Dietario de Múnich (VI)

Esta mañana ha vuelto la lluvia. Un contratiempo imperdonable que me ha obligado a coger el metro y llegar tarde al trabajo. A diferencia de un alemán sacado de fábrica, no estoy preparado – ni tengo ganas – para ir en bici cuando llueve. Un día así es un correctivo doloroso para alguien que está acostumbrado a apurar hasta el último minuto antes de salir de casa y a perder un metro tras otro. De ahí que me haya aficionado a la bici, para no tener que adaptarme a los horarios disparatados del transporte público – y a sus no menos disparatados precios- y, sobre todo, para no tener que adaptar mis disparatados horarios a los del metro. 

Para vivir, no contemplo seriamente una ciudad que no tenga metro. No solo me parece un criterio civilizatorio y de progreso (esto no quiere decir que, salvo Innsbruck, una ciudad sin metro sea un lugar bárbaro y atrasado). El metro es un buen termómetro para medir el trajín de una ciudad, el rugido de la bestia. Y en contadas ocasiones – la que aquí corresponde -, la de un pueblo. Quien haya viajado en metro por esta ciudad, entenderá por qué la palabra “pueblo” se me cae de la boca cada vez que pronuncio “Múnich”. Basta con entrar a cualquier estación (anuncio a pasajeros: en Múnich, como en cualquier otra ciudad alemana, el metro carece de barreras de entrada, lo que no es una invitación a entrar de gorra ni a hacer como si uno no hubiera visto la máquina para validar el billete) y uno parece entrar en una estación de trenes: espacios amplios y trenes pasando con cierta regularidad. Salvo en las paradas más céntricas, donde dos líneas comparten la misma vía para desconcierto del néofito (cuánto desprevenido no habrá acabado en la otra punta de donde vive por no pestrar atención a este pequeño detalle), el metro pasa cada diez minutos. Un sábado por la noche puede ser todavía más mezquino. Por eso me he aficionado al app de la empresa pública de transportes y a ir en bicicleta cuando el tiempo lo permite.

Pese a ser una ciudad grande para estándares alemanes y europeos (1,4 millones de habitantes, la tercera más grande de Alemania), Múnich tardó en inaugurar su primera línea de metro. Fue en 1971, con ocasión de los Juegos Olímpicos celebrados en 1972. Muchos vagones conservan el diseño de la época. Ocurre como con el el peinado y la ropa de muchos alemanes: parece que, para algunos, el tiempo no ha pasado. El metro de Múnich siguió las tendencias arquitectónicas de las edificaciones públicas de aquellos años y que Tony Judt describió acertadamente en su Postguerra. El metro se construyó respondiendo a los criterios de simplicidad y funcionalidad, ajeno a cualquier criterio estético que no fuera el del mal gusto. Cuando en los años ochenta a las autoridades les dio por fijarse en la forma, cometieron desperfectos a la vista como la estación de Rotkreutzplatz, con sus tonos marrones tristones. Y como no podía ser de otra forma en estos casos en los que las autoridades públicas intentan arreglar lo que ellos mismos se han cargado, el desperfecto se perpetuó impunemente: al burócrata y arquitecto de turno les dieron por los tonos verdes y amarillos y acabaron por hacer de la primera línea de metro, la U-6, un quilombo. Luego les dio por decorar las nuevas líneas de forma individual, con resultados desiguales, según el humor del arquitecto a sueldo. Una de mis preferidas es la de Moosacher St. Martins-Platz. Por las habituales broncas con mi exnovia, sumé muchas horas nocturnas observando los mosaicos que adornan los azulejos de las paredes, intentando descrifrar las innumerables fotografías que los componían, mientras esperaba un metro que parecía que nunca llegaba.

El gran acierto del metro de Múnich, ahora bien, son sus espacios amplios. Para claustrofóbicos como Enric González y un servidor, que viven un viaje en el metro de Londres como una odisea, que una parada de metro disponga de techos altos, paredes anchas y pocas columnas que se coman el pequeño espacio característico de una instalación así es una bendición. Como lo es entrar al vagón y poder brincar sin miedo a darse un coscorrón o rozarse con el primer indeseado. Incluso en los momentos de hora punta, cuando hay que entrar a empujones y el metro va con retraso – y, créanme, en Múnich, esos momentos se repiten día sí y día también -, saberse en esa clase de espacios da mucha tranquilidad.

Viajar en metro tiene efectos lenitivos para algunas personas que conozco. Mi amigo el escritor Víctor Navarro me reconoció una vez que, cuando él vivía en Copenhague, los viajes en metro le reconfortaban, especialmente a esas horas de la noche en que no hay nadie. A mí me pasa algo parecido. Pese a la connotación algo lúgubre del lugar – ¿o quizá precisamente por eso? -, el viaje en metro tiene a altas horas de la noche un aura de intigra; resulta a veces como una metáfora, si se me permite la insolencia, de un viaje al corazón de las tinieblas. En definitiva, todo lo que a un claustrofóbico tranquiliza.

*

Anoche en el metro, mientras volvía con Sophie de un curso de baile, recibí una de las más humillantes lecciones de periodismo. Sophie me comenta el primer post de este dietario. No en balde, ella es coprotagonista. Dice que le sorprende que pueda escribir tan rápido. La corrijo: escribo rápido el borrador, pero tardo el doble corrigiéndolo. “A veces cambio una palabra cuatro o cinco veces”, le digo, “para luego dejar la primera que había elegido”. A lo que Sophie repone con una naturalidad sin malicia: “A mí me pasa lo mismo con la ropa: me cambio cuatro o cinco veces de vestido antes de salir de casa y al final me pongo el primero”. Elegir una palabra (Wortwahl) como quien elige un vestido (Klamottenwahl). Una coquetería.

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