingresos del papel provienen de las suscripciones y las ventas en quioscos.

En este foro de debate eché en falta la otra cara de la moneda: a saber, el periódico del futuro. Sólo al final Plöchinger hizo una referencia para recordar una obviedad: la forma de hacer periodismo digital no es lo mismo que la de hacer  periodismo impreso. No dejó de sorprenderme, por cierto, la posición de Krach, para quien el periódico de papel nunca desaparecerá. Al menos, para cubrirse las espaldas, en el tiempo en que él siga vivo (ronda los cincuenta). La obstinación de Krach iba más allá del soporte: el periodismo digital no se distingue del periodismo impreso. La sustancia sigue siendo la misma. Al fin y al cabo, como decía Stephen Frears, “el periodismo sólo se ocupa de la gente en un instante corto de sus vidas”.

Al acabar la conferencia me pierdo con mi amigo Luis, que aparece vestido como un nuevo dandi del siglo XXI, por los pasillos del Nuevo Ayuntamiento. Vale la pena adentrarse por sus instalaciones góticas, que dan un aspecto más lúgubre, si cabe, a este día otoñal.  Hacemos un descanso para comer algo en el Vapiano de la Theatiner-Passage y nos dirigimos a la última conferencia de la noche, un debate a dos manos sobre el tratado de libre comercio entre EE UU y la UE que se negocia por estas fechas. La discusión tiene lugar en la Allerheiligen-Hofkirche (el Tribunal Eclesiástico de Todos los Santos) de la Residencia, en la céntrica Odeonsplatz. Nos cuesta dar con el lugar. Las instalaciones de la Residencia son laberínticas, sin que haya un plano que lo remedie. Al consultar el plano que figura cerca del Instituto Cervantes se confirma una vez más mis sospechas: los alemanes son incapaces de hacer algo simple. Han de complicar las cosas hasta la exasperación. Se nos va acabando la paciencia mientras nos perdemos por los patios de la Residencia. Decidimos volver al punto de origen y de confusión. Es decir, al lugar del plano. Al alzar la vista más allá de este, encontramos el camino. En contra de Bertolt Brecht y el maldito plano, el camino más corto entre dos puntos es a veces una línea recta… Y corta, muy corta.

Me sorprende la sala. Tiene un aspecto mucho más antiguo del que data (1826). Por un momento, me parece presenciar una de esas iglesias medievales que solo se pueden encontrar en países como Francia, España o Italia. En Alemania, las bombas de la II Guerra Mundial casi no dejaron monumento intacto. En Múnich, el ardor por reconstruirla tal y como era antes de la guerra dio a la ciudad un aspecto de pastiche, a ratos insufrible. Este también es el caso de la Allerheiligen-Hofkirche. Solo que esta vez, el pastiche pasa fácilmente por el original.

Allerheiliger-Hofkirche

En la tribuna se sientan los periodistas Marc Beise y Silvia Liebrich, de las páginas de Economía del SZ. Es el gran momento de la noche. Al fin dos firmas de un mismo periódico enfrentadas por una misma pasión: el tratado de libre comercio con Estados Unidos (TTIP). El TTIP ha sido objeto de acalorados debates en la prensa alemana, donde a veces el pensamiento catastrofista y apocalíptico se ha impuesto sobre la razón, que es el método que debiera dirigir a un periódico. Y a la izquierda. Y subrayo a la izquierda, pues ha sido la prensa socialdemócrata (entre ellas el SZ) la que más ha contribuido a las jeremiadas del susodicho tratado; del que, por cierto, poco sabemos. Voces prudentes y sensatas como las del periodista Beise son minoritarias, y ante este tribunal eclesiástico – los organizadores no pudieron elegir mejor lugar -, ni siquiera la opinión más obvia (sí, señores, EE UU y los países de la UE tienen en común que son estados democráticos de derecho) levantó más de un par de aplausos.

La periodista Liebrich, por su parte, acaparó el entusiasmo del público. Aun haciendo mías algunas de sus reservas – no hace falta ser un socialdemócrata para reconocer el papel espurio de los lobbies empresariales que hacen presión en Bruselas y Washington bajo el lema de “qué hay de lo mío” -, debo reconocer que me sumió en una gran intranquilidad el ver un público entregado a las teorías conspiranoicas de las grandes multinacionales. Beise, pese a no compartir del todo su entusiasmo liberal, me causó una gran simpatía por sus opiniones cargadas de prudencia ilustrada. Por cierto, que a este tipo de debates no faltó ese espécimen tóxico de público que no pierde la mínima ocasión para flagelar al resto de presentes con sus soflamas. En frenar a estos plastas estuvo muy acertado el moderador – un periodista del SZ cuyo nombre ahora no recuerdo -, quien no dudó en interrumpir la perorata de un miembro de ATTAC de la forma más elegante en esta clase de encuentros: “Señor, todavía estamos esperando su pregunta”.

