Archivos Mensuales: julio 2014

Dietario de Múnich (XVII)

Múnich posee una cantidad tremenda de parques. El más famoso, el Jardín Inglés, con sus 3,75 km², supone uno de los parques más grandes del mundo. También uno de los lugares más aborrecibles, pese a su llamada irresistible cuando al sol le da por salir. En sus días primaverales y veraniegos, el parque es un festival de la vida. O, más bien, un resumen de la vida muniquesa en su amplitud: gente guareciéndose del trajín urbano. Es por eso que cuando el calor aprieta y no hay lugar verde donde descansar, suelo refugiarme en el vecino Parque de Leopoldo, que no tiene ninguna relación ni parecido con el gran parque de la ciudad.

En 1909 se construyó este parque que lleva el nombre del príncipe regente Leopoldo de Baviera (1821 – 1912). Se trata de una superficie modesta de 33 hectáreas, sin ninguna atracción o chuminada como las que abundan en el Parque Olímpico, por poner un ejemplo de mal gusto. No tiene ni río ni lago que lo alegren o refresquen; ni turista que lo fotografíe. La única atracción es una colina de 37 metros desde la que se puede ver el centro de la ciudad. Allí mismo se puede observar una cruz de bronce con la leyenda: “Ore y recuerde a todos aquellos fallecidos bajo las montañas de escombros”.

La colina de este parque es lo que en Múnich se conoce como Trümmerberg o montaña de escombros. Fue mi amigo Helge, el editor de inglés de Langenscheidt, quien me llamó la atención sobre este fenómeno la primera vez que subimos la colina corriendo. Al acabar la guerra, la mitad de la ciudad quedó arrasada por los bombardeos aliados. A diferencia de Berlín o Fráncfort, las autoridades locales decidieron reconstruirla tomando como modelo los tiempos prebélicos. Pero antes había que recoger los millones de metros cúbicos de escombros que invadían la ciudad y luego reutilizarlos para la reconstrucción. Los héroes – o heroínas – de tal ominosa tarea fueron las mujeres. Por entonces la población muniquesa se había contraído en más de 40 000 personas. Muchos hombres habían muerto o se encontraban en prisión, por lo que las autoridades obligaron a todas las mujeres de entre 15 y 65 años a recoger todos los ladrillos, bigas o tablones que fueran útiles para la reedificación.

Las autoridades cayeron pronto en la cuenta de que la cantidad de escombros era lo suficiente grande como para poder ser toda reutilizada. La solución fue construir montañas de escombros que con el tiempo se integraron en el paisaje urbano de forma que nadie las pudiera reconocer. La más antigua y visitada es la montaña olímpica, que se encuentra al otro lado del Parque de Leopoldo, en el parque homónimo. He subido varias veces esa montaña. De hecho, allí tuve mi primera cita muniquesa, lo que, mirándolo retrospectivamente, resultó un mal augurio de cómo empezó a cimentarse nuestra relación: sobre escombros.

La colina de Luitpold se yergue sobre un millón de metros cúbicos de desechos sin que levante sospechas. Múnich es una ciudad de la que no se para de aprender. Pues lo elegante y correcto es hacerlo como aquí: incorporando los desperdicios al paisaje, sin que ningún nuevo visitante conozca su historia.

 

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Dietario de Múnich (XVI)

En estos tiempos postmodernos le ocurren a uno cosas sorprendentes. Anoche, sin ir más lejos, fui a ver una comedia alemana en el City Kino de la Sonnenstrasse. Wir sind die Neuen (“Nosotros somos los nuevos”), del director Ralf Westhoffs, se presentó en el reciente Festival de Cine de Múnich. Era una de las pocas películas que no me quise perder. Por lo que ahora no dejé pasar la ocasión. Además, si uno quiere abismarse en los secretos del humor alemán, siempre es recomendable acudir a este tipo de comedias. Por cierto, el cine alemán, pese a lo acostumbrado, no sólo son películas sobre nazis y la Antigua Alemania Oriental. Los alemanes también consiguen bordar buenas comedias, aunque sean de suave impronta, que a veces son las que más duran.

Wir sind die Neuen la describen como una comedia intergeneracional. Bien mirado, no obstante, se trata de un drama de los tiempos que corren. Por un lado, la alegre generación sesentachochista, de los que buscaban arena debajo de los adoquines y se encontraron, en este caso, con sus vidas echadas a perder por sus excesos, ya fueran idealistas o de la carne. Por el otro lado, la nueva generación, niños mimados e hipersensibles, caprichosos, con baja tolerancia a la mínima frustración, frágiles como un copo de nieve – de hecho, uno de ellos sufre una lumbalgia -, esclavos de la presión por el éxito, obsesionados por la optimización personal y recelosos de su espacio privado. “Ich will meine Ruhe”, quiero mi tranquilidad, es una frase que no se deja de oír.

