Retrato de invierno

Für T.K., mit Nostalgie der Zukunft

En esta fría mañana preinvernal, provoca un sosiego inenarrable pasear por las calles vacías del centro. A estas alturas del año, y cuando estamos cerca de saludar el 2014 con un nuevo gobierno, la nieve no ha hundido todavía la ciudad en ese caos organizado que tanto admiramos desde el simplemente caótico Sur de Europa. Si bien la escarcha advierte contra el imprudente paseo por el asfalto desafiante de la mañana, me divierto como un niño machacando con las botas ese renegrecido cristal empedrado. Los Christkindlmärkte – o mercados de Navidad para los profanos – despiertan perezosamente en este tercer domingo medio soleado de Adviento. En esta ciudad beata, que todavía alardea de tener todos los comercios cerrados en domingos y días festivos, los  mercados de Navidad otorgan una inesperada y alegre fisonomía a sus calles. Pese a que a veces la temperatura invita a quedarse en el calor del hogar, los parroquianos buscan refugio en el calor humano de los mercados de Navidad desde horas tempranas de la mañana. Los amigos, familiares o simplemente conocidos se citan alrededor de las casetas que se sitúan ordenadamente en los distintos puestos de la ciudad. Se reúnen en círculos y conversan entre tragos de vino caliente; caras risueñas que no parecen o no quieren presagiar que hoy es domingo, que el día se irá pronto y mañana habrá que volver a la ominosa servidumbre del trabajo.

El ambiente prenavideño despierta las conversaciones; queda apenas una semana para la Navidad. Muchos no han comprado todavía los regalos y se dejan aconsejar ociosamente por el amigo o familiar. Cualquier cosa sirve para mantener viva la llama del diálogo. Me dejo empapar por algunas de las conversaciones. “¿Dónde pasarás este año la Navidad?”, me parece entender que le pregunta una chica de descomunal cabellera rubia a quien supongo que es un amigo o conocido. “Esta vez lo pasaré con mi madre”, responde este sonriente. Es una pregunta común por estas fechas, si nos atenemos a la turbadora estadística de que en Alemania uno de cada dos matrimonios fracasan. Entre mis amigos y conocidos alemanes no conozco a nadie cuyos padres no estén separados o divorciados; la Navidad se convierte en un ir y venir entre dos familias parcialmente ajenas. Aunque a veces el asunto resulta todavía más inquietante si cabe: la soledad es también un compañero incómodo por estas fechas. En un libro de interesante lectura, Leben in Deutschland. Eine Entdeckungsreise in das eigene Land [Vivir en Alemania. Una viaje de descubrimiento por el propio país] – una recopilación de artículos que se publiacaron en el semanario Die Zeit allá por los años 2003-2004 -, leo que uno de cada dos hogares en Alemania son unipersonales y que en el 65% de estos no vive ningún niño. Diez años después, de renovarse la estadística, el resultado sería con toda seguridad aun más escalofriante.

Mientras avanzo por este itinerario, trepo poco a poco por el recuerdo de un tiempo no muy lejano, por parafrasear a Sabina. Las calles me retrotraen a un pasado cuya melancolía me obliga a alejarme de este lugar alegre y a la vez maldito. El metro me deja cerca de la explanada donde se levanta el festival de invierno de Tollwood. A estas horas de la mañana, diferentes familias se dejan arrastrar por la incipiente marea de gente invadida por la curiosidad. Los tradicionales puestos de cómida bávara se mezclan con otros de comida ecológica y de un exotismo a veces impostado. Las innumerables tiendecitas de este festival muestran un sinfín de objetos que al observarlos me viene a la mente lo que dicen que comentó Sócratas al pasear por los mercados atiborrados de mercancías: “Hay que ver la cantidad de cosas que no necesito”. Me cito con un amigo alemán que me muestra lo que acaba de comprar: un artilugio inútil que hará muy feliz a su sobrina. Me comenta preocupado que todavía no ha comprado todo los regalos. Cuando le digo que yo todavía tengo todas las obligaciones por hacer, achaca mi descuido personal a un factor cultural: “Claro, los españoles siempre mañana”.

Paseamos por el recinto del festival, sorteando familias y tratando de no llevarnos por el medio a un niño imprudente y a ratos algo cretino que nos saca la lengua cuando le reprobamos con la mirada su comportamiento irritante. Bebemos un vino caliente y hablamos animadamente sobre nuestros planes navideños, su inaplazable cena de Nochebuena en compañía de su madre y el novio de ésta y su cercano viaje a Brasil en Nochevieja. Cuando le pregunto por sus mejores recuerdos navideños se remite a la infancia, esa patria lejana, y prefiere no mencionar los últimos años, especialmente desde la separación de sus padres. Seguimos hablando banalidades mientras el sol se esconde tras las nubes. La temperatura es agradable y no nos damos prisa por recogernos. Nos aferramos a la tenue luz de este postrero otoño, pues somos conscientes de que pronto caerá la noche, el frío húmedo de la noche hará insoportable estar fuera si no hay vino caliente que lo remedie y el día, en fin, el día habrá llegado a su fin sin que nada de esto haya sucedido.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: