Dietario de Múnich (XV)

Días de calor africano en Múnich. Al mediodía recorro con la bici el barrio vecino de Maxvorstadt. Siempre confundo Maxvorstadt con Schwabing. El primero es como una isla dentro del segundo. Las fronteras están claramente delimitadas. Sin embargo, suelo meterlas en el mismo saco. Así como a mi amigo Helge, a quien equivocadamente le hice vecino de mi barrio cuando en verdad él vive en Maxvorstadt. Justo en la calle fronteriza. No entiendo mucho de fronteras. Qué le vamos a hacer.

Mientras pedaleo por las calles casi desérticas por la canícula, me vienen flahses de ese verano inolvidable en Nueva York. Maxvorstadt podría perfectamente situarse en Nueva York y nadie lo acusaría. Ni siquiera los muniqueses, que se tienen su singularidad igualmente creída. Y lo más terrible, sin duda, es que es cierto.

En la Nordenstrasse hago una parada en la Librería Española, una librería cuyo nombre solo rinde tributo a su origen y al origen de su fundador. Casi la mitad de la tienda está llena de libros en italiano. En la otra mitad, los estantes están separados por libros en español, francés y algo de portugués, catalán y gallego. Cuando entro no hay nadie, salvo la asistenta, una italiana simpática absorta en unos quehaceres insondables. Me pregunta si puede ayudarme. No gracias, simplemente quiero echar un vistazo a los libros de español para estudiantes. Mientras dudo sobre el regalo más apropiado para Katharina, tropiezo con un libro de reciente publicación: Al otro lado del muro. La RDA en sus escritores editado por Ibon Zubiaur en una edición cuiadada de Errata Naturae.

La obra recoge una selección de textos de escritores de la antigua Alemania Oriental para mí completamente desconocidos. Me avergüenza reconocer mi ignorancia cuando leo los nombres de Stephan Hermlin, Erich Loest, Brigitte Reimann o Hermann Kant. Todavía hay más que no citaré para no exponer del todo mis lagunas literarias. Ojeo la introducción, que de alguna forma justifica mi ignorancia. Parcialmente, claro, pues se trata en su mayoría de escritos todavía no traducidos al español, pero que en alemán estaban al alcance desde hacía tiempo. Este pequeño volumen tiene también el atractivo de excluir a Christa Wolf. No sólo porque su obra esté ampliamente traducida al español. También por ser una autora sobrevalorada, criterio que comparto con el editor.

Salgo de la librería con este volumen y un audiolibro con cuentos de Javier Marías para Katharina. Hace un calor atroz a estas horas del mediodía. No obstante, mis orígenes mediterráneos son aquí una ventaja, así que disfruto recorriendo las calles deshabitadas con la bici, haciendo estiramientos de brazos como si, idiota de mí, quisiera atrapar este momento caluroso que tanto añoraba. Me pierdo, deliberadamente, hasta llegar a la siguiente estación en la Blutenburgstrasse, que por un momento me retrotrae a la diáfana Upper East Side.

En la tienda Donosti saludo a Esteban. Donosti es una tienda de delicatessen española. La única que merece tal título en esta ciudad. Esteban, de origen navarro, la abrió hace cosa de doce años y le puso el nombre vasco de la ciudad más bella del mundo. Desde entonces, Esteban lucha como un Quijote infatigable, de día en la tienda y de noche en internet, con su no menos infatigable pareja, la siempre alegre Brigitte. Esteban es un navarro orgulloso de su vasquidad. Cuando no se pierde en sus ensoñaciones irredentistas, Esteban demuestra su lado más tradicionalmente vasco, es decir, su lado más español, más gourmet. Se conoce todos los vinos de España, Francia e Italia. Uno entra a esta tienda en busca de un buen vino y sale con una conferencia. Me abruma el conocimiento de Esteban, que al final me convence con llevarme un vino navarro sin sulfitos. No pongo pegas, después de la lección que me ha dado sobre los sulfitos y el vino, de la que ya solo retengo el sabor inolvidable del segundo.

Tengo poco tiempo, pero no puedo evitar animar a Esteban a seguir hablando sobre gastronomía. En verdad, no hace falta animarlo. Esteban se dispara solito sin necesidad que uno le pregunte. De los vinos españoles pasamos a los italianos. Esteban me explica el dominio de la gastronomía italiana en Baviera, la región más nórdica de Italia. Los italianos dominan el mercado. Son los reyes del márquetin. Los españoles, en cambio, pese a tener productos muy buenos, somos muy malos vendedores, me dice Esteban indignado. Y la culpa es nuestra, por haber exportado hasta ahora productos malos y no sabernos adaptar al gusto del consumidor alemán. Es una batalla perdida, pese al esfuerzo de los pequeños exportadores de vinos españoles. Ese problema no solo lo sufren  los vinos. Los productos españoles están muy poco valorados en el mercado alemán: “A un alemán le vendo vino italiano normalito por diez euros y me lo compra. Eso sí, le pongo un buen vino español por ese precio y no hay forma de vendérselo”.

Me quedaría toda la tarde escuchando a Esteban, incluso en sus fantasías nacionalistas. Pero se me hace tarde y he de volver a mi travesía del desierto. Hace un día tremendo. Múnich cobra con estos días un atractivo irrebatible, como si la vida ardiera toda ella  en sus entrañas. Y a uno solo le queda la opción de vivirla, sin más.

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