Salimos del debate con la mente agitada y con ganas de proseguirlo en la calle. El tiempo y el cansancio tras una tarde repleta de conferencias enfriaron rápidamente nuestro empeño. Atravesamos, sumidos en nuestros pensamientos, los patios de paredes góticas y luz tenue de la Residencia hasta llegar a Odeonsplatz. Pese a estar a mediados de septiembre, la lluvia y el frío húmedo invitan al recogimiento. Este ha sido un verano extraño. Vano sería pedirle dos días más al sur, cuando estos apenas los hubo. Me temo que ya no cabe esperar mucho, salvo ese postrer dulzor al vino espeso.

Dietario de Múnich (XVIII)

Imaginen el siguiente escenario: “En la Sparkassenstrasse los gondoleros navegan despacio hasta Marienplatz, en lugar de miles de coches rugiendo a lo largo de la circunvalación del casco antiguo dirección norte”. Es un bello extracto de una noticia que el Süddeutsche Zeitung publicó en agosto cuando todavía me encontraba sumido en este largo letargo veraniego y que ahora recupero entre un montón de papeles olvidados. Ha sido una bonita forma de despertar. Este cuento fantástico proseguía así: son 57 los arroyos y canales que en el siglo XIX recorrían como una telaraña el centro de la ciudad. Múnich era como una pequeña Venecia. Esta foto de Hans Grässel del Archivo Municipal muestra el Pfisterbach (Bach significa arroyo en alemán) que recorría la Sparkassenstrasse:

München_-_Pfisterstr._(heute_Sparkassenstr.)_1907

Los arroyos tienen un gran significado en el desarrollo económico de la ciudad. En la Edad Media, a los dos lados del río Isar se levantaron las primeras factorías. Así lo recuerdan el nombre de algunas de las calles cercanas al río: Dreimühlenviertel (barrio de los tres molinos), Müllerstrasse (calle del molinero) o la Holzstrasse (calle de la madera).  En el Archivo Municipal se conserva un hermoso plano de 1613 de Tobias Volckmar:

Volckmer_Munich_1613_streams

Este sistema veneciano se lo llevó la industrialización como un torbellino. Sin dejar apenas rastro. A medida que entraba el siglo XX, con el aumento de la densidad de tráfico y la edificación de las primeras centrales hidroeléctricas junto al Isar, muchos de los arroyos municipales desaparecieron bajo tierra o, simplemente, se cegaron por completo. La construcción de las primeras líneas de metro en los años sesenta significó el golpe de gracia definitivo a los pocos arroyos que quedaban. Las autoridades también adujeron razones de seguridad para justificar el cegado. No fueron pocos los borrachos que a la salida de un bar murieron ahogados al caer en uno de esos oscuros hoyos de agua. No quiero imaginarme cómo habría sido por estos tiempos de una Oktoberfest cada vez más vulgarmente internacionalizada.  Un grupo de británicos imaginativos habría inaugurado – si se me permite el mal chiste-, después del balconing, una nueva forma de morir: el arroying. En fin…

Recientemente, dos plataformas ciudadanas – Green City y Münchner Forum –  han propuesto que se rehabilite el arroyo que nace en la Herzog-Wilhelm-Strasse, en el oeste, hasta formar un arco que bordee el Jardín Inglés y empalme con el arroyo de Schwabing. El proyecto quedaría de la siguiente manera:

muenchens-stadtbaeche

Desde hace más de diez años se plantea sacar a la luz algunos de los arroyos que todavía recorren las entrañas subterráneas de la ciudad. Supongo que técnicamente todo es posible en este revival postindustrial del paraíso preindustrial. Otras ciudades antaño fuertemente industrializadas como las de la cuenca del Ruhr han mostrado formas no menos imaginativas para reinventarse. Múnich parte de la siguiente ventaja: solo tendrá que esforzarse por recuperar los arroyos y canales perdidos. El resto, caminito que el tiempo aún no ha borrado.