Dietario de Múnich (X)

Reencuentro con Felix en la Universidad. La última vez que nos vimos, si no recuerdo mal, fue en febrero, en un pub irlandés en Sendlinger Tor. Felix fue una de las primeras personas que conocí cuando llegué a Múnich. Todavía recuerdo el día. Era septiembre y llovía. Yo esperaba en la puerta de la Theatinerkirche en Odeonsplatz. Un tipo de casi dos metros, rubio, con botas y chaqueta de montaña y pantalones vaqueros sacados de los noventa se me plantó delante: “¡Hola! Me llamo Felix”. Así iniciamos nuestro tandem hispanoalemán. Felix escribía – y todavía anda en ello – su tesis doctoral sobre los primeros años de la conquista española en América. Yo andaba medio desempleado, corrigiendo los resultados de mi primer proyecto para Langenscheidt. Éramos dos tipos ociosos, sin nada serio que hacer, por lo que nos fuimos encontrando a menudo en los mismos lugares, cerca de la Universidad y Odeonsplatz. Desde entonces nos hemos ido viendo irregularmente, con grandes intervalos entre un encuentro y otro. Tan pronto yo encontré una ocupación más seria, perdimos aquello que nos unía: la ociosidad. Nuestra amistad se deterioró.

Felix es un alemán poco común. En su persona anidan las mayores contradicciones que he conocido en una persona. Es un radical anarcocapitalista que aprecia el ejército, una de los pilares más autoritarios de un Estado. No solo despotrica contra los parásitos – funcionarios y otras especies que se cobijan bajo el paraguas del Estado -, también es reservista y suele pasar un mes al año en un cuartel de la Bundeswehr. Ahí entrena con disciplina y obedece a la autoridad. Los gastos corren a cuenta del Estado.

Felix se reconoce nacionalista y xenófobo, pero entre sus amistades se encuentran españoles, italianos, franceses, árabes, turcos, latinoamericanos y asiáticos. De todos los colores, religiones y acentos. El Estado debería cortar el grifo de la inmigración, no dar ayudas sociales a extranjeros – de hecho, nadie debería recibir ayuda pública ni debería existir ese concepto – pero sin los inmigrantes Felix sería un alma solitaria sin ocupación alguna. También es un misógino que lee compulsivamente a Nietszche y Schopenhauer. Hoy aparecía con un libro de ensayos de este último. Lo primero que me muestra es un ensayo titulado “Über die Weiber”. Weiber es una palabra en desuso que antaño se usaba para designar a las mujeres. Tiene una carga peyorativa y actualmente se utiliza para señalar a hombres con la misma carga emotiva con que los españoles utilizamos la palabra marica. “Du, Weiber”, “Tú, marica” sale a menudo de la boca de Felix cuando alguien flaquea por una mujer. Flaquear es para Felix cojear. Y ya se sabe cuando un palomo cojea.

Felix es una persona de juicios sumarísimos: la prensa alemana es propaganda, con el Süddeutsche Zeitung y  Die Zeit a la cabezaIncluso el FAZ (Frankfurter Allgemeine Zeitung) no es lo suficientemente conservador. Der Spiegel se salva a veces de la pira por sacar mierda relevante de las cloacas del Estado. El SPD y la CDU-CSU son partidos socialdemócratas que defienden las mismas políticas (razón no le falta). Su gran esperanza en las últimas elecciones ha sido el nuevo partido Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas alemanas). Felix sostiene que todos los países europeos deberían volver a sus monedas nacionales. Ese sería el mejor bien que se le puede hacer a países como Grecia, Portugal y España. En general, a todos los países del euro. Reconoce que esto abocaría a Europa al abismo, pero solo por un par de años. Luego todos saldrían recuperados. De lo contrario, de mantener el euro con las políticas de dinero generoso – el de los alemanes, claro – del Banco Central Europeo, el suplicio se alargará eternamente.

Me divierten sus opiniones. Y la delicadeza con que las suelta. Es como un elefante que entra en una chatarrería. Lo que dice es sin duda disparatado, aunque razón no le falte a veces. Critica  a la izquierda con un arrojo ad hominem. Sin distinciones. Felix añora los tiempos en que un izquierdista defendía la lucha de clases y la clase obrera. La tardosocialdemocracia y sus derivados feministas, minorías étnicas y demás desparpajos mentales son una señal de que de la izquierda no puede venir nada bueno. Y ni qué decir de la superioridad moral con la que camina. La izquierda, claro.

Cuando en la izquierda estaban los buenos, todo lo que podía venir de la derecha era malo.  Ese monopolio de verdades morales, de buenos y malos, acabó por desacreditar a la izquierda, hasta el punto de que algunos de sus principales críticos – muchos habían formado parte de sus filas – llegaran a arramblar contra aquellos logros menos discutibles. Me temo que muchos han conservado el mismo modo de razonamiento que antes aplicaban para juzgar a la derecha. A saber, la enmienda a la totalidad por ser lo que es. Porque de allí, como bien se sabe, no puede salir nada bueno.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: