Dietario de Múnich (XII)

El Tegernsee o lago de Tegern fue nuestro punto de partida. El punto de encuentro, sin embargo, fue Harras. Harras es un barrio residencial del sur de Múnich. Su conexión de ferrocarriles, metro y autobús entre la ciudad y el sur de la región convierten este barrio en un cómodo lugar de reunión para iniciar una excursión. También es el barrio donde vive Sophie, por lo que la explicación anterior no es más que simple añadidura.

Por Harras pasa el BOB o Bayerische Oberlandbahn, es decir, el ferrocarril de la Alta Baviera. Se trata de una empresa de ferrocarriles privada que une Múnich con los Alpes bávaros. Es una más de las tantas facilidades que ofrece esta ciudad señorial y al tiempo servicial para aquellos que no disponemos de la autonomía o esclavitud – según como se mire – de un coche. Eso sí, la comodidad es a veces cuestionable: para llegar a Tegernsee solo disponíamos de un vagón lleno de pasajeros con el que íbamos a compartir involuntariamente un día de montaña. Por lo que Sophie y yo tuvimos que sentarnos en las escaleras del pasillo y practicar un poco de ejercicio de piernas y glúteos cada vez que un pasajero quería apearse o moverse de sitio.

En Gmund, una estación anterior a nuestro destino, tuvimos que bajarnos para coger un autobús. La vía estaba en obras. O eso creíamos. Al subir al autobús descubrimos que el tren no podía seguir hasta el destino final porque se estaba celebrando un triatlón. Razón que no nos dejó de sorprender. El triatlón tenía lugar en la carretera, no en la vía del tren. Así que hicimos el último trayecto en una posición de espectadores privilegiados. Los ciclistas se iban cruzando con nosotros y los más rápidos incluso nos adelantaban, lo que no dejó de parecerme una proeza todavía más incomprensible.

Llegamos relativamente pronto a nuestro destino, aunque el breve trayecto en autobús se nos hizo más largo que el del tren. Eran casi las diez y media de la mañana y el sol ya empezaba a caer despiadado. El autobús no tenía aire acondicionado. Me sentía como en una pecera. Aunque la compañía no dejó de entretenerme. En situaciones así, el calor suele aletargar a las personas y sumirlas en un sueño resignado. Observo, sin embargo, que a los alemanes, seres por naturaleza parcos en palabras, el calor les estimula la conversación. A poder ser la más tonta, lo que no deja de sorprender en un alemán, de por sí austero hasta en la imbecilidad.

Sophie quiere evitar a la muchedumbre, por lo que nos aventuramos por otro camino. Propone llegar hasta el lago de Schlier siguiendo una ruta heterodoxa. Asiento sin protestar. Para asuntos de montaña me dejo convencer fácilmente. Soy un explorador de ciudades. Una vez que me sacan de mi hábitat urbano me convierto en el ser más torpe del mundo. Sophie, por el contrario, es capaz de ir dando vueltas por la misma calle en una ciudad y creer que ha avanzado hasta el siguiente barrio. Y no es una exageración. Ya nos pasó una vez, cuando la llevé a dar una vuelta por Schwabing. Al finalizar nuestro paseo, creyó que habíamos llegado a Münchner Freiheit, al otro lado de nuestro punto de partida. Tardó en comprender que solo nos habíamos movido en círculo.

*

Si al hacerme mayor pudiera elegir un lugar donde retirarme, elegiría con toda probabilidad Tegernsee. El poblado, aunque muy turístico, recuerda en sus horas más solitarias esos pueblos de pescadores que uno ya solo encuentra en las novelas. El lago es inmenso y acaso el más limpio de la región. Sus aguas son navegables, por lo que no dudaría en hacerme con una barca. Cuando el sol brilla con fuerza, sus aguas toman un color azul turquesa. Mientras iniciamos el ascenso por un camino despejado de gente, me quedo embobado observando la combinación perfecta, casi paradisíaca, entre lago y montaña. Ante una imagen así, uno acaba por entender los excesos líricos de los poetas del terruño. “Wen Gott liebt, den lässt er fallen in dieses Land”, escribía el poeta local Ludwig Ganghofer. “A quien Dios ama, éste le permite caer en este país” o algo así.