Las dos generaciones se encuentran en el mismo edificio. Los “nuevos” son los viejos, tres amigos de la universidad, solitarios pero solidarios, que quieren revivir sus tiempos estudiantiles treinta y cinco años después y van a parar a un piso de las afueras de la ciudad. De fondo los problemas de una ciudad que no se menciona, Múnich, con los precios del alquiler al alza, aniquiladora de los sueños de estos viejos. La trama entera es un encontronazo donde los diálogos son cuchilladas entre generaciones; aunque los extremos se van acercando engañosamente hasta formar una simbiosis. Un final feliz, con un mensaje aparentemente feliz: todos podemos aprender el uno del otro y podemos salir ganando. Sin embargo, para qué negarlo, los auténticos, los buenos, fueron los del 68, que sabían lo que era la vida buena, sin internet ni conexiones virtuales. Son los que despiertan simpatía en el espectador. En contraste con esos jóvenes pijos infelices, castrados y castradores. Al final resulta que son estos jóvenes los que acaban aprendiendo – y cediendo – frente a la generación sesentayochista. Aunque haya sido a cambio de todo lo que cedieron los últimos. Que no fue poco.

Dietario de Múnich (XV)

Días de calor africano en Múnich. Al mediodía recorro con la bici el barrio vecino de Maxvorstadt. Siempre confundo Maxvorstadt con Schwabing. El primero es como una isla dentro del segundo. Las fronteras están claramente delimitadas. Sin embargo, suelo meterlas en el mismo saco. Así como a mi amigo Helge, a quien equivocadamente le hice vecino de mi barrio cuando en verdad él vive en Maxvorstadt. Justo en la calle fronteriza. No entiendo mucho de fronteras. Qué le vamos a hacer.

Mientras pedaleo por las calles casi desérticas por la canícula, me vienen flahses de ese verano inolvidable en Nueva York. Maxvorstadt podría perfectamente situarse en Nueva York y nadie lo acusaría. Ni siquiera los muniqueses, que se tienen su singularidad igualmente creída. Y lo más terrible, sin duda, es que es cierto.

En la Nordenstrasse hago una parada en la Librería Española, una librería cuyo nombre solo rinde tributo a su origen y al origen de su fundador. Casi la mitad de la tienda está llena de libros en italiano. En la otra mitad, los estantes están separados por libros en español, francés y algo de portugués, catalán y gallego. Cuando entro no hay nadie, salvo la asistenta, una italiana simpática absorta en unos quehaceres insondables. Me pregunta si puede ayudarme. No gracias, simplemente quiero echar un vistazo a los libros de español para estudiantes. Mientras dudo sobre el regalo más apropiado para Katharina, tropiezo con un libro de reciente publicación: Al otro lado del muro. La RDA en sus escritores editado por Ibon Zubiaur en una edición cuiadada de Errata Naturae.

La obra recoge una selección de textos de escritores de la antigua Alemania Oriental para mí completamente desconocidos. Me avergüenza reconocer mi ignorancia cuando leo los nombres de Stephan Hermlin, Erich Loest, Brigitte Reimann o Hermann Kant. Todavía hay más que no citaré para no exponer del todo mis lagunas literarias. Ojeo la introducción, que de alguna forma justifica mi ignorancia. Parcialmente, claro, pues se trata en su mayoría de escritos todavía no traducidos al español, pero que en alemán estaban al alcance desde hacía tiempo. Este pequeño volumen tiene también el atractivo de excluir a Christa Wolf. No sólo porque su obra esté ampliamente traducida al español. También por ser una autora sobrevalorada, criterio que comparto con el editor.

Salgo de la librería con este volumen y un audiolibro con cuentos de Javier Marías para Katharina. Hace un calor atroz a estas horas del mediodía. No obstante, mis orígenes mediterráneos son aquí una ventaja, así que disfruto recorriendo las calles deshabitadas con la bici, haciendo estiramientos de brazos como si, idiota de mí, quisiera atrapar este momento caluroso que tanto añoraba. Me pierdo, deliberadamente, hasta llegar a la siguiente estación en la Blutenburgstrasse, que por un momento me retrotrae a la diáfana Upper East Side.

En la tienda Donosti saludo a Esteban. Donosti es una tienda de delicatessen española. La única que merece tal título en esta ciudad. Esteban, de origen navarro, la abrió hace cosa de doce años y le puso el nombre vasco de la ciudad más bella del mundo. Desde entonces, Esteban lucha como un Quijote infatigable, de día en la tienda y de noche en internet, con su no menos infatigable pareja, la siempre alegre Brigitte. Esteban es un navarro orgulloso de su vasquidad. Cuando no se pierde en sus ensoñaciones irredentistas, Esteban demuestra su lado más tradicionalmente vasco, es decir, su lado más español, más gourmet. Se conoce todos los vinos de España, Francia e Italia. Uno entra a esta tienda en busca de un buen vino y sale con una conferencia. Me abruma el conocimiento de Esteban, que al final me convence con llevarme un vino navarro sin sulfitos. No pongo pegas, después de la lección que me ha dado sobre los sulfitos y el vino, de la que ya solo retengo el sabor inolvidable del segundo.

Tengo poco tiempo, pero no puedo evitar animar a Esteban a seguir hablando sobre gastronomía. En verdad, no hace falta animarlo. Esteban se dispara solito sin necesidad que uno le pregunte. De los vinos españoles pasamos a los italianos. Esteban me explica el dominio de la gastronomía italiana en Baviera, la región más nórdica de Italia. Los italianos dominan el mercado. Son los reyes del márquetin. Los españoles, en cambio, pese a tener productos muy buenos, somos muy malos vendedores, me dice Esteban indignado. Y la culpa es nuestra, por haber exportado hasta ahora productos malos y no sabernos adaptar al gusto del consumidor alemán. Es una batalla perdida, pese al esfuerzo de los pequeños exportadores de vinos españoles. Ese problema no solo lo sufren  los vinos. Los productos españoles están muy poco valorados en el mercado alemán: “A un alemán le vendo vino italiano normalito por diez euros y me lo compra. Eso sí, le pongo un buen vino español por ese precio y no hay forma de vendérselo”.

Me quedaría toda la tarde escuchando a Esteban, incluso en sus fantasías nacionalistas. Pero se me hace tarde y he de volver a mi travesía del desierto. Hace un día tremendo. Múnich cobra con estos días un atractivo irrebatible, como si la vida ardiera toda ella  en sus entrañas. Y a uno solo le queda la opción de vivirla, sin más.

Dietario de Múnich (XIV)

Estos días toca hablar de fútbol, un tema de mi incompetencia. Viví el partido en una carpa abierta y tranquila del Festival del Tollwood. El public viewing más discretamente organizado y cercano a mi casa. No fue noche de celebraciones. Y dada las crónicas que he leído, no me perdí nada. Festival de la sosería, lo ha descrito Jordi Orts, el cronista en español más veraz de Múnich. Luis Doncel, en El País, reseñaba la misma alegría contenida en Berlín: “Mañana hay que trabajar”.

Estos días mundialistas y de celebración he visto muchas banderas ondeando. En coches, bicicletas y balcones. Los alemanes suelen ser pudorosos en cuestiones patrióticas. Ocurre como con los españoles: cualquier signo raro – es decir, una bandera – es sospechoso de extrema derecha. No obstante, me explican fuentes locales, Alemania empezó a desacomplejarse patrióticamente en el Mundial de Fútbol de 2006, que se celebró, por cierto, en Alemania, bajo temperaturas subsaharianas. Luego reprimieron de nuevo sus impulsos patrióticos. Desde entonces, los sacan a ventilar cada dos años, no para declarar una guerra, sino para animar a su selección de fútbol. Lo que, sinceramente, y mirando hacia el siglo XX, no deja de ser tranquilizador.

La victoria mundialista de Alemania me ha hecho confirmar una sospecha que desde hace tiempo me inquieta. Y es que un país tan culto y tan inteligentemente organizado como el que más, también puede sucumbir a la estupidez. Y no me refiero a ese baile celebratorio tan injusta y enfáticamente criticado. Como si después de estar oyendo cada dos años chistes, comparaciones de mal gusto y otras sandeces sobre los nazis, unos futbolistas disfuncionalmente alfabetizados no tuvieran derecho a reírse de unos gauchos. Tampoco hablo de la estupidez patriótica, que aquí la tienen bien delimitada, dentro de lindes razonables. Es una estupidez sin adjetivar, que se enseñorea por la calle con toda naturalidad. La estupidez, supongo, de la que habló Borges, y de la que yo, como buen sureño, también he participado.

Dietario de Múnich (XIII)

Visita a Luis. Vive en un piso alquilado en el barrio de Nymphenburg, donde se encuentra el famoso castillo homólogo. De camino a su casa cruzo en bici el Parque Olímpico. Está atestado de gente, a pesar de que ha hecho un tiempo irregular, de lluvia, sol, lluvia y más lluvia. El atardecer, sin embargo, da un respiro. Asoma un tremendo sol, un tremendo atardecer, con tremendas mujeres que se dirigen al Festival de Tollwood. Este festival se celebra cada año en una explanada del Parque Olímpico. Me gusta ir a esta clase de sitios para ponerme hasta arriba de comida exóticamente impostada, que no importada. No tengo ningún otro interés, salvo los intereses espúreos que me puedan mover por el otro sexo. Los conciertos de música que se celebran me aburren. Los puestos de objetos varios me son indiferentes. Cuando paso por ahí recuerdo una vez más lo que dicen que dijo Sócrates cuando pasó por un mercado atiborrado de artículos de todo tipo: “Hay que ver la cantidad de cosas que no necesito”.

En esta ciudad no hay semana donde no haya un festival de algo. Con la excusa del verano y del presunto buen tiempo, uno encuentra un festival en cada esquina. Aquí quien no tiene nada que hacer se va a un festival. Luis y yo, que a menudo no tenemos nada que hacer, no nos hemos perdido casi ninguno en lo poco que llevamos de verano. Sobre todo, los que se alargan hasta las tantas de la noche. Quizá por eso no nos hayamos acercado todavía a Tollwood, cuyo festival arrancó hace casi dos semanas bajo lluvias: cuando nos desperezamos para salir de casa, los stands ya llevan cerrados un par de horas. Toolwood es un festival para ir en familia, con pareja o con amigos a “echar el rato”. Y ese es el problema que tenemos Luis y yo, o al menos yo, que no me gusta ir a ningún sitio a “echar el rato”, por mucho que no tenga nada que hacer.

Anoche no fuimos a echar el rato a Tollwood, sino a la casa de Luis. Me gusta ir a visitarlo. Vive en una zona residencial tranquila, con casitas unifamiliares, jardines ejemplarmente cuidados y coches de lujo que nunca voy a tener en mi vida. El lugar es, en definitiva, lo contrario de donde yo vivo. Le llevo a Luis el Diccionario de los sentimientos de José Antonio Marina y Marisa López Penas. Me lo pidió hace tiempo y hace tiempo que olvidaba llevárselo. Recupero Bajo el signo de la esvástica de Manuel Chaves Nogales, que Luis ha devorado en una sentada. Ahora lee Las raíces torcidas de América Latina de Carlos Alberto Montaner. Me apunto en la lista de espera para cuando lo acabe.

Dejamos pasar la tarde hablando de libros, de mujeres y de la vida. Cojo el libro de Marina y López Penas y leo en voz alta algunos párrafos que dedican al amor y al odio y toda la ramificación lexicográfica procedente, que en mano de estos dos eruditos de los sentimientos parece no acabarse nunca. Son temas universales que por pudor solo deberían tratarse en abstracto. Rompo esta máxima de pseudomiramientos y acabo por ilustrar humorísticamente cada idea, cada comentario, con episodios de mi vida sentimental; lo que a veces irrita a Luis, más solemne y romántico. A la luz de lo que cuentan Marina y López Penas, no deja de parecerme que todo tiempo pasado fue siempre ridículo. Nos hacemos más viejos y seguimos cometiendo los mismos errores y las mismas tonterías. Lo patético, sin embargo, es toda la solemnidad que todavía le damos y que le seguiremos dando. Y yo el primero, que he empezado con esta historia. Por lo que mi mirada escéptica y socarrona queda justificada y no deja de ser una impostura frente al romanticismo sensato e inquebrantable de mi amigo.

Luis se pregunta razonablemente si no convendría ir acabando con este tierno memorial de triunfos y fracasos; si no resulta algo contraproducente en un sábado por la noche en el que se había planeado echar el rato y salir a embrutecerse. Y en esto mi amigo tiene razón y actuamos en consecuencia.

 

Dietario de Múnich (XII)

El Tegernsee o lago de Tegern fue nuestro punto de partida. El punto de encuentro, sin embargo, fue Harras. Harras es un barrio residencial del sur de Múnich. Su conexión de ferrocarriles, metro y autobús entre la ciudad y el sur de la región convierten este barrio en un cómodo lugar de reunión para iniciar una excursión. También es el barrio donde vive Sophie, por lo que la explicación anterior no es más que simple añadidura.

