Archivos Mensuales: junio 2014

Dietario de Múnich (IX)

La semana trae a veces días tontos que uno valora por significar un alto en la insulsa cotidianidad. Son días que coinciden con mal tiempo, precedidos en sus niveles más tontos por una noche de fiesta hasta altas horas de la madrugada, a poder ser con despertar resacoso. El domingo suele reunir las condiciones necesarias para llevarse el galardón, especialmente en una noche como la de ayer, en la que se celebró la fiesta de apertura del Festival de Cine de Múnich. Al echar la vista hacia atrás, hago un balance – preocupado – por los cambios que mi vida ha sufrido en los últimos meses: en las dos ediciones anteriores no falté a casi ninguna de las películas de obligado cumplimiento, pero me perdí todas las fiestas. Este año voy camino de cometer el mismo error, pero a la inversa: ya me he perdido los dos primeros días de estrenos, pero no he faltado a ninguna fiesta. No creo que suponga una mejora.

Un día tonto como este hay que dedicarlo a cosas inútiles, por lo que me voy a un museo. Mi amiga Katharina me dice de ir una exposición a la Kunstbau de la galería Lenbachhaus, en Königsplatz. Ahí me presento con toda la tropa de artistas: Luis, un químico; Andreas y Fernando, dos ingenieros que trabajan para BMW. En los últimos meses me he rodeado de ese tipo de amistades, en su mayoría ingenieros de formación y profesión. Gente práctica, de provecho. Me alegra mucho acudir a esta clase de lugares con gente mentalmente saludable, de quienes sé que no tendré que oír memeces acerca de la exposición y el arte contemporáneo. Sus juicios pueden pecar de ingenuos y ser parcos en su argumentación. Pero son de una franqueza bellísima: “Vaya rollazo”, “ese está interesante”, “esto me mola”.

La exposición lleva por título Playtime, en referencia a la película homóloga de 1967 del francés Jacques Tatis. Trata un tema del que nadie puede escapar: el trabajo. La exposición se abre con un conjunto de monitores que ofrecen imágenes de la vida de un artista – cuyo nombre me guardo de mencionar – en su casa (en su habitación de trabajo, en la cocina, en el salón, etc.). Algo parecido ya lo he visto en las salas de seguridad de un supermercado, un centro comercial, un banco o una aseguradora. Solo que a nadie le da por elevar esos lugares sórdidos a los altares del arte. El resto de la exposición me provoca  el mismo apasionamiento y, a medida que avanzo, no entiendo nada. Hay un vídeo de una artista, de un solo plano, en el que se está follando a un tipo en un hotel. Sigo sin entender qué pinta ahí ese vídeo, pero no ha dejado de despertar el interés de algunos niños, que tampoco entienden nada, pero se lo pasan bomba.

La exposición acaba con una breve pincelada sobre la vida de los artistas y su relación con el trabajo, o, más bien, una inane pataleta contra la sociedad capitalista, por no saber considerar el valor del trabajo artístico. Entiendo la frustración de muchos artistas por no poder dedicarse a tiempo completo a su pasión. Y lamento que muchos de ellos deban trabajar, como el resto de mortales que no han sido tocados por la varita de la creación o la subvención. Pero no deja de provocarme sorpresa la rabieta: pues no hay lugar en el mundo donde el arte esté más subvencionado que en las llamadas “sociedades capitalistas”. Cuando oigo estos plañidos me viene la paráfrasis de una sentencia de Goebbels que Sánchez Ferlosio sentó en un artículo ya clásico: “En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador” ( “La cultura, ese invento del Gobierno”, El País, 22/11/1984).

La exposición me resulta por momentos una burda adaptación contemporánea de un arte tan burdo que se conoció como realismo socialista. Para más descaro, se presenta a sí misma – la exposición – como una mirada crítica contra el “capitalismo real”, ese fantasma que solo ha existido, cual manía persecutoria, en la mente de socialistas reales. Cuando salgo, me entretengo a leer la presentación: “El trabajo es más de la mitad de la vida: es el puntro central de nuestras vidas. La historia del trabajo empieza con la historia de la humanidad (sic). El hombre tiene que trabajar para asegurar su manutención”. Y para acabar: “Objetivos económicos y estructuras de pensamiento neoliberales se extienden a todas las parcelas de la vida, y no se detienen frente a las otrora parcelas protegidas como las de índole educativo y social. A la vez experimentamos una creciente precarización de las relaciones laborales y una solidaridad en declive con las personas, para quienes el trabajo diario ya no les llega para asegurar su existencia. Quien no tiene trabajo, parece no tener futuro”. O monta una exposición así.

Después de una hora escasa, la tropa da señales de cansancio, se amotina y amenaza con ir a tomar algo. “Ya he tenido suficiente arte por hoy”, suelta uno. “Esto ya es un rollazo”, añade el otro, o el mismo, qué importa. Katharina, que es más sensible, se queda un rato más, mientras nosotros nos precipitamos al café más cercano. Y así nos agarramos a este domingo tonto, apurando las últimas horas de la forma menos productiva posible. Mañana toca trabajar.

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Dietario de Múnich (VIII)

La Volkshochschule organizó ayer un tour por el Múnich de Max Weber. Este año se conmemora el 150 aniversario del nacimiento del pensador alemán más importante del siglo XX, según Karl Jaspers (quien, por cierto, se perdió la otra mitad del siglo para juzgarlo), y esta instituación pública le ha rendido homenaje con diversas conferencias que se celebraron entre abril y mayo. Cuando me enteré del ciclo lo anuncié a bombo y platillo entre mis amistades muniquesas. Amenacé a todos con ir a cada una de las conferencias. Y lo peor: los amenacé con llevarlos. Pasó abril y mayo, me perdí tras una falda que me imponía unos horarios de encuentro que coincidían con las conferencias, y me las salté todas, las conferencias y la falda, en un personalísimo homenaje a Max Weber (más adelante sabrán por qué). El tour que cierra el ciclo, eso sí, no me lo quise perder. Enredé a Helge para que me acompañara – ayer no dejó de recordarme mis amenazas – y allí nos encontramos, acompañando al grupo de jubilados que suele asistir a esta clase de citas. Fue un auténtico viaje al Múnich de Weber.

