Dietario de Múnich (VII)

Reencuentro con Helge en el Café de Nordbad después de dos semanas sin vernos. Helge ha pasado cuatro días en Viena, de donde ha regresado entusiasmado por haber visitado una auténtica Weltstadt, una metrópoli. Eso lo dice él, que es un nostálgico. Y yo, que soy otro nostálgico, lo suscribo: la Viena, mi Viena, y en menor medida, la Viena de Helge (él tiene menos pájaros en la cabeza) pasa por el filtro ilusorio de Stefan Zweig, Karl Kraus y Rainer Maria Rilke. La Viena del Café Central, por ejemplo. Esa Viena que ya solo existe en los libros – si es que alguna vez existió en otro lugar. Tan detallista como es, me envió una postal que recibí el lunes. Se trata de una foto del Café Hawelka en la Dorotheergasse. Helge conoce mi afición – que es también la suya – por los Kaffeehaus.

Desde que nos conocimos en la editorial Langenscheidt, iniciamos una amistad ligada a los cafés de Múnich. Helge y yo solíamos citarnos en el barrio de Universidad. Yo me había quedado sin proyecto en la editorial, estaba desempleado y pasaba casi todos los días en la Biblioteca Pública Bávara, conocida popularmente como la Stabi. Helge solía rescatarme algunas tardes del tedio para tomar un café. En el Bar News, el Café Puck, el Vorstadt Café o el inglés Brown´s Tea Bar – tan inglés hasta en sus horarios, que cierra puntualmente a las seis de la tarde – montábamos nuestras pequeñas tertulias. La tarde entera se nos iba hablando sobre lo humano y lo divino, saltando de tema en tema, arreglando el mundo y la vida con la única arma de una taza de café. Como ven, dos hombres de acción.

Cuando me mudé a Schwabing, cambiamos nuestros encuentros al Bamberger Haus del Parque Luitpold – cuando hacía buen tiempo – o al Café de Nordbad, movidos más por la pereza que por lo asombroso del lugar: el Café de Nordbad es un café corriente y repetible. Pero está en Schwabing, nos coge  a medio camino de nuestros respectivos pisos y Helge es un zángano y yo otro. A veces nos ha dado por innovar y nos hemos citado en la céntrica Literaturhaus – normalmente, para ver antes una exposición – u otro café de Schwabing. En los últimos meses, sin embargo, la costumbre y la pereza nos han ganado la batalla.

Múnich, así como la Viena y el Berlín imperiales, también desarrolló su Kaffeehauskultur. Con el tiempo, los Kaffeehaus han dejado de representar ese crisol de intelectuales con los que se identificó en el siglo XIX y la primera mitad del XX. En ciudades como Viena muchos de estos lugares se han convertido en un parque de atracciones para turistas; algo que Helge, que quería leer su periódico en la compañía y el silencio de un café, comentaba con desdén. En Múnich, en cambio, y exceptuando lugares como el Café Glockenspiel en Marienplatz, donde los camareros son unos bordes, o ese coñazo del Café Luitpold, cerca de Odeonsplatz, los cafés todavía conservan su atmósfera íntima.

He mencionado una retahíla de cafés como quien recita de memoria la lista de los reyes godos. Con tanta carrerilla, he olvidado el Café Mariandl de la plaza Beethoven, que merece una mención especial por ser mi preferido. Curiosamente, es uno de los pocos lugares que no pertenece a esa cartografía de cafés que es mi amistad con Helge. Su interior recrea el clásico café vienés, aunque con mesas de madera. Los domingos se puede desayunar o hacer el brunch acompañado de un concierto de piano y leer el periódico sin que ningún niño esté revoloteando por los alrededores pidiendo un guantazo. Hace tiempo que no voy, por formar parte de esa otra cartografía sentimental de lugares a los que uno no debe volver.

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