Dietario de Múnich (VIII)

La Volkshochschule organizó ayer un tour por el Múnich de Max Weber. Este año se conmemora el 150 aniversario del nacimiento del pensador alemán más importante del siglo XX, según Karl Jaspers (quien, por cierto, se perdió la otra mitad del siglo para juzgarlo), y esta instituación pública le ha rendido homenaje con diversas conferencias que se celebraron entre abril y mayo. Cuando me enteré del ciclo lo anuncié a bombo y platillo entre mis amistades muniquesas. Amenacé a todos con ir a cada una de las conferencias. Y lo peor: los amenacé con llevarlos. Pasó abril y mayo, me perdí tras una falda que me imponía unos horarios de encuentro que coincidían con las conferencias, y me las salté todas, las conferencias y la falda, en un personalísimo homenaje a Max Weber (más adelante sabrán por qué). El tour que cierra el ciclo, eso sí, no me lo quise perder. Enredé a Helge para que me acompañara – ayer no dejó de recordarme mis amenazas – y allí nos encontramos, acompañando al grupo de jubilados que suele asistir a esta clase de citas. Fue un auténtico viaje al Múnich de Weber.

Tengo a Max Weber por uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Decirlo así, veinticinco años después de la caída del Muro, a toro pasado, puede sonar a lugar común. Y sin duda lo es. Pero una afirmación así sobre Weber también cobra otra relevancia, aunque sea también a toro pasado: Max Weber es, a mi juicio, el pensador del siglo XX más infravalorado e injustamente ignorado. Se le redescubrió tarde y mal, a veces en un pack de citas que no hacen justicia a la complejidad de su obra, mucho más rica y actual que la de su antagonista “fantasma”, Karl Marx. Por citar algunos de sus hits más conocidos: la distinción entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción que estableció en su famosa conferencia “La política como profesión”; la mal traducida expresión “jaula de hierro” que supone la burocracia moderna, máxima expresión de lo que llamó la racionalización del mundo y su consecuente “desencanto”. El problema de esta injusticia no radica en un obra dispersa y fragmentada que no llegó a cohesionar quizá por falta de tiempo – murió en 1920, con 56 años -, quizá por esa pasión insaciable por abarcar todos los campos posibles del conocimiento social o por su natural carácter depresivo.

Uno de sus más recientes biógrafos, Dick Kaesler, lo señalaba en una reciente entrevista en Der Spiegel: “[Después de la Segunda Guerra Mundial] la sociología alemana estaba influida por la siguiente dicotomía: por un lado, una línea de pensamiento buena y marxista bajo la influencia de la Escuela de Fráncfort; por el otro lado, una sociología malvada, peligrosa, fascistoide y burguesa, para la que hubo una personificación, y esta se llamaba Max Weber”. Se tardó tiempo en rehabilitar a Weber en las facultades de sociología y cuando se hizo fue a regañadientes y pagando un peaje, como el de la famosa frase de que su obra “fue un diálogo con el fantasma de Marx” – lo que puede que sea cierto, si no confundimos la palabra “diálogo” con ese artefacto buenista e inane en el que ha derivado. La obra de Weber no es, a mi juicio, un “diálogo” con Marx. Fue un ataque intelectual – el de Weber, Marx ya estaba muerto – de alto vuelo; un obús que tardó casi un siglo en hacer efecto. El “fantasma” de Marx y sus acólitos ganaron las batallas – y de qué forma -, pero Weber ganó la guerra a título póstumo. Sé que aquí me arriesgo a deslizarme por el tobogán de los tópicos: pero nunca antes una frase tan cansina como “su obra es más actual que nunca” había sido tan justa aplicada a alguien como Max Weber. Por justicia intelectual, claro, y porque indigna el mal trato que sufrió su obra por la morralla de académicos e intelectuales marxistas y postmodernos que dominó la segunda mitad del siglo XX. Y porque una lectura de su obra a la luz de los acontecimientos del presente es mucho más estimulante que la de ese mamotreto de El Capital, cuyo uno de sus últimos epígonos, un tal Piketty, parece querer resucitar en su versión 3.0.

 *

Max Weber llegó a un Múnich en pleno estado revolucionario en el verano de 1919, después de unos años como profesor en Viena. La historia de Weber en Múnich es, si se me permite, una historia de amor. No con la ciudad, a la que Weber no le tenía un aprecio más elevado que al resto de lugares donde había residido antes – allí donde vivía, decía sentirse siempre como un extranjero. Fue una mujer lo que le llevó allí. Y no su mujer, Marianne Weber. Sino una amiga de esta, Else Jaffé, esposa a su vez del profesor de economía Edgar Jaffé, un buen amigo de Weber. Que nadie piense en triángulos o rectángulos amorosos o intrigas de cama paramatrimoniales. Lo de Else Jaffé y Max Weber fue descarado y no un affaire a dos bandas, sino a una, la del fogoso Weber. Marianne lo sabía y lo asumía (quería que su marido fuera feliz). Y Weber se dejó llevar por sus pasiones, a veces trasladadas a sus escritos – uno de sus biógrafos, Joachim Radkau, señala que al escribir su conferencia “La política como profesión”, que pronunció en sus años de Múnich, “sus pensamientos [según se desprende de sus notas personales] estaban con Else, y al referirse una y otra vez a la `pasión´, no sólo pensaba en la pasión política”.

Puede resultar curioso conocer esa faceta de Weber. En los estudios de sociología se le perfila como el pensador que preconizaba y personificaba una ciencia desapasionada, alejado de desparrames e histrionismos ideológicos. Se habla de una imagen pública, entre colegas y estudiantes, de un profesor e intelectual moderado y poco dado a los excesos. En resumen, la contrafigura de Marx. No obstante, sus biógrafos más recientes – y aquí me refiero sobre todo a Radkau – evocan a un Weber que durante su vida, tanto en lo profesional como en lo privado, se movió a veces a golpe de pasiones, cuando no de bragueta. Sus artículos políticos publicados en la prensa alemana durante la Primera Guerra Mundial, en los que acusaba al entonces Kaiser Guillermo II de conducir a Alemania al precipicio, estaban escritos, de atender a las opiniones de su amante Else y otros allegados, por un odio irracional a la figura del Kaiser. Cuando la asociación Freistudentische Jugend (Juventud Estudiantil Libre, un movimiento que agrupaba a estudiantes no afiliados a las corporaciones y cofradías estudiantiles tradicionales), le invitó a dar la famosa conferencia que llevaría por nombre “La política como profesión”, Weber la rechazó en un principio. Si acabó por aceptarla fue para evitar que en su lugar hablara Kurt Eisner, entonces jefe de gobierno de Baviera al que Weber odiaba profundamente. Por último, no resulta menor mencionar que la razón principal de su mudanza a Múnich era la de estar cerca de su amante.

Esto no quiero decir que todos sus trabajos estuvieran guiados por rencillas o apasionamientos personales. Pero que Weber fue un personaje al que las emociones – y, sobre todo, los problemas emocionales – le llevaron en muchas ocasiones al borde del precipicio no es una exageración: en 1898, y al poco de haber empezado un prometedora carrera como profesor y científico en las universidades alemanas, Weber cayó en una depresión de cojones. Me perdonarán la expresión, pero de hacer caso a sus biógrafos, detrás de esa depresión hay componentes extrañamente sexuales, o más bien, de impotencia combinada con deseo sexual. Y subrayo lo de “extrañamente”, pues no deja de provocarme cierta urticaria el tufo psicoanalítico del diagnóstico. Su biógrafo Kaesler señala que Weber sufría erecciones y “derrames” nocturnos tres o cuatro veces por noche, según las anotaciones que él mismo escribía a su esposa. Pero al día siguiente, no woman, no sex. Su madre y su esposa pensaron incluso en castrarlo.

Sin duda, la complejidad de sus problemas psicológicos no se resumen en un problema de fogosidad sexual imposible de canalizar. Hay mucha especulación en la que me ahorraré de entrar. Los hechos, sin embargo, apuntan a una situación personal estremecedora, que le apartó de la universidad y la vida pública: y es que durante cinco años, Weber fue incapaz de leer y escribir una línea sin que el mundo no se le cayera encima. Weber nunca se llegó a recuperar del todo y durante el resto de su vida sufrió recaídas – aunque ninguna de la magnitud que sufrió en 1898 -, además de arrastrar otros problemas como los trastornos del sueño. Era tan hipersensible que no perdonaba a ninguna visita interrumpirle una siesta, hasta el punto de dejarla en la calle esperando hasta que pasara el tiempo prescrito para dormir.

*

Else Jaffé y Max Weber se conocían de hacía tiempo. De hecho, Else fue primero amante de Alfred Weber, el hermano de Max Weber. Al pensador alemán se le conocen dos amantes en su vida. La primera, Mina Tobler, una pianista que había conocido en 1909, ya recuperado de su depresión, fue un pasatiempo que, dicen, liberó a Weber de muchos de sus demonios. Su esposa Marianne, que también conocía a Tobler, lo toleró como pudo por el mismo motivo por el que toleró su posterior affaire con Else Jaffé: creía que eso era bueno para su marido. Sin embargo, lo de Weber y Jaffé se convirtió en algo más que un pasatiempo. Cuando se reencontraron en Múnich en 1919, los escrúpulos con los que habían llevado hasta ahora su aventura se desmoronan. Max Weber deja a un lado toda inhibición. Y como decía antes, de forma descarada. Al trasladarse con su esposa a Múnich, pasan los primeros meses en la casa de los Jaffé en la Konradstrasse, en el barrio de Universidad, justo en la misma calle donde décadas más tardes, en los cincuenta, se fundaría el Instituto de Sociología de la Universidad de Múnich; en homenaje, por cierto, a Max Weber. Allí, y pese a las constricciones lógicas del ambiente, Weber y su amante perdieron los estribos – y la vergüenza – en más de una ocasión.

Un recorrido por el Múnich de Max Weber no deja de ser un itinerario breve y melancólico en la fase final de la vida de uno de los grandes pensadores del siglo XX. Se trata de lugares que, casi un siglo después, yo no existen o se han transmutado en lugares irreconocibles. El auditorio de la Adalbertstrasse, donde dio sus famosas conferencias reunidas bajo el título El político y el científico, es ahora una pizzeria. Algunas de las salas de la Universidad donde impartió sus conferencias y seminarios están cerradas. La primera casa donde residió provisionalmente antes de que llegara su esposa, justo al lado de la Biblioteca Pública Bávara, es ahora una guardería. Intelectual y personalmente fueron estos dos últimos años de su vida unos años de euforia, aunque Weber temía que esta fase no dudaría mucho tiempo y que la caída y la crisis eran inminentes.

A principios de junio de 1920, un cartelito colgado en el seminario donde impartía sus clases anunciaba: “La lección de hoy queda suspendida por enfermedad. Se recuperará pronto”. Pocos días después, el 14 de junio, Max Weber fallecía en su casa de la Seestrasse, cerca del Jardín Inglés. Su mujer Marianne y su amante Else le acompañaron en su lecho de muerte.

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