Tengo a Max Weber por uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Decirlo así, veinticinco años después de la caída del Muro, a toro pasado, puede sonar a lugar común. Y sin duda lo es. Pero una afirmación así sobre Weber también cobra otra relevancia, aunque sea también a toro pasado: Max Weber es, a mi juicio, el pensador del siglo XX más infravalorado e injustamente ignorado. Se le redescubrió tarde y mal, a veces en un pack de citas que no hacen justicia a la complejidad de su obra, mucho más rica y actual que la de su antagonista “fantasma”, Karl Marx. Por citar algunos de sus hits más conocidos: la distinción entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción que estableció en su famosa conferencia “La política como profesión”; la mal traducida expresión “jaula de hierro” que supone la burocracia moderna, máxima expresión de lo que llamó la racionalización del mundo y su consecuente “desencanto”. El problema de esta injusticia no radica en un obra dispersa y fragmentada que no llegó a cohesionar quizá por falta de tiempo – murió en 1920, con 56 años -, quizá por esa pasión insaciable por abarcar todos los campos posibles del conocimiento social o por su natural carácter depresivo.

Uno de sus más recientes biógrafos, Dick Kaesler, lo señalaba en una reciente entrevista en Der Spiegel: “[Después de la Segunda Guerra Mundial] la sociología alemana estaba influida por la siguiente dicotomía: por un lado, una línea de pensamiento buena y marxista bajo la influencia de la Escuela de Fráncfort; por el otro lado, una sociología malvada, peligrosa, fascistoide y burguesa, para la que hubo una personificación, y esta se llamaba Max Weber”. Se tardó tiempo en rehabilitar a Weber en las facultades de sociología y cuando se hizo fue a regañadientes y pagando un peaje, como el de la famosa frase de que su obra “fue un diálogo con el fantasma de Marx” – lo que puede que sea cierto, si no confundimos la palabra “diálogo” con ese artefacto buenista e inane en el que ha derivado. La obra de Weber no es, a mi juicio, un “diálogo” con Marx. Fue un ataque intelectual – el de Weber, Marx ya estaba muerto – de alto vuelo; un obús que tardó casi un siglo en hacer efecto. El “fantasma” de Marx y sus acólitos ganaron las batallas – y de qué forma -, pero Weber ganó la guerra a título póstumo. Sé que aquí me arriesgo a deslizarme por el tobogán de los tópicos: pero nunca antes una frase tan cansina como “su obra es más actual que nunca” había sido tan justa aplicada a alguien como Max Weber. Por justicia intelectual, claro, y porque indigna el mal trato que sufrió su obra por la morralla de académicos e intelectuales marxistas y postmodernos que dominó la segunda mitad del siglo XX. Y porque una lectura de su obra a la luz de los acontecimientos del presente es mucho más estimulante que la de ese mamotreto de El Capital, cuyo uno de sus últimos epígonos, un tal Piketty, parece querer resucitar en su versión 3.0.

 *

Max Weber llegó a un Múnich en pleno estado revolucionario en el verano de 1919, después de unos años como profesor en Viena. La historia de Weber en Múnich es, si se me permite, una historia de amor. No con la ciudad, a la que Weber no le tenía un aprecio más elevado que al resto de lugares donde había residido antes – allí donde vivía, decía sentirse siempre como un extranjero. Fue una mujer lo que le llevó allí. Y no su mujer, Marianne Weber. Sino una amiga de esta, Else Jaffé, esposa a su vez del profesor de economía Edgar Jaffé, un buen amigo de Weber. Que nadie piense en triángulos o rectángulos amorosos o intrigas de cama paramatrimoniales. Lo de Else Jaffé y Max Weber fue descarado y no un affaire a dos bandas, sino a una, la del fogoso Weber. Marianne lo sabía y lo asumía (quería que su marido fuera feliz). Y Weber se dejó llevar por sus pasiones, a veces trasladadas a sus escritos – uno de sus biógrafos, Joachim Radkau, señala que al escribir su conferencia “La política como profesión”, que pronunció en sus años de Múnich, “sus pensamientos [según se desprende de sus notas personales] estaban con Else, y al referirse una y otra vez a la `pasión´, no sólo pensaba en la pasión política”.

Puede resultar curioso conocer esa faceta de Weber. En los estudios de sociología se le perfila como el pensador que preconizaba y personificaba una ciencia desapasionada, alejado de desparrames e histrionismos ideológicos. Se habla de una imagen pública, entre colegas y estudiantes, de un profesor e intelectual moderado y poco dado a los excesos. En resumen, la contrafigura de Marx. No obstante, sus biógrafos más recientes – y aquí me refiero sobre todo a Radkau – evocan a un Weber que durante su vida, tanto en lo profesional como en lo privado, se movió a veces a golpe de pasiones, cuando no de bragueta. Sus artículos políticos publicados en la prensa alemana durante la Primera Guerra Mundial, en los que acusaba al entonces Kaiser Guillermo II de conducir a Alemania al precipicio, estaban escritos, de atender a las opiniones de su amante Else y otros allegados, por un odio irracional a la figura del Kaiser. Cuando la asociación Freistudentische Jugend (Juventud Estudiantil Libre, un movimiento que agrupaba a estudiantes no afiliados a las corporaciones y cofradías estudiantiles tradicionales), le invitó a dar la famosa conferencia que llevaría por nombre “La política como profesión”, Weber la rechazó en un principio. Si acabó por aceptarla fue para evitar que en su lugar hablara Kurt Eisner, entonces jefe de gobierno de Baviera al que Weber odiaba profundamente. Por último, no resulta menor mencionar que la razón principal de su mudanza a Múnich era la de estar cerca de su amante.

Esto no quiero decir que todos sus trabajos estuvieran guiados por rencillas o apasionamientos personales. Pero que Weber fue un personaje al que las emociones – y, sobre todo, los problemas emocionales – le llevaron en muchas ocasiones al borde del precipicio no es una exageración: en 1898, y al poco de haber empezado un prometedora carrera como profesor y científico en las universidades alemanas, Weber cayó en una depresión de cojones. Me perdonarán la expresión, pero de hacer caso a sus biógrafos, detrás de esa depresión hay componentes extrañamente sexuales, o más bien, de impotencia combinada con deseo sexual. Y subrayo lo de “extrañamente”, pues no deja de provocarme cierta urticaria el tufo psicoanalítico del diagnóstico. Su biógrafo Kaesler señala que Weber sufría erecciones y “derrames” nocturnos tres o cuatro veces por noche, según las anotaciones que él mismo escribía a su esposa. Pero al día siguiente, no woman, no sex. Su madre y su esposa pensaron incluso en castrarlo.

