Dietario de Múnich (XI)

Esta semana tiene lugar el Festival de Cine de Múnich. Es mi tercera edición. Y la primera a cuya cita quería faltar. No sin premeditación. No soy cinéfilo y me da pereza asomarme al inmenso programa de películas. Hay algunas que por tal director o cual actor uno sabe que va a lo seguro. Pero aun así siempre queda un punto de escepticismo. Luego está la pose. Su impostura. Uno parece que tenga que ir a estos eventos para justificarse. Para luego no tener que justificar que uno faltó a la cita. Que se la perdió. Ese temor adolescente a perderse algo.

Este año me hice pronto con el programa. Lo leí entero. Taché con boli las películas que quería ver. Estamos llegando al final del Festival y ahora, cuando vuelvo a mirar el programa, tengo la impresión de que señalé, como un mal agorero, todas aquellas películas que me iba a perder. El pasado miércoles me vi arrastrado, sin embargo, a ver uno de los highlights de esta edición. A veces uno acude a estos eventos por amistad o por amor. Para acompañar a alguien, un amigo, una amante, la pareja. Yo fui para que me acompañaran. El City Kino del número 12 de la Sonnestrasse, entre Sendlinger Tor y Stachus, proyectaba la celebrada película de David Trueba, Vivir es fácil con los ojos cerrados. La elegí adrede. No porque sea un entusiasta de Trueba o porque la película ganara el Goya. Desde el No a la guerra, este premio ha quedado tan envuelto de buenismo que ya no me lo tomo en serio.

La película me gustó. Para ser justos, nos gustó. La intervención posterior de Trueba fue un poco amanerada. Cosas, supongo, de este tipo de circunstancias. Al salir del cine parece haberse dado un cambio radical en la ciudad. Uno entra dos horas al cine, deja a sus espaldas una ciudad fría y un cielo nublado, y cuando sale el cielo se ha despejado y la temperatura se vuelve agradable. Supongo que son los misterios del clima continental, aunque aquí algunos estén convencidos de que esto es lo más mediterráneo que se puede encontrar en Alemania. Y es cierto.

Caminamos por la Sonnenstrasse dirección Sendlinger Tor. La película se presta fácilmente al comentario. También al comentario fácil. Hago alguna que otra aclaración sobre el contexto histórico en el que se desarrolla la película. La España de los sesenta. Una España casposa, gris y con miedo. Esto último no lo digo yo, lo dice el protagonista. En toda la conversación me ahorro establecer alguna lectura contemporánea. No sé qué intenciones tenía el director, pero no soy capaz de ver paralelismos con la situación actual en España.  Trueba menciona en el coloquio posterior la necesidad que tiene el país de esos pequeños héroes cotidianos y sus rebeldías a pequeña escala. En un momento de la película, el protagonista dice que en este país hay mucha gente que vive con miedo. Y el miedo, ya se sabe, es enemigo de la libertad. Dejo caer esta frase manufacturada y nos adentramos en el barrio de Glockenbach.

El Glockenbachviertel es el Chueca de Múnich. Pero en una versión edulcorada, a la muniquesa: ordenado, limpio, discreto. Es uno de los mejores lugares para salir por la noche. Tiene un buen ambiente, alejado del histrionismo propio de esta clase de sitios. Lo intentamos en Schnelle Liebe (“Amor rápido”), pero no hay ninguna mesa libre. Vamos descartando otros bares y cafés. Pese a que empieza a refrescar, las terrazas y las calles están llenas. Ella estuvo enferma los pasados días, por lo que evitamos las terrazas y buscamos un lugar cálido.

Una vez en en el Café Freiraum suenan tangos de fondo. No es una metáfora. Su propietario es argentino. Y los platos, de su mujer Norma. La comida no es ni argentina ni española, aunque lleven la denominación de origen de ambos países. Los platos superan toda nacionalidad. Tienen nombre propio. No tenemos mucha hambre, por lo que pedimos empanadas, queso provoleta y chorizo. Lo acompaño con un buen vino Altos del Plata. En un momento dado, me parece que suena Chau… no va más.

Supe de este tango por una crónica de mi maestro Arcadi Espada. Fue la crónica con la que se despidió de El País. La guardo como uno de las crónicas más bellas que he leído. La habré releído decenas de veces. Nunca me canso. Y luego, para qué contar, corro a escuchar la canción. Qué arranque: “¡Chau, no va más!… / Es la ley de la vida devenir / ¡Chau, no va más!… / Ya gastamos las balas y el fusil.” Evito cualquier flaqueza sentimental. Lo detesto. Ni siquiera menciono a nadie que suena Chau… no va más. Evito cualquier referencia. Intento inútilmente apartar la atención y volver a nuestros temas. En vano.

Escribe Arcadi Espada, citando a Luis Adolfo Sierra, que “el tango es elegíaco, ‘un canto al bien perdido´”. Claro. Se canta lo que se pierde, escribió Machado. Lo aterrador, sin embargo, es lo que viene después, mucho después de “ese dejarte partir sin llorar”. El levantarse, tomar café, cepillarse los dientes. Ir al trabajo. Escribir unas líneas. Y todo eso de que la vida ha de volver a la normalidad. Desde luego, un gran mérito subversivo.

A veces una canción se presenta inesperadamente como anticipo. La vida está llena de esas casualidades que siempre llegan cuando uno no las llama. Hay conversaciones que llevan implícita una despedida, sin que nadie tenga que tomarse la molestia. El humor sin chispa, las ganas sin apetencia, los temas anodinos, los silencios. No hace falta añadir nada más.

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