Por Harras pasa el BOB o Bayerische Oberlandbahn, es decir, el ferrocarril de la Alta Baviera. Se trata de una empresa de ferrocarriles privada que une Múnich con los Alpes bávaros. Es una más de las tantas facilidades que ofrece esta ciudad señorial y al tiempo servicial para aquellos que no disponemos de la autonomía o esclavitud – según como se mire – de un coche. Eso sí, la comodidad es a veces cuestionable: para llegar a Tegernsee solo disponíamos de un vagón lleno de pasajeros con el que íbamos a compartir involuntariamente un día de montaña. Por lo que Sophie y yo tuvimos que sentarnos en las escaleras del pasillo y practicar un poco de ejercicio de piernas y glúteos cada vez que un pasajero quería apearse o moverse de sitio.

En Gmund, una estación anterior a nuestro destino, tuvimos que bajarnos para coger un autobús. La vía estaba en obras. O eso creíamos. Al subir al autobús descubrimos que el tren no podía seguir hasta el destino final porque se estaba celebrando un triatlón. Razón que no nos dejó de sorprender. El triatlón tenía lugar en la carretera, no en la vía del tren. Así que hicimos el último trayecto en una posición de espectadores privilegiados. Los ciclistas se iban cruzando con nosotros y los más rápidos incluso nos adelantaban, lo que no dejó de parecerme una proeza todavía más incomprensible.

Llegamos relativamente pronto a nuestro destino, aunque el breve trayecto en autobús se nos hizo más largo que el del tren. Eran casi las diez y media de la mañana y el sol ya empezaba a caer despiadado. El autobús no tenía aire acondicionado. Me sentía como en una pecera. Aunque la compañía no dejó de entretenerme. En situaciones así, el calor suele aletargar a las personas y sumirlas en un sueño resignado. Observo, sin embargo, que a los alemanes, seres por naturaleza parcos en palabras, el calor les estimula la conversación. A poder ser la más tonta, lo que no deja de sorprender en un alemán, de por sí austero hasta en la imbecilidad.

Sophie quiere evitar a la muchedumbre, por lo que nos aventuramos por otro camino. Propone llegar hasta el lago de Schlier siguiendo una ruta heterodoxa. Asiento sin protestar. Para asuntos de montaña me dejo convencer fácilmente. Soy un explorador de ciudades. Una vez que me sacan de mi hábitat urbano me convierto en el ser más torpe del mundo. Sophie, por el contrario, es capaz de ir dando vueltas por la misma calle en una ciudad y creer que ha avanzado hasta el siguiente barrio. Y no es una exageración. Ya nos pasó una vez, cuando la llevé a dar una vuelta por Schwabing. Al finalizar nuestro paseo, creyó que habíamos llegado a Münchner Freiheit, al otro lado de nuestro punto de partida. Tardó en comprender que solo nos habíamos movido en círculo.

*

Si al hacerme mayor pudiera elegir un lugar donde retirarme, elegiría con toda probabilidad Tegernsee. El poblado, aunque muy turístico, recuerda en sus horas más solitarias esos pueblos de pescadores que uno ya solo encuentra en las novelas. El lago es inmenso y acaso el más limpio de la región. Sus aguas son navegables, por lo que no dudaría en hacerme con una barca. Cuando el sol brilla con fuerza, sus aguas toman un color azul turquesa. Mientras iniciamos el ascenso por un camino despejado de gente, me quedo embobado observando la combinación perfecta, casi paradisíaca, entre lago y montaña. Ante una imagen así, uno acaba por entender los excesos líricos de los poetas del terruño. “Wen Gott liebt, den lässt er fallen in dieses Land”, escribía el poeta local Ludwig Ganghofer. “A quien Dios ama, éste le permite caer en este país” o algo así.

Creo que tardamos dos horas en coronar la capilla de Riederstein. El último tramo discurre por unas escaleras con imágenes a los lados que representan la pasión de Cristo. ¿Una advertencia o una broma mala del calvario que nos espera? No es para tanto. La subida es laxa y al poco podemos contemplar el tremendo paisaje. La capilla ofrece una visión arrebatadora del lago Tegern y los Alpes. Sophie se entretiene en descifrar los picos. Yo, en mi ignorancia, me entrego, contra mi costumbre, a fotografiar lo que veo.