Sin duda, la complejidad de sus problemas psicológicos no se resumen en un problema de fogosidad sexual imposible de canalizar. Hay mucha especulación en la que me ahorraré de entrar. Los hechos, sin embargo, apuntan a una situación personal estremecedora, que le apartó de la universidad y la vida pública: y es que durante cinco años, Weber fue incapaz de leer y escribir una línea sin que el mundo no se le cayera encima. Weber nunca se llegó a recuperar del todo y durante el resto de su vida sufrió recaídas – aunque ninguna de la magnitud que sufrió en 1898 -, además de arrastrar otros problemas como los trastornos del sueño. Era tan hipersensible que no perdonaba a ninguna visita interrumpirle una siesta, hasta el punto de dejarla en la calle esperando hasta que pasara el tiempo prescrito para dormir.

*

Else Jaffé y Max Weber se conocían de hacía tiempo. De hecho, Else fue primero amante de Alfred Weber, el hermano de Max Weber. Al pensador alemán se le conocen dos amantes en su vida. La primera, Mina Tobler, una pianista que había conocido en 1909, ya recuperado de su depresión, fue un pasatiempo que, dicen, liberó a Weber de muchos de sus demonios. Su esposa Marianne, que también conocía a Tobler, lo toleró como pudo por el mismo motivo por el que toleró su posterior affaire con Else Jaffé: creía que eso era bueno para su marido. Sin embargo, lo de Weber y Jaffé se convirtió en algo más que un pasatiempo. Cuando se reencontraron en Múnich en 1919, los escrúpulos con los que habían llevado hasta ahora su aventura se desmoronan. Max Weber deja a un lado toda inhibición. Y como decía antes, de forma descarada. Al trasladarse con su esposa a Múnich, pasan los primeros meses en la casa de los Jaffé en la Konradstrasse, en el barrio de Universidad, justo en la misma calle donde décadas más tardes, en los cincuenta, se fundaría el Instituto de Sociología de la Universidad de Múnich; en homenaje, por cierto, a Max Weber. Allí, y pese a las constricciones lógicas del ambiente, Weber y su amante perdieron los estribos – y la vergüenza – en más de una ocasión.

Un recorrido por el Múnich de Max Weber no deja de ser un itinerario breve y melancólico en la fase final de la vida de uno de los grandes pensadores del siglo XX. Se trata de lugares que, casi un siglo después, yo no existen o se han transmutado en lugares irreconocibles. El auditorio de la Adalbertstrasse, donde dio sus famosas conferencias reunidas bajo el título El político y el científico, es ahora una pizzeria. Algunas de las salas de la Universidad donde impartió sus conferencias y seminarios están cerradas. La primera casa donde residió provisionalmente antes de que llegara su esposa, justo al lado de la Biblioteca Pública Bávara, es ahora una guardería. Intelectual y personalmente fueron estos dos últimos años de su vida unos años de euforia, aunque Weber temía que esta fase no dudaría mucho tiempo y que la caída y la crisis eran inminentes.

A principios de junio de 1920, un cartelito colgado en el seminario donde impartía sus clases anunciaba: “La lección de hoy queda suspendida por enfermedad. Se recuperará pronto”. Pocos días después, el 14 de junio, Max Weber fallecía en su casa de la Seestrasse, cerca del Jardín Inglés. Su mujer Marianne y su amante Else le acompañaron en su lecho de muerte.

Dietario de Múnich (VII)

Reencuentro con Helge en el Café de Nordbad después de dos semanas sin vernos. Helge ha pasado cuatro días en Viena, de donde ha regresado entusiasmado por haber visitado una auténtica Weltstadt, una metrópoli. Eso lo dice él, que es un nostálgico. Y yo, que soy otro nostálgico, lo suscribo: la Viena, mi Viena, y en menor medida, la Viena de Helge (él tiene menos pájaros en la cabeza) pasa por el filtro ilusorio de Stefan Zweig, Karl Kraus y Rainer Maria Rilke. La Viena del Café Central, por ejemplo. Esa Viena que ya solo existe en los libros – si es que alguna vez existió en otro lugar. Tan detallista como es, me envió una postal que recibí el lunes. Se trata de una foto del Café Hawelka en la Dorotheergasse. Helge conoce mi afición – que es también la suya – por los Kaffeehaus.

Desde que nos conocimos en la editorial Langenscheidt, iniciamos una amistad ligada a los cafés de Múnich. Helge y yo solíamos citarnos en el barrio de Universidad. Yo me había quedado sin proyecto en la editorial, estaba desempleado y pasaba casi todos los días en la Biblioteca Pública Bávara, conocida popularmente como la Stabi. Helge solía rescatarme algunas tardes del tedio para tomar un café. En el Bar News, el Café Puck, el Vorstadt Café o el inglés Brown´s Tea Bar – tan inglés hasta en sus horarios, que cierra puntualmente a las seis de la tarde – montábamos nuestras pequeñas tertulias. La tarde entera se nos iba hablando sobre lo humano y lo divino, saltando de tema en tema, arreglando el mundo y la vida con la única arma de una taza de café. Como ven, dos hombres de acción.

Cuando me mudé a Schwabing, cambiamos nuestros encuentros al Bamberger Haus del Parque Luitpold – cuando hacía buen tiempo – o al Café de Nordbad, movidos más por la pereza que por lo asombroso del lugar: el Café de Nordbad es un café corriente y repetible. Pero está en Schwabing, nos coge  a medio camino de nuestros respectivos pisos y Helge es un zángano y yo otro. A veces nos ha dado por innovar y nos hemos citado en la céntrica Literaturhaus – normalmente, para ver antes una exposición – u otro café de Schwabing. En los últimos meses, sin embargo, la costumbre y la pereza nos han ganado la batalla.

Múnich, así como la Viena y el Berlín imperiales, también desarrolló su Kaffeehauskultur. Con el tiempo, los Kaffeehaus han dejado de representar ese crisol de intelectuales con los que se identificó en el siglo XIX y la primera mitad del XX. En ciudades como Viena muchos de estos lugares se han convertido en un parque de atracciones para turistas; algo que Helge, que quería leer su periódico en la compañía y el silencio de un café, comentaba con desdén. En Múnich, en cambio, y exceptuando lugares como el Café Glockenspiel en Marienplatz, donde los camareros son unos bordes, o ese coñazo del Café Luitpold, cerca de Odeonsplatz, los cafés todavía conservan su atmósfera íntima.

He mencionado una retahíla de cafés como quien recita de memoria la lista de los reyes godos. Con tanta carrerilla, he olvidado el Café Mariandl de la plaza Beethoven, que merece una mención especial por ser mi preferido. Curiosamente, es uno de los pocos lugares que no pertenece a esa cartografía de cafés que es mi amistad con Helge. Su interior recrea el clásico café vienés, aunque con mesas de madera. Los domingos se puede desayunar o hacer el brunch acompañado de un concierto de piano y leer el periódico sin que ningún niño esté revoloteando por los alrededores pidiendo un guantazo. Hace tiempo que no voy, por formar parte de esa otra cartografía sentimental de lugares a los que uno no debe volver.

Dietario de Múnich (VI)

Esta mañana ha vuelto la lluvia. Un contratiempo imperdonable que me ha obligado a coger el metro y llegar tarde al trabajo. A diferencia de un alemán sacado de fábrica, no estoy preparado – ni tengo ganas – para ir en bici cuando llueve. Un día así es un correctivo doloroso para alguien que está acostumbrado a apurar hasta el último minuto antes de salir de casa y a perder un metro tras otro. De ahí que me haya aficionado a la bici, para no tener que adaptarme a los horarios disparatados del transporte público – y a sus no menos disparatados precios- y, sobre todo, para no tener que adaptar mis disparatados horarios a los del metro. 

Para vivir, no contemplo seriamente una ciudad que no tenga metro. No solo me parece un criterio civilizatorio y de progreso (esto no quiere decir que, salvo Innsbruck, una ciudad sin metro sea un lugar bárbaro y atrasado). El metro es un buen termómetro para medir el trajín de una ciudad, el rugido de la bestia. Y en contadas ocasiones – la que aquí corresponde -, la de un pueblo. Quien haya viajado en metro por esta ciudad, entenderá por qué la palabra “pueblo” se me cae de la boca cada vez que pronuncio “Múnich”. Basta con entrar a cualquier estación (anuncio a pasajeros: en Múnich, como en cualquier otra ciudad alemana, el metro carece de barreras de entrada, lo que no es una invitación a entrar de gorra ni a hacer como si uno no hubiera visto la máquina para validar el billete) y uno parece entrar en una estación de trenes: espacios amplios y trenes pasando con cierta regularidad. Salvo en las paradas más céntricas, donde dos líneas comparten la misma vía para desconcierto del néofito (cuánto desprevenido no habrá acabado en la otra punta de donde vive por no pestrar atención a este pequeño detalle), el metro pasa cada diez minutos. Un sábado por la noche puede ser todavía más mezquino. Por eso me he aficionado al app de la empresa pública de transportes y a ir en bicicleta cuando el tiempo lo permite.

Pese a ser una ciudad grande para estándares alemanes y europeos (1,4 millones de habitantes, la tercera más grande de Alemania), Múnich tardó en inaugurar su primera línea de metro. Fue en 1971, con ocasión de los Juegos Olímpicos celebrados en 1972. Muchos vagones conservan el diseño de la época. Ocurre como con el el peinado y la ropa de muchos alemanes: parece que, para algunos, el tiempo no ha pasado. El metro de Múnich siguió las tendencias arquitectónicas de las edificaciones públicas de aquellos años y que Tony Judt describió acertadamente en su Postguerra. El metro se construyó respondiendo a los criterios de simplicidad y funcionalidad, ajeno a cualquier criterio estético que no fuera el del mal gusto. Cuando en los años ochenta a las autoridades les dio por fijarse en la forma, cometieron desperfectos a la vista como la estación de Rotkreutzplatz, con sus tonos marrones tristones. Y como no podía ser de otra forma en estos casos en los que las autoridades públicas intentan arreglar lo que ellos mismos se han cargado, el desperfecto se perpetuó impunemente: al burócrata y arquitecto de turno les dieron por los tonos verdes y amarillos y acabaron por hacer de la primera línea de metro, la U-6, un quilombo. Luego les dio por decorar las nuevas líneas de forma individual, con resultados desiguales, según el humor del arquitecto a sueldo. Una de mis preferidas es la de Moosacher St. Martins-Platz. Por las habituales broncas con mi exnovia, sumé muchas horas nocturnas observando los mosaicos que adornan los azulejos de las paredes, intentando descrifrar las innumerables fotografías que los componían, mientras esperaba un metro que parecía que nunca llegaba.

El gran acierto del metro de Múnich, ahora bien, son sus espacios amplios. Para claustrofóbicos como Enric González y un servidor, que viven un viaje en el metro de Londres como una odisea, que una parada de metro disponga de techos altos, paredes anchas y pocas columnas que se coman el pequeño espacio característico de una instalación así es una bendición. Como lo es entrar al vagón y poder brincar sin miedo a darse un coscorrón o rozarse con el primer indeseado. Incluso en los momentos de hora punta, cuando hay que entrar a empujones y el metro va con retraso – y, créanme, en Múnich, esos momentos se repiten día sí y día también -, saberse en esa clase de espacios da mucha tranquilidad.

Viajar en metro tiene efectos lenitivos para algunas personas que conozco. Mi amigo el escritor Víctor Navarro me reconoció una vez que, cuando él vivía en Copenhague, los viajes en metro le reconfortaban, especialmente a esas horas de la noche en que no hay nadie. A mí me pasa algo parecido. Pese a la connotación algo lúgubre del lugar – ¿o quizá precisamente por eso? -, el viaje en metro tiene a altas horas de la noche un aura de intigra; resulta a veces como una metáfora, si se me permite la insolencia, de un viaje al corazón de las tinieblas. En definitiva, todo lo que a un claustrofóbico tranquiliza.

