Dietario de Múnich (II)

Baviera celebra hoy el Corpus Christi. La ventaja de un día como hoy es que uno puede pasear por la ciudad sin que algún muniqués asome por las calles. Muchos han aprovechado el día festivo para hacer un puente que les llevará a los Alpes o a Italia y no regresarán hasta el domingo por la tarde. Los de recursos más modestos, o aquellos que han de trabajar mañana, pueden aprovechar este día y estos días de tranquilidad para meditar por el Jardín Inglés (Englischer Garten) entre las pocas mujeres en biquini que quedan o dar largos paseos por la ciudad sin el ajetreo de coches y bicicletas temerarias. Siempre he criticado esa política religiosa de mantener los comercios cerrados en domingo y festivos, pero desde que me fui a vivir a Austria, y sobre todo, a Múnich, no sólo me he acostumbrado, sino que he llegado a valorar como ningún bávaro la ventaja de una costumbre así.

Reconozco que hay un punto de egoísmo en esta opinión y que todo obedece a una tendencia huraña, que se acentúa cada vez más con los años, de poder contemplar la ciudad vacía de gente, sin oír el berrinche de nadie. También hay otro aspecto hedonista en todo esto: los mejores momentos con una mujer los he tenido paseando por calles vacías, en noches primaverales y veraniegas irrepetibles (aunque siempre acabe repitiendo el mismo pecado en los mismos lugares), con un final casi siempre feliz. Y en este sentido, Múnich es uno de los más bellos escenarios para perderse con una mujer (o un hombre, si el gusto es de ella… o de él). No es mi intención hacer de estos apuntes una guía para enamorados o aprendices de tales, pero si de he elegir un barrio para cometer un crimen, este es sin duda el de Schwabing-West. Me mudé ahí hará algo más de un año, aunque lo hiciera en sus fronteras menos opulentas, al borde del tradicional barrio obrero de Milbertshofen (sí, existió y existe todavía algo así en esta ciudad señorial) y de forma casi involuntaria – y no con el propósito de establecer una base de operaciones para devaneos amorosos.

Cuando hablo de Schwabing no me refiero, claro está, al distrito Schwabing-Freimann, al otro lado de la Universidad, que comprende la parte noroeste del Jardín Inglés y sube hasta Freimann. Schwabing-West, como su nombre indica, está al lado oeste de la Leopoldstrasse, una de las calles centrales de la ciudad. Entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, hasta la Primera Guerra Mundial, este pequeño barrio se convirtió en uno de los centros artísticos e intelectuales de la ciudad y, de atender la descripción de Thomas Mann en Gladius Dei, de Alemania. “Múnich iluminaba”, escribía el autor de Lübeck, que residió una época en este barrio; al que, por cierto, le dedicó las únicas páginas muniquesas de su gran novela Los Buddenbrook. Thomas Mann, Rilke o Hermann Hesse, o el movimiento artístico Der Blaue Reiter (El jinete azul), son algunos de los nombres eminentes que desfilaron por este barrio. Una impronta de esa explosión creativa e intelectual se puede encontrar en el ya desaparecido semanario satírico y antiautoritario Simplicissimus, cuyos ejemplares (solo algunos) todavía se pueden observar en las vitrinas de los anticuarios del barrio, como el Hammerstein de la Türkenstrasse o el Heinrich Hausner y el J. Kitzinger de la Schellingstrasse.

Poco queda ya, sin embargo, de aquel Schwabing. La vie bohème de la ciudad se ha trasladado al sur del río Isar, en el barrio de Haidhausen, o al Glockenbach, donde ahora tiene lugar la escena joven de Múnich; un pigmeo, por cierto, frente a la arrolladora Berlín o la siempre irreverente Hamburgo. Schwabing se ha convertido en un barrio residencial donde reina la tranquilidad de las clases acomodadas de la izquierda sociológica biempesante y ecologista (en las últimas municipales, celebradas este año, socialdemócratas y verdes sumaron más del sesenta por ciento de los votos). Un barrio con alquileres cada vez más insufribles para sus residentes, y con restaurantes y cafés cuyos precios a duras penas se pueden permitir los desheredados de tanta bondad ideológica.

En Schwabing, Tina y yo solíamos pasear muchas noches del año, ya fuera verano, invierno o primavera, hiciera calor o frío, estuviéramos en guerra o en paz. Nos encantaba caminar sin rumbo y contemplar las casas con el mismo anhelo que esos personajes de la canción Mansion on the Hill de Bruce Springsteen. A veces Tina solía recordarme despiadadamente que con mi salario y mis perspectivas de futuro sería mejor que no me hiciera ilusiones y que prometiera poco. Le encantaba hacerme rabiar con reproches que hasta cierto punto me resbalaban, como que había estudiado una cosa inútil (lo que era cierto) y que de ser abogado o ingeniero contemplaría esas casas desde dentro.

Terminada la guerra fría he vuelto a pisar varias veces esas calles – qué remedio, vivo en la esquina -, especialmente por las noches y en compañía de alguna víctima desprevenida de los encantos del lugar. Algunas noches, cuando llega el buen tiempo, atravieso sus calles con la bicicleta y me paro a observar sus restaurantes, la iluminación austera de sus calles y la arquitectura perfecta de sus casas, con ventanales iluminados y sin cortinas que invitan a fantasear sobre la vida privada de sus gentes.

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