Dietario de Múnich (XIII)

Visita a Luis. Vive en un piso alquilado en el barrio de Nymphenburg, donde se encuentra el famoso castillo homólogo. De camino a su casa cruzo en bici el Parque Olímpico. Está atestado de gente, a pesar de que ha hecho un tiempo irregular, de lluvia, sol, lluvia y más lluvia. El atardecer, sin embargo, da un respiro. Asoma un tremendo sol, un tremendo atardecer, con tremendas mujeres que se dirigen al Festival de Tollwood. Este festival se celebra cada año en una explanada del Parque Olímpico. Me gusta ir a esta clase de sitios para ponerme hasta arriba de comida exóticamente impostada, que no importada. No tengo ningún otro interés, salvo los intereses espúreos que me puedan mover por el otro sexo. Los conciertos de música que se celebran me aburren. Los puestos de objetos varios me son indiferentes. Cuando paso por ahí recuerdo una vez más lo que dicen que dijo Sócrates cuando pasó por un mercado atiborrado de artículos de todo tipo: “Hay que ver la cantidad de cosas que no necesito”.

En esta ciudad no hay semana donde no haya un festival de algo. Con la excusa del verano y del presunto buen tiempo, uno encuentra un festival en cada esquina. Aquí quien no tiene nada que hacer se va a un festival. Luis y yo, que a menudo no tenemos nada que hacer, no nos hemos perdido casi ninguno en lo poco que llevamos de verano. Sobre todo, los que se alargan hasta las tantas de la noche. Quizá por eso no nos hayamos acercado todavía a Tollwood, cuyo festival arrancó hace casi dos semanas bajo lluvias: cuando nos desperezamos para salir de casa, los stands ya llevan cerrados un par de horas. Toolwood es un festival para ir en familia, con pareja o con amigos a “echar el rato”. Y ese es el problema que tenemos Luis y yo, o al menos yo, que no me gusta ir a ningún sitio a “echar el rato”, por mucho que no tenga nada que hacer.

Anoche no fuimos a echar el rato a Tollwood, sino a la casa de Luis. Me gusta ir a visitarlo. Vive en una zona residencial tranquila, con casitas unifamiliares, jardines ejemplarmente cuidados y coches de lujo que nunca voy a tener en mi vida. El lugar es, en definitiva, lo contrario de donde yo vivo. Le llevo a Luis el Diccionario de los sentimientos de José Antonio Marina y Marisa López Penas. Me lo pidió hace tiempo y hace tiempo que olvidaba llevárselo. Recupero Bajo el signo de la esvástica de Manuel Chaves Nogales, que Luis ha devorado en una sentada. Ahora lee Las raíces torcidas de América Latina de Carlos Alberto Montaner. Me apunto en la lista de espera para cuando lo acabe.

Dejamos pasar la tarde hablando de libros, de mujeres y de la vida. Cojo el libro de Marina y López Penas y leo en voz alta algunos párrafos que dedican al amor y al odio y toda la ramificación lexicográfica procedente, que en mano de estos dos eruditos de los sentimientos parece no acabarse nunca. Son temas universales que por pudor solo deberían tratarse en abstracto. Rompo esta máxima de pseudomiramientos y acabo por ilustrar humorísticamente cada idea, cada comentario, con episodios de mi vida sentimental; lo que a veces irrita a Luis, más solemne y romántico. A la luz de lo que cuentan Marina y López Penas, no deja de parecerme que todo tiempo pasado fue siempre ridículo. Nos hacemos más viejos y seguimos cometiendo los mismos errores y las mismas tonterías. Lo patético, sin embargo, es toda la solemnidad que todavía le damos y que le seguiremos dando. Y yo el primero, que he empezado con esta historia. Por lo que mi mirada escéptica y socarrona queda justificada y no deja de ser una impostura frente al romanticismo sensato e inquebrantable de mi amigo.

Luis se pregunta razonablemente si no convendría ir acabando con este tierno memorial de triunfos y fracasos; si no resulta algo contraproducente en un sábado por la noche en el que se había planeado echar el rato y salir a embrutecerse. Y en esto mi amigo tiene razón y actuamos en consecuencia.

 

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