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Anoche en el metro, mientras volvía con Sophie de un curso de baile, recibí una de las más humillantes lecciones de periodismo. Sophie me comenta el primer post de este dietario. No en balde, ella es coprotagonista. Dice que le sorprende que pueda escribir tan rápido. La corrijo: escribo rápido el borrador, pero tardo el doble corrigiéndolo. “A veces cambio una palabra cuatro o cinco veces”, le digo, “para luego dejar la primera que había elegido”. A lo que Sophie repone con una naturalidad sin malicia: “A mí me pasa lo mismo con la ropa: me cambio cuatro o cinco veces de vestido antes de salir de casa y al final me pongo el primero”. Elegir una palabra (Wortwahl) como quien elige un vestido (Klamottenwahl). Una coquetería.

Dietario de Múnich (V)

Ha sido un domingo soleado, con cielo despejado y una temperatura perfecta (25 grados) que incita a vivir. Luis nos invita a Fernando y a mí a comer en su piso, en el barrio residencial de Neuhausen-Nymphenburg, al oeste de la ciudad. Comemos en el balcón una pasta fácilmente perecedera que Luis ha cocinado con esmero de gourmet. Reina la tranquilidad y el aburrimiento. Es Múnich en su estado puro en un mediodía de domingo. En la sobremesa propongo a Luis ir a dar una vuelta en bici por el Isar, aprovechar que hace buen tiempo. La temperatura es propicia para el biquini y el topless, aunque uno haya que tener mucho valor para bañarse en esas aguas frías y con poco encanto. Eso no importa a los lugareños. Múnich y sus alrededores cuentan con varios lagos que en verano se llenan hasta la sombrilla. Una piel curtida en el Mediterráneo no se zambulle fácilmente por esas aguas, por lo que en dos años han sido contadas las ocasiones que me he atrevido a bañarme.

Múnich tiene un problema con el agua. A diferencia de otras ciudades importantes alemanas como Fráncfort, Hamburgo, Colonia o Berlín, Múnich es atravesada por un río que técnicamente no es más que un afluyente del Danubio, si se me permite la licencia. El Isar no es un río navegable, por lo que explica la difícil relación histórica de la capital bávara – y en sentido amplio, toda la región – con el desarrollo y el comercio y su tardoindustrialización. No se puede decir lo mismo de las ciudades arriba mencionadas, cuyo progreso histórico no podría entenderse sin la presencia de los ríos que las atraviesan.

El Isar, como la ciudad que cruza, se ha convertido con el tiempo en un lugar lúdico, que se puede recorrer casi por completo en bicicleta o a pie hasta llegar a su desembocadura en el Danubio, a la altura de la localidad bávara de Deggendorf. Su orilla es fácilmente accesible, por lo que cuando llega el buen tiempo, los muniqueses la ocupan limpiamente. En este sentido, el Isar supera a sus homólogos mayores: en accesibilidad, pero también en limpieza. Ni el Meno en Fráncfort, el Rin en Colonia o el Spree en Berlín – ya no menciono el Elba en Hamburgo – pueden competir en prestaciones lúdicas con el pequeño Isar. Su cercanía acentúa el carácter pueblerino de Múnich. Personalmente, no hay mejor momento del año, ni mejor lugar, para reconciliarse con los demonios bávaros. No los exorcizo en sus aguas, que están frías. Pero me conformo con sentarme en su orilla y disfrutar del gentío tranquilo.

Luis y yo nos colocamos a la altura del puente que se alza entre la Fraunhoferstrasse y la Ohlmüllerstrasse, muy cerca de Kolumbusplatz. Allí residí mis primeros once meses en Múnich. Allí viví mi primer verano y mi primer y único amor muniqués, por lo que este río estará siempre ligado a la memoria sentimental de esta ciudad. Contra la nostalgia y su pariente cercano la melancolía, la vulgaridad es a veces un buen antídoto. Nuestro criterio de ubicación es sencillo: donde esté el mejor culo y las mejores tetas. Luis localiza una rubia a la que mira continuamente por el rabillo del ojo, mientras yo disimulo leyendo las páginas de cultura del Die Zeit. No hay mejor subterfugio para unos golfos que las páginas de un feuilleton de alto vuelo intelectual. Aunque no sé si este es el mejor contexto para enfrascarse en el debate sobre el realismo que expone magistralmente la redactora jefa de cultura, Iris Radisch, o en una reseña del hasta ahora libro inédito que Elias Canetti dedicó a la muerte (Das Buch gegen den Tod, El libro contra la muerte).

Mientras subimos por el Isar hasta llegar al Jardín Inglés diviso un par de despelotes perdidos entre la mirada y la compañía indiferentes de la multitud. Al dejar el Jardín Inglés, Luis me llama la atención sobre un tipo que está nadando desnudo junto a uno de los pequeños puentes. Es la zona de los nudistas y está ubicada justo el lado de una de las entradas principales del parque. También una de las más bulliciosas. Los alemanes tienen una relación con el desnudo que a los mediterráneos de cultura católica nos deja pazguatos. Así como su fuerte vínculo con la naturaleza y las actividades al aire libre que hace de la ciudad, en un puente festivo como este y pese a todo lo que puede ofrecer, un lugar abandonado. Y del urbanitas, una especie rara. Así me he sentido durante estos días, en el que rechacé toda invitación a ir a la montaña o al campo. La ciudad ha estado buena parte del tiempo desértica y desnuda en su soliloquio, como aquellos tipos que divisaba en mi pequeña ruta en bici junto al Isar.

Dietario de Múnich (IV)

A mi compañero de piso Fernando Pérez,
infatigable gourmet, que sabe de lo que hablo

El café en Múnich es, por lo general, malo. Muy malo. Pese a la fiebre italiana que desde hace unas pocas décadas invade cada esquina gastronómica de la ciudad, no he encontrado todavía un solo lugar donde uno pueda tomar un buen café. Recuerdo que mi amigo Víctor Navarro, cuando vino a visitarme a Hamburgo, observó que el mejor café que uno puede beber en estos países – él había vivido en Dinamarca –  era el capuccino. El café solo o espresso está dotado de una amargura insípida, muy a juego, por cierto, con el país (esto no lo decía él). No me puedo explicar cómo el capuccino logra superar la prueba. Tal vez se deba a una equilibrada combinación con la espuma de la leche – cuando la hacen bien y no vierten antes un litro de leche caliente -, o al azúcar que debo echarle para compensar la insipidez.