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No hemos llegado todavía al pico más alto de nuestro tour. Nos queda aproximadamente una hora de subida, de hacer caso a las señales que uno encuentra a cada paso. Es curioso lo bien indicado que están todos los caminos. Ni siquiera en nuestro intento por desviarnos del mainstream logramos esquivar las señales. Tal vez sea un signo de nuestro tiempo: ya no quedan heterodoxias por descubrir, por mucho que los más jóvenes nos empeñemos e incluso nos vanagloriemos. Lo que no deja de ser ridículo. Todas han sido recorridas e indicadas por alguien anteriormente.

Tardamos menos de una hora en llegar a Baumgartenschneid, a una altura de 1449 metros. Allí hacemos una descanso, comemos algo y nos detenemos a mirar el paisaje y a escuchar otras conversaciones. Es la una del mediodía. En el cielo hay pocas nubes y el sol puede castigar fácilmente las pieles más sensibles. Sophie, blanca como un lirio, se cubre la cabeza y parece inquieta. No quiere permancer mucho tiempo al sol. Y menos a esas horas impías. Aun así Sophie insiste en buscar caminos alternativos hasta que nos damos de bruces con un pequeño abismo. Hay que dar media vuelta.

El descenso gana otro encanto paisajístico. Esta vez descendemos poco a poco de las grandes vistas abiertas a la frondosidad del bosque. Es un camino a veces pedregoso, que alterna espacios boscosos con espacios abiertos. Nos satisface llegar a un tramo donde no nos cruzamos con nadie. Cada lugar nos sorprende con un tema de conversación. Aquí la responsable es Sophie, que es capaz de extraer un tema a la vista de cualquier detalle, por insignificanete que sea. Admiro ese talento por crear conversación de lo más nimio, sin necesidad de buscarlo ni forzarlo.

No es hasta las cinco de la tarde, es decir, casi siete horas después de haber empezado nuestra excursión, cuando por fin alcanzamos el lago de Schlier. Nuestros cuerpos están sudorosos y cansados y piden una chapuzón. Nos impacientamos buscando un lugar donde dejar las cosas y lanzarnos al agua. A cada paso nos encontramos el cartelito de “Baden verboten” (prohibido el baño), como una maldición, hasta que creemos encontrar un espacio donde cumplir legalmente con nuestros deseos. Comemos en la orilla y nos entregamos perezosos a las delicias de una tarde veraniega, sin otro pensamiento en la cabeza que el que esta tarde, y este día, no se acaben. Sophie, inquieta e insaciable, planea otras excursiones, mientras yo me rindo a la pereza del arte contemplativo. La luz del atardecer se impone poco a poco. Es una luz más apagada que la del Mediterráneo, que acentúa sin deslumbrar los contrastes entre el agua, el cielo y el verde de las montañas. Parece una luz fantasmal, que me hace sospechar si todo esto es cierto o se trata más bien de un sueño.

O si tanta montaña no provoca este tipo de desórdenes bucólicos en la cabeza y lo mejor sería volver a la ciudad, de donde uno no debiera salir.

Dietario de Múnich (XI)

Esta semana tiene lugar el Festival de Cine de Múnich. Es mi tercera edición. Y la primera a cuya cita quería faltar. No sin premeditación. No soy cinéfilo y me da pereza asomarme al inmenso programa de películas. Hay algunas que por tal director o cual actor uno sabe que va a lo seguro. Pero aun así siempre queda un punto de escepticismo. Luego está la pose. Su impostura. Uno parece que tenga que ir a estos eventos para justificarse. Para luego no tener que justificar que uno faltó a la cita. Que se la perdió. Ese temor adolescente a perderse algo.

Este año me hice pronto con el programa. Lo leí entero. Taché con boli las películas que quería ver. Estamos llegando al final del Festival y ahora, cuando vuelvo a mirar el programa, tengo la impresión de que señalé, como un mal agorero, todas aquellas películas que me iba a perder. El pasado miércoles me vi arrastrado, sin embargo, a ver uno de los highlights de esta edición. A veces uno acude a estos eventos por amistad o por amor. Para acompañar a alguien, un amigo, una amante, la pareja. Yo fui para que me acompañaran. El City Kino del número 12 de la Sonnestrasse, entre Sendlinger Tor y Stachus, proyectaba la celebrada película de David Trueba, Vivir es fácil con los ojos cerrados. La elegí adrede. No porque sea un entusiasta de Trueba o porque la película ganara el Goya. Desde el No a la guerra, este premio ha quedado tan envuelto de buenismo que ya no me lo tomo en serio.

