Dietario de Múnich (XVII)

Múnich posee una cantidad tremenda de parques. El más famoso, el Jardín Inglés, con sus 3,75 km², supone uno de los parques más grandes del mundo. También uno de los lugares más aborrecibles, pese a su llamada irresistible cuando al sol le da por salir. En sus días primaverales y veraniegos, el parque es un festival de la vida. O, más bien, un resumen de la vida muniquesa en su amplitud: gente guareciéndose del trajín urbano. Es por eso que cuando el calor aprieta y no hay lugar verde donde descansar, suelo refugiarme en el vecino Parque de Leopoldo, que no tiene ninguna relación ni parecido con el gran parque de la ciudad.

En 1909 se construyó este parque que lleva el nombre del príncipe regente Leopoldo de Baviera (1821 – 1912). Se trata de una superficie modesta de 33 hectáreas, sin ninguna atracción o chuminada como las que abundan en el Parque Olímpico, por poner un ejemplo de mal gusto. No tiene ni río ni lago que lo alegren o refresquen; ni turista que lo fotografíe. La única atracción es una colina de 37 metros desde la que se puede ver el centro de la ciudad. Allí mismo se puede observar una cruz de bronce con la leyenda: “Ore y recuerde a todos aquellos fallecidos bajo las montañas de escombros”.

La colina de este parque es lo que en Múnich se conoce como Trümmerberg o montaña de escombros. Fue mi amigo Helge, el editor de inglés de Langenscheidt, quien me llamó la atención sobre este fenómeno la primera vez que subimos la colina corriendo. Al acabar la guerra, la mitad de la ciudad quedó arrasada por los bombardeos aliados. A diferencia de Berlín o Fráncfort, las autoridades locales decidieron reconstruirla tomando como modelo los tiempos prebélicos. Pero antes había que recoger los millones de metros cúbicos de escombros que invadían la ciudad y luego reutilizarlos para la reconstrucción. Los héroes – o heroínas – de tal ominosa tarea fueron las mujeres. Por entonces la población muniquesa se había contraído en más de 40 000 personas. Muchos hombres habían muerto o se encontraban en prisión, por lo que las autoridades obligaron a todas las mujeres de entre 15 y 65 años a recoger todos los ladrillos, bigas o tablones que fueran útiles para la reedificación.

Las autoridades cayeron pronto en la cuenta de que la cantidad de escombros era lo suficiente grande como para poder ser toda reutilizada. La solución fue construir montañas de escombros que con el tiempo se integraron en el paisaje urbano de forma que nadie las pudiera reconocer. La más antigua y visitada es la montaña olímpica, que se encuentra al otro lado del Parque de Leopoldo, en el parque homónimo. He subido varias veces esa montaña. De hecho, allí tuve mi primera cita muniquesa, lo que, mirándolo retrospectivamente, resultó un mal augurio de cómo empezó a cimentarse nuestra relación: sobre escombros.

La colina de Luitpold se yergue sobre un millón de metros cúbicos de desechos sin que levante sospechas. Múnich es una ciudad de la que no se para de aprender. Pues lo elegante y correcto es hacerlo como aquí: incorporando los desperdicios al paisaje, sin que ningún nuevo visitante conozca su historia.

 

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