Dietario de Múnich (XVI)

En estos tiempos postmodernos le ocurren a uno cosas sorprendentes. Anoche, sin ir más lejos, fui a ver una comedia alemana en el City Kino de la Sonnenstrasse. Wir sind die Neuen (“Nosotros somos los nuevos”), del director Ralf Westhoffs, se presentó en el reciente Festival de Cine de Múnich. Era una de las pocas películas que no me quise perder. Por lo que ahora no dejé pasar la ocasión. Además, si uno quiere abismarse en los secretos del humor alemán, siempre es recomendable acudir a este tipo de comedias. Por cierto, el cine alemán, pese a lo acostumbrado, no sólo son películas sobre nazis y la Antigua Alemania Oriental. Los alemanes también consiguen bordar buenas comedias, aunque sean de suave impronta, que a veces son las que más duran.

Wir sind die Neuen la describen como una comedia intergeneracional. Bien mirado, no obstante, se trata de un drama de los tiempos que corren. Por un lado, la alegre generación sesentachochista, de los que buscaban arena debajo de los adoquines y se encontraron, en este caso, con sus vidas echadas a perder por sus excesos, ya fueran idealistas o de la carne. Por el otro lado, la nueva generación, niños mimados e hipersensibles, caprichosos, con baja tolerancia a la mínima frustración, frágiles como un copo de nieve – de hecho, uno de ellos sufre una lumbalgia -, esclavos de la presión por el éxito, obsesionados por la optimización personal y recelosos de su espacio privado. “Ich will meine Ruhe”, quiero mi tranquilidad, es una frase que no se deja de oír.

Las dos generaciones se encuentran en el mismo edificio. Los “nuevos” son los viejos, tres amigos de la universidad, solitarios pero solidarios, que quieren revivir sus tiempos estudiantiles treinta y cinco años después y van a parar a un piso de las afueras de la ciudad. De fondo los problemas de una ciudad que no se menciona, Múnich, con los precios del alquiler al alza, aniquiladora de los sueños de estos viejos. La trama entera es un encontronazo donde los diálogos son cuchilladas entre generaciones; aunque los extremos se van acercando engañosamente hasta formar una simbiosis. Un final feliz, con un mensaje aparentemente feliz: todos podemos aprender el uno del otro y podemos salir ganando. Sin embargo, para qué negarlo, los auténticos, los buenos, fueron los del 68, que sabían lo que era la vida buena, sin internet ni conexiones virtuales. Son los que despiertan simpatía en el espectador. En contraste con esos jóvenes pijos infelices, castrados y castradores. Al final resulta que son estos jóvenes los que acaban aprendiendo – y cediendo – frente a la generación sesentayochista. Aunque haya sido a cambio de todo lo que cedieron los últimos. Que no fue poco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: