Dietario de Múnich (I)

A S. J., por su aliento

La Stiglmaierplatz es uno de los lugares de más tráfico de la ciudad. O al menos, así siempre la he recordado, cuando algunas mañanas tenía que atravesarla para ir a la oficina de Hacienda. Por esa plaza o cruce atraviesa una de las calles más largas de Múnich, la Dachauerstrasse, que conecta el barrio de Moosach con la estación de trenes. Por las tardes, una vez superada la hora punta, y cuando todos los muniqueses están en casa preparando la cena, corriendo por el parque o cenando en una terraza, el lugar se convierte en un páramo, como ocurre con muchas de las calles agraciadas de esta ciudad.

Es una tarde soleada pese a que el parte meteorológico llevaba toda la semana anunciando tormenta. Quien lleva un tiempo en Alemania ha de aprender a vivir con esa clase de imprevistos. De ahí que no entienda la manía planificadora de muchos alemanes, una contradición absoluta con la naturaleza del lugar: planean los fines de semana o los puentes en función de una previsión meteorológica que casi siempre yerra. ¿No sería entonces mejor dejarse llevar por la espontaneidad, esa forma de vida que a los alemanes aterra?

En Stiglmaierplatz me encuentro con Sophie, una amiga de Berlín que no me tolera ni un minuto de retraso, ya no digo cuando se trata de diez o quince. Hago abuso de las peores excusas – sí, podría haber empezado antes a planchar la camisa – y le presento mis disculpas con dos entradas de teatro para ir a ver El gran Gatsby, una adaptación del joven director Abdullah Kenan Karaca de la obra homónima de Scott Fitzgerald. La representación tiene lugar en el Volkstheater, un lugar entrañable, que tiene la costumbre de dar cabida a adaptaciones modernas de clásicos de la literatura por jóvenes directores atrevidos. Ya había estado una vez por La vida es sueño de Calderón de la Barca. De aquella representación solo puedo retener los gritos y acrobacias que el actor principal hacía en el papel de Segismundo y la estampida de frases sacadas de la obra original que se proyectaban sobre el escenario. También recuerdo algún pene suelto revoloteando por el decorado. Y alguna teta. O más bien, un buen par de tetas. Y la bronca con mi exnovia. Más no puedo.

Al entrar al patio del Volkstheater nos encontramos con una pantalla enorme que retransmite el partido de Bélgica contra Algeria. Múnich se ha convertido en estos días de Mundial en una public viewing con una ciudad dentro. Alemania no podía quedarse atrás en esa moda de tan mal gusto para los futboleros de toda la vida, que sólo entienden un acontecimiento así en la intimidad del hogar, que es donde uno ha de quedarse – con cerveza y aceitunas en mano -para sufrir las penas.

La obra se representa en la pequeña sala (kleine Bühne) del Volkstheater. El decorado es sobrio y en la escena intervienen los cinco protagonistas principales de la novela, fieles al vestuario de la época.: los (auto)destructivos Daisy y Tom Buchanan, la inteligente Jordan Baker, el sensato Nick Carraway y el inasible Jay Gatsby. La adaptación está plagada de diálogos chispeantes y ocurrentes que despiertan la risa del público. Es entretenida y a ratos original, como la escena en que los personajes celebran una fiesta, postrados en la pared, moviendo la cabeza de un lado a otro, con máscaras, cual títeres en una taberna platónica. Todos los caracteres son más o menos fieles a la obra original, salvo la del narrador de ésta, Nick Carraway, que pasa de sensato a payaso en un golpe desafortunado de adaptación. Ahí se encuentra una de las grandes osadías del joven director hamburgués (tiene 25 años), solo superada por el final absurdo que da a la obra, con un Gatsby redivivo. La adaptación cumple para llenar una tarde, pero no para llenar un recuerdo.

Salimos del teatro algo confusos. Sophie comenta su final raro. Yo no sé qué decir. Muchas de estas adaptaciones modernas me dejan siempre descolocado, cuando no indiferente. Tal vez me falte osadía para entender la adaptación o tal vez no haya nada que entender. No importa. Al salir del teatro hace una noche espléndida. Son las nueve y media de la tarde y el sol todavía no se ha ido. Alargamos indecisos el tiempo hasta nuestro próximo destino, todavía por definir. Por el camino vamos haciendo y deshaciendo planes que tal vez nos lleven a Barcelona o a ninguna parte, mientras yo maquino en mi cabeza alguna que otra travesura. Vamos a parar al restaurante Pepenero, un italiano elegante pese a sus precios, a la altura de la Münchner Freiheit, en la Feilitzschstrasse. Esta calle, con sus restaurantes y su arquitectura, siempre me retrotrae a los momentos más felices de la Lower West Side. Es, sin duda, una de las esquinas más neoyorquinas de la ciudad. Sophie y yo avanzamos, como un simulacro de peces de ciudad, y pese a la advertencia de que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.

 

 

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