Dietario de Múnich (V)

Ha sido un domingo soleado, con cielo despejado y una temperatura perfecta (25 grados) que incita a vivir. Luis nos invita a Fernando y a mí a comer en su piso, en el barrio residencial de Neuhausen-Nymphenburg, al oeste de la ciudad. Comemos en el balcón una pasta fácilmente perecedera que Luis ha cocinado con esmero de gourmet. Reina la tranquilidad y el aburrimiento. Es Múnich en su estado puro en un mediodía de domingo. En la sobremesa propongo a Luis ir a dar una vuelta en bici por el Isar, aprovechar que hace buen tiempo. La temperatura es propicia para el biquini y el topless, aunque uno haya que tener mucho valor para bañarse en esas aguas frías y con poco encanto. Eso no importa a los lugareños. Múnich y sus alrededores cuentan con varios lagos que en verano se llenan hasta la sombrilla. Una piel curtida en el Mediterráneo no se zambulle fácilmente por esas aguas, por lo que en dos años han sido contadas las ocasiones que me he atrevido a bañarme.

Múnich tiene un problema con el agua. A diferencia de otras ciudades importantes alemanas como Fráncfort, Hamburgo, Colonia o Berlín, Múnich es atravesada por un río que técnicamente no es más que un afluyente del Danubio, si se me permite la licencia. El Isar no es un río navegable, por lo que explica la difícil relación histórica de la capital bávara – y en sentido amplio, toda la región – con el desarrollo y el comercio y su tardoindustrialización. No se puede decir lo mismo de las ciudades arriba mencionadas, cuyo progreso histórico no podría entenderse sin la presencia de los ríos que las atraviesan.

El Isar, como la ciudad que cruza, se ha convertido con el tiempo en un lugar lúdico, que se puede recorrer casi por completo en bicicleta o a pie hasta llegar a su desembocadura en el Danubio, a la altura de la localidad bávara de Deggendorf. Su orilla es fácilmente accesible, por lo que cuando llega el buen tiempo, los muniqueses la ocupan limpiamente. En este sentido, el Isar supera a sus homólogos mayores: en accesibilidad, pero también en limpieza. Ni el Meno en Fráncfort, el Rin en Colonia o el Spree en Berlín – ya no menciono el Elba en Hamburgo – pueden competir en prestaciones lúdicas con el pequeño Isar. Su cercanía acentúa el carácter pueblerino de Múnich. Personalmente, no hay mejor momento del año, ni mejor lugar, para reconciliarse con los demonios bávaros. No los exorcizo en sus aguas, que están frías. Pero me conformo con sentarme en su orilla y disfrutar del gentío tranquilo.

Luis y yo nos colocamos a la altura del puente que se alza entre la Fraunhoferstrasse y la Ohlmüllerstrasse, muy cerca de Kolumbusplatz. Allí residí mis primeros once meses en Múnich. Allí viví mi primer verano y mi primer y único amor muniqués, por lo que este río estará siempre ligado a la memoria sentimental de esta ciudad. Contra la nostalgia y su pariente cercano la melancolía, la vulgaridad es a veces un buen antídoto. Nuestro criterio de ubicación es sencillo: donde esté el mejor culo y las mejores tetas. Luis localiza una rubia a la que mira continuamente por el rabillo del ojo, mientras yo disimulo leyendo las páginas de cultura del Die Zeit. No hay mejor subterfugio para unos golfos que las páginas de un feuilleton de alto vuelo intelectual. Aunque no sé si este es el mejor contexto para enfrascarse en el debate sobre el realismo que expone magistralmente la redactora jefa de cultura, Iris Radisch, o en una reseña del hasta ahora libro inédito que Elias Canetti dedicó a la muerte (Das Buch gegen den Tod, El libro contra la muerte).

Mientras subimos por el Isar hasta llegar al Jardín Inglés diviso un par de despelotes perdidos entre la mirada y la compañía indiferentes de la multitud. Al dejar el Jardín Inglés, Luis me llama la atención sobre un tipo que está nadando desnudo junto a uno de los pequeños puentes. Es la zona de los nudistas y está ubicada justo el lado de una de las entradas principales del parque. También una de las más bulliciosas. Los alemanes tienen una relación con el desnudo que a los mediterráneos de cultura católica nos deja pazguatos. Así como su fuerte vínculo con la naturaleza y las actividades al aire libre que hace de la ciudad, en un puente festivo como este y pese a todo lo que puede ofrecer, un lugar abandonado. Y del urbanitas, una especie rara. Así me he sentido durante estos días, en el que rechacé toda invitación a ir a la montaña o al campo. La ciudad ha estado buena parte del tiempo desértica y desnuda en su soliloquio, como aquellos tipos que divisaba en mi pequeña ruta en bici junto al Isar.

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