Si los dioses lo permiten (una retrospectiva bávara de 2013)

Pese a una primavera lluviosa, pude disfrutar este año de varias excursiones por la campiña bávara. Una de mis últimas salidas fue cerca de Garmisch-Partenkirchen, uno de los lugares más bellos de la región. Recuerdo que aquel día de septiembre, cuando ya regresábamos a buscar el coche, bajamos por un camino relativamente escarpado y  trasegado por la lluvia de los últimos días. Tras sortear los restos del lodazal, fuimos a parar a una pequeña aldea con cuatro casas. Era una tarde soleada y desde una pequeña colina observamos una pradera de colores bucólicos donde pastoreaban ceremoniosas unas ovejas (era sábado, pero podría haber sido domingo). No teníamos otra opción que proseguir nuestro camino a través de ese pequeño villorrio, pasmados por ese paisaje pastoril que nos rodeaba: casas engalanadas con flores y plantas de colores resplandecientes, cuyo edenismo solo quedaba mancillado por un par de Volkswagen y Audis todoterrenos apostados en la sombra de un cobertizo. La naturaleza y la técnica en comunión.

No nos llevó más de cinco minutos cruzar por ese lugar que parecía sacado de un cuadro de Johann Christian Reinhart. Cuando todavía no nos habíamos repuesto de nuestro asombro, tropezamos con un pequeño cementerio acompañado de una capilla que invitaba a orar por aquellos que tuvieron la fortuna de haber sido enterrados en ese edén. Fue entonces cuando una de mis acompañantes – una alemana de Dresden o Leipzig, ahora no lo recuerdo – comentó con indisimulado desdén algo así como “esto es Baviera”. Supongo que el retintín venía a cuento por la capilla y los diferentes crucifijos que habíamos visto colgados en las cuatro casitas que acabábamos de dejar atrás, una imagen que no deja de sorprender a cualquier alemán ultrasecularizado del Norte, ya no digo a un español amamantado en las aguas del anticlericalismo de su país.

Recordaba este momento mientras leía el artículo que el periodista bávaro Hermann Unterstöger dedica a su tierra natal en el especial de 2013 del Süddeutsche Zeitung. En “Wen Gott liebt” (A quién Dios ama), cuenta Unterstöger que cuando al prócer francés Valéry Giscard d’Estaing le preguntaron una vez con qué imagen relacionaría Baviera, este respondió: “Los bávaros viven para mí bajo un arco iris de felicidad”. Una felicidad por cuenta propia, añadiría, que aparentemente no necesita de nadie ni de nada. Para muestra, un botón: mientras los madrileños lloraban por las calles por haberles sido negado el acceso al Parteón Olímpico, los ciudadanos de las localidades bávaras de Múnich, Garmisch-Partenkirchen, Traunstein y Berchtesgardener Land votaban en referéndum en contra de su propia candidatura a los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022. Nada importunaría más a estos bienaventurados pastorcillos que verse sometidos a los designios megalómanos del Comité Olímpico Internacional; una actitud solo comprensible en lugares en vías de desarrollo como Río de Janeiro o en vías de subdesarrollo como Madrid. Por qué postrarse ante los dioses del Olimpo, respondieron los bávaros en un acto prometeico, si en esta tierra no hay paraíso más bello que el nuestro ni dios más poderoso que Horst Seehofer*.

Sobre esta suerte de Ítaca bávara se ha escrito mucho en este año de elecciones. La Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) – algo así como un PSOE andaluz en su perpetuidad y un PNV por su eficacia en la gestión de las finanzas -, recuperaba la mayoría absoluta que había tenido que compartir con los liberales en los últimos cuatro años. El escándalo de nepotismo que sacudió esta primavera a varios parlamentarios regionales, la mayoría del partido gobernante, pasa por ser una mera contigencia en el oasis bávaro, que sólo se agitó cuando el presidente del equipo capitalino, Ulrich Hoeneß, fue acusado de estafar 3,2 millones de euros al fisco alemán y de mantener otros tantos millones ocultos en cuentas suizas.  El hasta entonces modelo de probidad alemana, comprometido socialmente con los más débiles y punto de referencia moral para políticos y empresarios, que alardeaba de pagar religiosamente sus impuestos y se permitía reñir a los estafadores del Sur de Europa (o simplemente al Sur de Europa, por estafadora), fue perdonado por muchos aficionados en el campo (nadie la niega los éxitos del equipo de fútbol, que gana títulos y mantiene unas cuentas saneadas), pero cayó irremediablemente del Olimpo de los Dioses de la República. 

Aunque recordar esta o aquella circunstancia de poco sirve en una región que el periodista Unterstöger inmortaliza con la siguiente descripción, como sacada de un folleto de viajes: “Paisajes de ensueño; una inagotable riqueza de iglesias y conventos; un legado literario no menos rico; un folclore vivaz; el poderío económico y científico; la variedad de su música, así como -no hay que olvidarlo – la tendencia a lo estrambótico y lo grotesco”. No le falta razón al periodista bávaro: basta pasearse por esos campos forjados por la mano del labrador y la subvención y admirar el señorial potencial económico, científico y cultural de su capital, Múnich, y uno ha de estar agradecido a Dios (o a los dioses, si uno es politeísta). “Wen Gott liebt, den lässt er fallen in dieses Land”, escribía el poeta Ludwig Ganghofer al terruño. “A quien Dios ama, éste le permite caer en este país”.

*Horst Seehofer es el ministro-presidente de Baviera y presidente de la CSU.

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