Dietario de Múnich (IX)

La semana trae a veces días tontos que uno valora por significar un alto en la insulsa cotidianidad. Son días que coinciden con mal tiempo, precedidos en sus niveles más tontos por una noche de fiesta hasta altas horas de la madrugada, a poder ser con despertar resacoso. El domingo suele reunir las condiciones necesarias para llevarse el galardón, especialmente en una noche como la de ayer, en la que se celebró la fiesta de apertura del Festival de Cine de Múnich. Al echar la vista hacia atrás, hago un balance – preocupado – por los cambios que mi vida ha sufrido en los últimos meses: en las dos ediciones anteriores no falté a casi ninguna de las películas de obligado cumplimiento, pero me perdí todas las fiestas. Este año voy camino de cometer el mismo error, pero a la inversa: ya me he perdido los dos primeros días de estrenos, pero no he faltado a ninguna fiesta. No creo que suponga una mejora.

Un día tonto como este hay que dedicarlo a cosas inútiles, por lo que me voy a un museo. Mi amiga Katharina me dice de ir una exposición a la Kunstbau de la galería Lenbachhaus, en Königsplatz. Ahí me presento con toda la tropa de artistas: Luis, un químico; Andreas y Fernando, dos ingenieros que trabajan para BMW. En los últimos meses me he rodeado de ese tipo de amistades, en su mayoría ingenieros de formación y profesión. Gente práctica, de provecho. Me alegra mucho acudir a esta clase de lugares con gente mentalmente saludable, de quienes sé que no tendré que oír memeces acerca de la exposición y el arte contemporáneo. Sus juicios pueden pecar de ingenuos y ser parcos en su argumentación. Pero son de una franqueza bellísima: “Vaya rollazo”, “ese está interesante”, “esto me mola”.

La exposición lleva por título Playtime, en referencia a la película homóloga de 1967 del francés Jacques Tatis. Trata un tema del que nadie puede escapar: el trabajo. La exposición se abre con un conjunto de monitores que ofrecen imágenes de la vida de un artista – cuyo nombre me guardo de mencionar – en su casa (en su habitación de trabajo, en la cocina, en el salón, etc.). Algo parecido ya lo he visto en las salas de seguridad de un supermercado, un centro comercial, un banco o una aseguradora. Solo que a nadie le da por elevar esos lugares sórdidos a los altares del arte. El resto de la exposición me provoca  el mismo apasionamiento y, a medida que avanzo, no entiendo nada. Hay un vídeo de una artista, de un solo plano, en el que se está follando a un tipo en un hotel. Sigo sin entender qué pinta ahí ese vídeo, pero no ha dejado de despertar el interés de algunos niños, que tampoco entienden nada, pero se lo pasan bomba.

La exposición acaba con una breve pincelada sobre la vida de los artistas y su relación con el trabajo, o, más bien, una inane pataleta contra la sociedad capitalista, por no saber considerar el valor del trabajo artístico. Entiendo la frustración de muchos artistas por no poder dedicarse a tiempo completo a su pasión. Y lamento que muchos de ellos deban trabajar, como el resto de mortales que no han sido tocados por la varita de la creación o la subvención. Pero no deja de provocarme sorpresa la rabieta: pues no hay lugar en el mundo donde el arte esté más subvencionado que en las llamadas “sociedades capitalistas”. Cuando oigo estos plañidos me viene la paráfrasis de una sentencia de Goebbels que Sánchez Ferlosio sentó en un artículo ya clásico: “En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador” ( “La cultura, ese invento del Gobierno”, El País, 22/11/1984).

La exposición me resulta por momentos una burda adaptación contemporánea de un arte tan burdo que se conoció como realismo socialista. Para más descaro, se presenta a sí misma – la exposición – como una mirada crítica contra el “capitalismo real”, ese fantasma que solo ha existido, cual manía persecutoria, en la mente de socialistas reales. Cuando salgo, me entretengo a leer la presentación: “El trabajo es más de la mitad de la vida: es el puntro central de nuestras vidas. La historia del trabajo empieza con la historia de la humanidad (sic). El hombre tiene que trabajar para asegurar su manutención”. Y para acabar: “Objetivos económicos y estructuras de pensamiento neoliberales se extienden a todas las parcelas de la vida, y no se detienen frente a las otrora parcelas protegidas como las de índole educativo y social. A la vez experimentamos una creciente precarización de las relaciones laborales y una solidaridad en declive con las personas, para quienes el trabajo diario ya no les llega para asegurar su existencia. Quien no tiene trabajo, parece no tener futuro”. O monta una exposición así.

Después de una hora escasa, la tropa da señales de cansancio, se amotina y amenaza con ir a tomar algo. “Ya he tenido suficiente arte por hoy”, suelta uno. “Esto ya es un rollazo”, añade el otro, o el mismo, qué importa. Katharina, que es más sensible, se queda un rato más, mientras nosotros nos precipitamos al café más cercano. Y así nos agarramos a este domingo tonto, apurando las últimas horas de la forma menos productiva posible. Mañana toca trabajar.

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