Decía que todavía no había encontrado un lugar donde tomar un buen café. Exagero. En verdad hay uno. Y si me aprietan, dos. El mejor se puede encontrar en el Café Freiraum – en el barrio de Glockenbach – que pese a tener un nombre tan alemán, se trata de un café restaurante argentino. Su dueño lleva afincado más de veinte años en la capital bávara. Los platos son receta de su esposa Norma. La carta es muy sobria: consta de unos pocos entrantes y platos principales, lo que es buena señal. La carne – dicen – la traen de Argentina. Como los vinos. Y el café es fabuloso. Hace tiempo que no voy al Café Freiraum. La última vez, creo recordar, me tomé dos cafés después de una cena frugal con dos copas de vino. Llevaba un tiempo sin tomar un buen café, con el paladar descompuesto y en proceso de retirada. Ese café le devolvió la vida y a mí el ánimo, por lo que me tomé dos, a lo que no estoy acostumbrado, y me fui como una moto por los bares del barrio. Vaya noche.

Los alemanes tienen un problema con la bebida y la comida. Sólo entienden estas por cantidades y precios. La calidad va a peso. Y cuanto más y más barato, mejor calidad. Recuerdo la observación de Sebastian Haffner en La vida de los paseantes, donde establece una comparación entre el paladar francés y el alemán. Partamos que este último es algo cuya existencia, como la de Dios, hay que poner entre interrogantes (para sacar de apuros a los alemanes, que andan preocupados por eso, se podría parafrasear así aquella campaña del autobús ateo: “Probablemente tu paladar no exista. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”). Decía Haffner que los alemanes, a diferencia de los franceses, sólo entienden el comer como un proceso mecánico, una necesidad biológica y, cuando el trabajo aprieta, una pérdida de tiempo. También son de una tacañería inefable. Es fácil encontrarse un trabajador bien pagado de BMW comprando carne y vinos en el Aldi, que es, para que ese señor lo entienda, como comprarse un SEAT cuando era de propiedad estatal, pudiendo tener un BMW.

A pesar de todo, Múnich es una ciudad muy rica en variedad gastronómica y en cafés. Abundan especialmente los restaurantes italianos y los bávaros. Éstos últimos son la expresión magnífica a lo que me refiero cuando digo que la calidad se mide por el peso: el tradicional codillo de cerdo, que nunca me ha dejado de parecer un plato insulso y vulgar, se debe acompañar con una Weissbier o cerveza de trigo. El efecto es demoledor, pues arrasa con el paladar y ya de paso con el estómago. La combinación provoca en el estómago un nudo de digestión gordiana. Para un alemán es insuperable: cumple rápidamente su función (llena el estómago y por mucho tiempo) y es económico. La manifestación perfecta de la eficiencia alemana.

A los alemanes, en definitiva, y para que lo podamos comprender, les pasa con la comida lo mismo que a los españoles con los tan sacralizados productos culturales. No están dispuestos a gastarse un duro por ellos, por lo que la calidad es una mierda. La diferencia es que los alemanes no son tan exigentes y se conforman con poco.

Dietario de Múnich (III)

Hasta hoy no he podido leer el reportaje que el Süddeutsche Zeitung le ha dedicado en su edición del miércoles y jueves a Martin Balle, el nuevo propietario del  Abendzeitung. Balle posee quince publicaciones de provincias en toda la Baja Baviera. Y a partir del uno de julio asumirá la propiedad del periódico más urbano de la región. El Abendzeitung se declaró insolvente a principios de marzo de este año. Fue un miércoles de ceniza. Una cruel ironía para un periódico de papel.

Balle remarca en la entrevista que el Abendzeitung seguirá siendo muniqués. Y así lo ha titulado el Süddeutsche Zeitung en las cajas metálicas donde se reparten los periódicos. Es un mensaje de continuidad que todo nuevo propietario se apresura a lanzar para no inquietar a la tradicional clientela. Sólo que aquí esta clientela son unos lectores en retirada desde hace años. El periódico que hace dos décadas vendía unos 300 000 ejemplares diarios ha pasado en los últimos años a una tirada de 105 000 copias. Es necesario también resaltar otro aspecto: no sólo hay que hablar de un lector en retirada, sino también de un periódico en retirada, y de una ciudad. El Abendzeitung había desaparecido poco a poco de la escena muniquesa, mucho antes de que la crisis de la prensa llegara, y cuando de esa escena ya quedaba poco que contar.

He de reconocer que hasta hace poco el Abendzeitung me era indiferente. Como lector exigente de diarios, el Süddeutsche Zeitung ha sido mi periódico local desde que llegué a Múnich hace dos años. El resto – el Münchner Merkur, el Tageszeitung, la edición muniquesa del Bild y el ya citado Abendzeitung – sólo lo miraba por encima del hombro, cuando me lo regalaban o no tenía cosa mejor que hacer mientras esperaba en la peluquería o en la consulta del médico.

Fue mi amigo Helge, el editor de inglés de la editorial Klett-Langenscheidt, quien hace un año me señaló la importancia del Abendzeitung en uno de nuestros encuentros habituales en un café del centro: quien quiera entender lo que este periódico significa para Múnich ha de ver la serie televisiva Kir Royal. El verano pasado, en la Königsplatz, se programó una noche de cine abierto con la reproducción íntegra de la serie, que apareció por primera vez en 1986 en la televisión alemana. Por entonces no pude asistir a la proyección. Sin embargo, no tardé en hacerme con la edición especial publicada con motivo de su veinte aniversario. El protagonista es un periodista del Abendzeitung, Baby Schimmerlos, que en sus columnas diarias describe la trama de corruptelas de la alta sociedad muniquesa. Según Helge, no hay en Alemania una serie que retrate una ciudad y una sociedad, en un momento determinado, como lo hace Kir Royal con el Múnich de los años ochenta. Lo llamativo es que cuando aparece Kir Royal, el Abendzeitung ya había iniciado su decadencia como el cronista que tomaba el pulso diario a la ciudad. O al menos, esa es la información que me ha llegado de los muniqueses más veteranos. Las jóvenes generaciones apenas identifican el nombre de la serie con un bar en Rosenheimer Platz, cerca del río Isar, cuando no con un cóctel francés. Mejor no comentar su conocimiento sobre el Abendzeitung, tan amplio como un tweet.

El periódico se publicó por primera vez en la postguerra, en 1948, y vivió su mejor momento en los años sesenta, cuando Múnich se convierte en la ciudad más glamurosa y distinguida de Alemania. No sólo celebridades del país, sino también glorias internacionales como los Rolling Stones se codeaban en los clubes de la ciudad. Y ahí estuvo el Abendzeitung, como un sismógrafo fiel, para registrarlo. Y no con el amarillismo que es propio de esta clase de prensa. Por sus páginas pasaron las mejores plumas, como Hannes Obermaier “El cazador” o Sigi Sommer, de quien cuentan que cada día se hacía diez kilómetros por toda la ciudad, con sus zapatillas de deporte, a la caza de nuevas historias (en la Rosenstrasse, unas de las principales calles comerciales del centro, le dedicaron una estatua). Sus páginas de cultura, su feuilleton, se convirtieron en referencia y consulta obligada para todo aquel que quería estar al corriente de los principales debates. Sus autores influyeron en todo una generación de periodistas que luego nutrieron las páginas de otras cabeceras más serias como la del mismo Süddeutsche Zeitung.

Pero la era del Abendzeitung se acabó. Como ocurrió con la era glamurosa de Múnich, ciudad que con el tiempo ha quedado desplazada a una capital de provincias (lo que siempre fue), que destaca, eso sí, por albergar a grandes compañías high-tech (Microsoft) o del e-commerce (Amazon). Como escribían los periodistas Claudia Fromme y Adrian Kreye del Süddeutsche Zeitung, “las figuras más importantes ya no se sientan en los bares hasta las cuatro de la madrugada, cuando el apogeo de la noche empieza con la hora de cierre” (“Melancholia”, 6/03/2014). Múnich es por las noches una ciudad muerta, sin chispa. Un triste simulacro de lo que fue. Su declive ha ido en paralelo con el de su cronista urbano, que pronto pasará a manos de un editor de provincias.

Dietario de Múnich (II)

Baviera celebra hoy el Corpus Christi. La ventaja de un día como hoy es que uno puede pasear por la ciudad sin que algún muniqués asome por las calles. Muchos han aprovechado el día festivo para hacer un puente que les llevará a los Alpes o a Italia y no regresarán hasta el domingo por la tarde. Los de recursos más modestos, o aquellos que han de trabajar mañana, pueden aprovechar este día y estos días de tranquilidad para meditar por el Jardín Inglés (Englischer Garten) entre las pocas mujeres en biquini que quedan o dar largos paseos por la ciudad sin el ajetreo de coches y bicicletas temerarias. Siempre he criticado esa política religiosa de mantener los comercios cerrados en domingo y festivos, pero desde que me fui a vivir a Austria, y sobre todo, a Múnich, no sólo me he acostumbrado, sino que he llegado a valorar como ningún bávaro la ventaja de una costumbre así.

Reconozco que hay un punto de egoísmo en esta opinión y que todo obedece a una tendencia huraña, que se acentúa cada vez más con los años, de poder contemplar la ciudad vacía de gente, sin oír el berrinche de nadie. También hay otro aspecto hedonista en todo esto: los mejores momentos con una mujer los he tenido paseando por calles vacías, en noches primaverales y veraniegas irrepetibles (aunque siempre acabe repitiendo el mismo pecado en los mismos lugares), con un final casi siempre feliz. Y en este sentido, Múnich es uno de los más bellos escenarios para perderse con una mujer (o un hombre, si el gusto es de ella… o de él). No es mi intención hacer de estos apuntes una guía para enamorados o aprendices de tales, pero si de he elegir un barrio para cometer un crimen, este es sin duda el de Schwabing-West. Me mudé ahí hará algo más de un año, aunque lo hiciera en sus fronteras menos opulentas, al borde del tradicional barrio obrero de Milbertshofen (sí, existió y existe todavía algo así en esta ciudad señorial) y de forma casi involuntaria – y no con el propósito de establecer una base de operaciones para devaneos amorosos.

Cuando hablo de Schwabing no me refiero, claro está, al distrito Schwabing-Freimann, al otro lado de la Universidad, que comprende la parte noroeste del Jardín Inglés y sube hasta Freimann. Schwabing-West, como su nombre indica, está al lado oeste de la Leopoldstrasse, una de las calles centrales de la ciudad. Entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, hasta la Primera Guerra Mundial, este pequeño barrio se convirtió en uno de los centros artísticos e intelectuales de la ciudad y, de atender la descripción de Thomas Mann en Gladius Dei, de Alemania. “Múnich iluminaba”, escribía el autor de Lübeck, que residió una época en este barrio; al que, por cierto, le dedicó las únicas páginas muniquesas de su gran novela Los Buddenbrook. Thomas Mann, Rilke o Hermann Hesse, o el movimiento artístico Der Blaue Reiter (El jinete azul), son algunos de los nombres eminentes que desfilaron por este barrio. Una impronta de esa explosión creativa e intelectual se puede encontrar en el ya desaparecido semanario satírico y antiautoritario Simplicissimus, cuyos ejemplares (solo algunos) todavía se pueden observar en las vitrinas de los anticuarios del barrio, como el Hammerstein de la Türkenstrasse o el Heinrich Hausner y el J. Kitzinger de la Schellingstrasse.

Poco queda ya, sin embargo, de aquel Schwabing. La vie bohème de la ciudad se ha trasladado al sur del río Isar, en el barrio de Haidhausen, o al Glockenbach, donde ahora tiene lugar la escena joven de Múnich; un pigmeo, por cierto, frente a la arrolladora Berlín o la siempre irreverente Hamburgo. Schwabing se ha convertido en un barrio residencial donde reina la tranquilidad de las clases acomodadas de la izquierda sociológica biempesante y ecologista (en las últimas municipales, celebradas este año, socialdemócratas y verdes sumaron más del sesenta por ciento de los votos). Un barrio con alquileres cada vez más insufribles para sus residentes, y con restaurantes y cafés cuyos precios a duras penas se pueden permitir los desheredados de tanta bondad ideológica.