La película me gustó. Para ser justos, nos gustó. La intervención posterior de Trueba fue un poco amanerada. Cosas, supongo, de este tipo de circunstancias. Al salir del cine parece haberse dado un cambio radical en la ciudad. Uno entra dos horas al cine, deja a sus espaldas una ciudad fría y un cielo nublado, y cuando sale el cielo se ha despejado y la temperatura se vuelve agradable. Supongo que son los misterios del clima continental, aunque aquí algunos estén convencidos de que esto es lo más mediterráneo que se puede encontrar en Alemania. Y es cierto.

Caminamos por la Sonnenstrasse dirección Sendlinger Tor. La película se presta fácilmente al comentario. También al comentario fácil. Hago alguna que otra aclaración sobre el contexto histórico en el que se desarrolla la película. La España de los sesenta. Una España casposa, gris y con miedo. Esto último no lo digo yo, lo dice el protagonista. En toda la conversación me ahorro establecer alguna lectura contemporánea. No sé qué intenciones tenía el director, pero no soy capaz de ver paralelismos con la situación actual en España.  Trueba menciona en el coloquio posterior la necesidad que tiene el país de esos pequeños héroes cotidianos y sus rebeldías a pequeña escala. En un momento de la película, el protagonista dice que en este país hay mucha gente que vive con miedo. Y el miedo, ya se sabe, es enemigo de la libertad. Dejo caer esta frase manufacturada y nos adentramos en el barrio de Glockenbach.

El Glockenbachviertel es el Chueca de Múnich. Pero en una versión edulcorada, a la muniquesa: ordenado, limpio, discreto. Es uno de los mejores lugares para salir por la noche. Tiene un buen ambiente, alejado del histrionismo propio de esta clase de sitios. Lo intentamos en Schnelle Liebe (“Amor rápido”), pero no hay ninguna mesa libre. Vamos descartando otros bares y cafés. Pese a que empieza a refrescar, las terrazas y las calles están llenas. Ella estuvo enferma los pasados días, por lo que evitamos las terrazas y buscamos un lugar cálido.

Una vez en en el Café Freiraum suenan tangos de fondo. No es una metáfora. Su propietario es argentino. Y los platos, de su mujer Norma. La comida no es ni argentina ni española, aunque lleven la denominación de origen de ambos países. Los platos superan toda nacionalidad. Tienen nombre propio. No tenemos mucha hambre, por lo que pedimos empanadas, queso provoleta y chorizo. Lo acompaño con un buen vino Altos del Plata. En un momento dado, me parece que suena Chau… no va más.

Supe de este tango por una crónica de mi maestro Arcadi Espada. Fue la crónica con la que se despidió de El País. La guardo como uno de las crónicas más bellas que he leído. La habré releído decenas de veces. Nunca me canso. Y luego, para qué contar, corro a escuchar la canción. Qué arranque: “¡Chau, no va más!… / Es la ley de la vida devenir / ¡Chau, no va más!… / Ya gastamos las balas y el fusil.” Evito cualquier flaqueza sentimental. Lo detesto. Ni siquiera menciono a nadie que suena Chau… no va más. Evito cualquier referencia. Intento inútilmente apartar la atención y volver a nuestros temas. En vano.

Escribe Arcadi Espada, citando a Luis Adolfo Sierra, que “el tango es elegíaco, ‘un canto al bien perdido´”. Claro. Se canta lo que se pierde, escribió Machado. Lo aterrador, sin embargo, es lo que viene después, mucho después de “ese dejarte partir sin llorar”. El levantarse, tomar café, cepillarse los dientes. Ir al trabajo. Escribir unas líneas. Y todo eso de que la vida ha de volver a la normalidad. Desde luego, un gran mérito subversivo.

A veces una canción se presenta inesperadamente como anticipo. La vida está llena de esas casualidades que siempre llegan cuando uno no las llama. Hay conversaciones que llevan implícita una despedida, sin que nadie tenga que tomarse la molestia. El humor sin chispa, las ganas sin apetencia, los temas anodinos, los silencios. No hace falta añadir nada más.