Creo que tardamos dos horas en coronar la capilla de Riederstein. El último tramo discurre por unas escaleras con imágenes a los lados que representan la pasión de Cristo. ¿Una advertencia o una broma mala del calvario que nos espera? No es para tanto. La subida es laxa y al poco podemos contemplar el tremendo paisaje. La capilla ofrece una visión arrebatadora del lago Tegern y los Alpes. Sophie se entretiene en descifrar los picos. Yo, en mi ignorancia, me entrego, contra mi costumbre, a fotografiar lo que veo.

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No hemos llegado todavía al pico más alto de nuestro tour. Nos queda aproximadamente una hora de subida, de hacer caso a las señales que uno encuentra a cada paso. Es curioso lo bien indicado que están todos los caminos. Ni siquiera en nuestro intento por desviarnos del mainstream logramos esquivar las señales. Tal vez sea un signo de nuestro tiempo: ya no quedan heterodoxias por descubrir, por mucho que los más jóvenes nos empeñemos e incluso nos vanagloriemos. Lo que no deja de ser ridículo. Todas han sido recorridas e indicadas por alguien anteriormente.

Tardamos menos de una hora en llegar a Baumgartenschneid, a una altura de 1449 metros. Allí hacemos una descanso, comemos algo y nos detenemos a mirar el paisaje y a escuchar otras conversaciones. Es la una del mediodía. En el cielo hay pocas nubes y el sol puede castigar fácilmente las pieles más sensibles. Sophie, blanca como un lirio, se cubre la cabeza y parece inquieta. No quiere permancer mucho tiempo al sol. Y menos a esas horas impías. Aun así Sophie insiste en buscar caminos alternativos hasta que nos damos de bruces con un pequeño abismo. Hay que dar media vuelta.

El descenso gana otro encanto paisajístico. Esta vez descendemos poco a poco de las grandes vistas abiertas a la frondosidad del bosque. Es un camino a veces pedregoso, que alterna espacios boscosos con espacios abiertos. Nos satisface llegar a un tramo donde no nos cruzamos con nadie. Cada lugar nos sorprende con un tema de conversación. Aquí la responsable es Sophie, que es capaz de extraer un tema a la vista de cualquier detalle, por insignificanete que sea. Admiro ese talento por crear conversación de lo más nimio, sin necesidad de buscarlo ni forzarlo.

No es hasta las cinco de la tarde, es decir, casi siete horas después de haber empezado nuestra excursión, cuando por fin alcanzamos el lago de Schlier. Nuestros cuerpos están sudorosos y cansados y piden una chapuzón. Nos impacientamos buscando un lugar donde dejar las cosas y lanzarnos al agua. A cada paso nos encontramos el cartelito de “Baden verboten” (prohibido el baño), como una maldición, hasta que creemos encontrar un espacio donde cumplir legalmente con nuestros deseos. Comemos en la orilla y nos entregamos perezosos a las delicias de una tarde veraniega, sin otro pensamiento en la cabeza que el que esta tarde, y este día, no se acaben. Sophie, inquieta e insaciable, planea otras excursiones, mientras yo me rindo a la pereza del arte contemplativo. La luz del atardecer se impone poco a poco. Es una luz más apagada que la del Mediterráneo, que acentúa sin deslumbrar los contrastes entre el agua, el cielo y el verde de las montañas. Parece una luz fantasmal, que me hace sospechar si todo esto es cierto o se trata más bien de un sueño.

O si tanta montaña no provoca este tipo de desórdenes bucólicos en la cabeza y lo mejor sería volver a la ciudad, de donde uno no debiera salir.

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