En Schwabing, Tina y yo solíamos pasear muchas noches del año, ya fuera verano, invierno o primavera, hiciera calor o frío, estuviéramos en guerra o en paz. Nos encantaba caminar sin rumbo y contemplar las casas con el mismo anhelo que esos personajes de la canción Mansion on the Hill de Bruce Springsteen. A veces Tina solía recordarme despiadadamente que con mi salario y mis perspectivas de futuro sería mejor que no me hiciera ilusiones y que prometiera poco. Le encantaba hacerme rabiar con reproches que hasta cierto punto me resbalaban, como que había estudiado una cosa inútil (lo que era cierto) y que de ser abogado o ingeniero contemplaría esas casas desde dentro.

Terminada la guerra fría he vuelto a pisar varias veces esas calles – qué remedio, vivo en la esquina -, especialmente por las noches y en compañía de alguna víctima desprevenida de los encantos del lugar. Algunas noches, cuando llega el buen tiempo, atravieso sus calles con la bicicleta y me paro a observar sus restaurantes, la iluminación austera de sus calles y la arquitectura perfecta de sus casas, con ventanales iluminados y sin cortinas que invitan a fantasear sobre la vida privada de sus gentes.

Dietario de Múnich (I)

A S. J., por su aliento

La Stiglmaierplatz es uno de los lugares de más tráfico de la ciudad. O al menos, así siempre la he recordado, cuando algunas mañanas tenía que atravesarla para ir a la oficina de Hacienda. Por esa plaza o cruce atraviesa una de las calles más largas de Múnich, la Dachauerstrasse, que conecta el barrio de Moosach con la estación de trenes. Por las tardes, una vez superada la hora punta, y cuando todos los muniqueses están en casa preparando la cena, corriendo por el parque o cenando en una terraza, el lugar se convierte en un páramo, como ocurre con muchas de las calles agraciadas de esta ciudad.

Es una tarde soleada pese a que el parte meteorológico llevaba toda la semana anunciando tormenta. Quien lleva un tiempo en Alemania ha de aprender a vivir con esa clase de imprevistos. De ahí que no entienda la manía planificadora de muchos alemanes, una contradición absoluta con la naturaleza del lugar: planean los fines de semana o los puentes en función de una previsión meteorológica que casi siempre yerra. ¿No sería entonces mejor dejarse llevar por la espontaneidad, esa forma de vida que a los alemanes aterra?

En Stiglmaierplatz me encuentro con Sophie, una amiga de Berlín que no me tolera ni un minuto de retraso, ya no digo cuando se trata de diez o quince. Hago abuso de las peores excusas – sí, podría haber empezado antes a planchar la camisa – y le presento mis disculpas con dos entradas de teatro para ir a ver El gran Gatsby, una adaptación del joven director Abdullah Kenan Karaca de la obra homónima de Scott Fitzgerald. La representación tiene lugar en el Volkstheater, un lugar entrañable, que tiene la costumbre de dar cabida a adaptaciones modernas de clásicos de la literatura por jóvenes directores atrevidos. Ya había estado una vez por La vida es sueño de Calderón de la Barca. De aquella representación solo puedo retener los gritos y acrobacias que el actor principal hacía en el papel de Segismundo y la estampida de frases sacadas de la obra original que se proyectaban sobre el escenario. También recuerdo algún pene suelto revoloteando por el decorado. Y alguna teta. O más bien, un buen par de tetas. Y la bronca con mi exnovia. Más no puedo.

Al entrar al patio del Volkstheater nos encontramos con una pantalla enorme que retransmite el partido de Bélgica contra Algeria. Múnich se ha convertido en estos días de Mundial en una public viewing con una ciudad dentro. Alemania no podía quedarse atrás en esa moda de tan mal gusto para los futboleros de toda la vida, que sólo entienden un acontecimiento así en la intimidad del hogar, que es donde uno ha de quedarse – con cerveza y aceitunas en mano -para sufrir las penas.

La obra se representa en la pequeña sala (kleine Bühne) del Volkstheater. El decorado es sobrio y en la escena intervienen los cinco protagonistas principales de la novela, fieles al vestuario de la época.: los (auto)destructivos Daisy y Tom Buchanan, la inteligente Jordan Baker, el sensato Nick Carraway y el inasible Jay Gatsby. La adaptación está plagada de diálogos chispeantes y ocurrentes que despiertan la risa del público. Es entretenida y a ratos original, como la escena en que los personajes celebran una fiesta, postrados en la pared, moviendo la cabeza de un lado a otro, con máscaras, cual títeres en una taberna platónica. Todos los caracteres son más o menos fieles a la obra original, salvo la del narrador de ésta, Nick Carraway, que pasa de sensato a payaso en un golpe desafortunado de adaptación. Ahí se encuentra una de las grandes osadías del joven director hamburgués (tiene 25 años), solo superada por el final absurdo que da a la obra, con un Gatsby redivivo. La adaptación cumple para llenar una tarde, pero no para llenar un recuerdo.

Salimos del teatro algo confusos. Sophie comenta su final raro. Yo no sé qué decir. Muchas de estas adaptaciones modernas me dejan siempre descolocado, cuando no indiferente. Tal vez me falte osadía para entender la adaptación o tal vez no haya nada que entender. No importa. Al salir del teatro hace una noche espléndida. Son las nueve y media de la tarde y el sol todavía no se ha ido. Alargamos indecisos el tiempo hasta nuestro próximo destino, todavía por definir. Por el camino vamos haciendo y deshaciendo planes que tal vez nos lleven a Barcelona o a ninguna parte, mientras yo maquino en mi cabeza alguna que otra travesura. Vamos a parar al restaurante Pepenero, un italiano elegante pese a sus precios, a la altura de la Münchner Freiheit, en la Feilitzschstrasse. Esta calle, con sus restaurantes y su arquitectura, siempre me retrotrae a los momentos más felices de la Lower West Side. Es, sin duda, una de las esquinas más neoyorquinas de la ciudad. Sophie y yo avanzamos, como un simulacro de peces de ciudad, y pese a la advertencia de que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.