Dietario de Múnich (X)

Reencuentro con Felix en la Universidad. La última vez que nos vimos, si no recuerdo mal, fue en febrero, en un pub irlandés en Sendlinger Tor. Felix fue una de las primeras personas que conocí cuando llegué a Múnich. Todavía recuerdo el día. Era septiembre y llovía. Yo esperaba en la puerta de la Theatinerkirche en Odeonsplatz. Un tipo de casi dos metros, rubio, con botas y chaqueta de montaña y pantalones vaqueros sacados de los noventa se me plantó delante: “¡Hola! Me llamo Felix”. Así iniciamos nuestro tandem hispanoalemán. Felix escribía – y todavía anda en ello – su tesis doctoral sobre los primeros años de la conquista española en América. Yo andaba medio desempleado, corrigiendo los resultados de mi primer proyecto para Langenscheidt. Éramos dos tipos ociosos, sin nada serio que hacer, por lo que nos fuimos encontrando a menudo en los mismos lugares, cerca de la Universidad y Odeonsplatz. Desde entonces nos hemos ido viendo irregularmente, con grandes intervalos entre un encuentro y otro. Tan pronto yo encontré una ocupación más seria, perdimos aquello que nos unía: la ociosidad. Nuestra amistad se deterioró.

Felix es un alemán poco común. En su persona anidan las mayores contradicciones que he conocido en una persona. Es un radical anarcocapitalista que aprecia el ejército, una de los pilares más autoritarios de un Estado. No solo despotrica contra los parásitos – funcionarios y otras especies que se cobijan bajo el paraguas del Estado -, también es reservista y suele pasar un mes al año en un cuartel de la Bundeswehr. Ahí entrena con disciplina y obedece a la autoridad. Los gastos corren a cuenta del Estado.

Felix se reconoce nacionalista y xenófobo, pero entre sus amistades se encuentran españoles, italianos, franceses, árabes, turcos, latinoamericanos y asiáticos. De todos los colores, religiones y acentos. El Estado debería cortar el grifo de la inmigración, no dar ayudas sociales a extranjeros – de hecho, nadie debería recibir ayuda pública ni debería existir ese concepto – pero sin los inmigrantes Felix sería un alma solitaria sin ocupación alguna. También es un misógino que lee compulsivamente a Nietszche y Schopenhauer. Hoy aparecía con un libro de ensayos de este último. Lo primero que me muestra es un ensayo titulado “Über die Weiber”. Weiber es una palabra en desuso que antaño se usaba para designar a las mujeres. Tiene una carga peyorativa y actualmente se utiliza para señalar a hombres con la misma carga emotiva con que los españoles utilizamos la palabra marica. “Du, Weiber”, “Tú, marica” sale a menudo de la boca de Felix cuando alguien flaquea por una mujer. Flaquear es para Felix cojear. Y ya se sabe cuando un palomo cojea.

Felix es una persona de juicios sumarísimos: la prensa alemana es propaganda, con el Süddeutsche Zeitung y  Die Zeit a la cabezaIncluso el FAZ (Frankfurter Allgemeine Zeitung) no es lo suficientemente conservador. Der Spiegel se salva a veces de la pira por sacar mierda relevante de las cloacas del Estado. El SPD y la CDU-CSU son partidos socialdemócratas que defienden las mismas políticas (razón no le falta). Su gran esperanza en las últimas elecciones ha sido el nuevo partido Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas alemanas). Felix sostiene que todos los países europeos deberían volver a sus monedas nacionales. Ese sería el mejor bien que se le puede hacer a países como Grecia, Portugal y España. En general, a todos los países del euro. Reconoce que esto abocaría a Europa al abismo, pero solo por un par de años. Luego todos saldrían recuperados. De lo contrario, de mantener el euro con las políticas de dinero generoso – el de los alemanes, claro – del Banco Central Europeo, el suplicio se alargará eternamente.

Me divierten sus opiniones. Y la delicadeza con que las suelta. Es como un elefante que entra en una chatarrería. Lo que dice es sin duda disparatado, aunque razón no le falte a veces. Critica  a la izquierda con un arrojo ad hominem. Sin distinciones. Felix añora los tiempos en que un izquierdista defendía la lucha de clases y la clase obrera. La tardosocialdemocracia y sus derivados feministas, minorías étnicas y demás desparpajos mentales son una señal de que de la izquierda no puede venir nada bueno. Y ni qué decir de la superioridad moral con la que camina. La izquierda, claro.

Cuando en la izquierda estaban los buenos, todo lo que podía venir de la derecha era malo.  Ese monopolio de verdades morales, de buenos y malos, acabó por desacreditar a la izquierda, hasta el punto de que algunos de sus principales críticos – muchos habían formado parte de sus filas – llegaran a arramblar contra aquellos logros menos discutibles. Me temo que muchos han conservado el mismo modo de razonamiento que antes aplicaban para juzgar a la derecha. A saber, la enmienda a la totalidad por ser lo que es. Porque de allí, como bien se sabe, no puede salir nada bueno.