Archivos Mensuales: diciembre 2013

Si los dioses lo permiten (una retrospectiva bávara de 2013)

Pese a una primavera lluviosa, pude disfrutar este año de varias excursiones por la campiña bávara. Una de mis últimas salidas fue cerca de Garmisch-Partenkirchen, uno de los lugares más bellos de la región. Recuerdo que aquel día de septiembre, cuando ya regresábamos a buscar el coche, bajamos por un camino relativamente escarpado y  trasegado por la lluvia de los últimos días. Tras sortear los restos del lodazal, fuimos a parar a una pequeña aldea con cuatro casas. Era una tarde soleada y desde una pequeña colina observamos una pradera de colores bucólicos donde pastoreaban ceremoniosas unas ovejas (era sábado, pero podría haber sido domingo). No teníamos otra opción que proseguir nuestro camino a través de ese pequeño villorrio, pasmados por ese paisaje pastoril que nos rodeaba: casas engalanadas con flores y plantas de colores resplandecientes, cuyo edenismo solo quedaba mancillado por un par de Volkswagen y Audis todoterrenos apostados en la sombra de un cobertizo. La naturaleza y la técnica en comunión.

No nos llevó más de cinco minutos cruzar por ese lugar que parecía sacado de un cuadro de Johann Christian Reinhart. Cuando todavía no nos habíamos repuesto de nuestro asombro, tropezamos con un pequeño cementerio acompañado de una capilla que invitaba a orar por aquellos que tuvieron la fortuna de haber sido enterrados en ese edén. Fue entonces cuando una de mis acompañantes – una alemana de Dresden o Leipzig, ahora no lo recuerdo – comentó con indisimulado desdén algo así como “esto es Baviera”. Supongo que el retintín venía a cuento por la capilla y los diferentes crucifijos que habíamos visto colgados en las cuatro casitas que acabábamos de dejar atrás, una imagen que no deja de sorprender a cualquier alemán ultrasecularizado del Norte, ya no digo a un español amamantado en las aguas del anticlericalismo de su país.

Recordaba este momento mientras leía el artículo que el periodista bávaro Hermann Unterstöger dedica a su tierra natal en el especial de 2013 del Süddeutsche Zeitung. En “Wen Gott liebt” (A quién Dios ama), cuenta Unterstöger que cuando al prócer francés Valéry Giscard d’Estaing le preguntaron una vez con qué imagen relacionaría Baviera, este respondió: “Los bávaros viven para mí bajo un arco iris de felicidad”. Una felicidad por cuenta propia, añadiría, que aparentemente no necesita de nadie ni de nada. Para muestra, un botón: mientras los madrileños lloraban por las calles por haberles sido negado el acceso al Parteón Olímpico, los ciudadanos de las localidades bávaras de Múnich, Garmisch-Partenkirchen, Traunstein y Berchtesgardener Land votaban en referéndum en contra de su propia candidatura a los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022. Nada importunaría más a estos bienaventurados pastorcillos que verse sometidos a los designios megalómanos del Comité Olímpico Internacional; una actitud solo comprensible en lugares en vías de desarrollo como Río de Janeiro o en vías de subdesarrollo como Madrid. Por qué postrarse ante los dioses del Olimpo, respondieron los bávaros en un acto prometeico, si en esta tierra no hay paraíso más bello que el nuestro ni dios más poderoso que Horst Seehofer*.

Sobre esta suerte de Ítaca bávara se ha escrito mucho en este año de elecciones. La Unión Social Cristiana de Baviera (CSU) – algo así como un PSOE andaluz en su perpetuidad y un PNV por su eficacia en la gestión de las finanzas -, recuperaba la mayoría absoluta que había tenido que compartir con los liberales en los últimos cuatro años. El escándalo de nepotismo que sacudió esta primavera a varios parlamentarios regionales, la mayoría del partido gobernante, pasa por ser una mera contigencia en el oasis bávaro, que sólo se agitó cuando el presidente del equipo capitalino, Ulrich Hoeneß, fue acusado de estafar 3,2 millones de euros al fisco alemán y de mantener otros tantos millones ocultos en cuentas suizas.  El hasta entonces modelo de probidad alemana, comprometido socialmente con los más débiles y punto de referencia moral para políticos y empresarios, que alardeaba de pagar religiosamente sus impuestos y se permitía reñir a los estafadores del Sur de Europa (o simplemente al Sur de Europa, por estafadora), fue perdonado por muchos aficionados en el campo (nadie la niega los éxitos del equipo de fútbol, que gana títulos y mantiene unas cuentas saneadas), pero cayó irremediablemente del Olimpo de los Dioses de la República. 

Aunque recordar esta o aquella circunstancia de poco sirve en una región que el periodista Unterstöger inmortaliza con la siguiente descripción, como sacada de un folleto de viajes: “Paisajes de ensueño; una inagotable riqueza de iglesias y conventos; un legado literario no menos rico; un folclore vivaz; el poderío económico y científico; la variedad de su música, así como -no hay que olvidarlo – la tendencia a lo estrambótico y lo grotesco”. No le falta razón al periodista bávaro: basta pasearse por esos campos forjados por la mano del labrador y la subvención y admirar el señorial potencial económico, científico y cultural de su capital, Múnich, y uno ha de estar agradecido a Dios (o a los dioses, si uno es politeísta). “Wen Gott liebt, den lässt er fallen in dieses Land”, escribía el poeta Ludwig Ganghofer al terruño. “A quien Dios ama, éste le permite caer en este país”.

*Horst Seehofer es el ministro-presidente de Baviera y presidente de la CSU.

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Retrato de invierno

Für T.K., mit Nostalgie der Zukunft

En esta fría mañana preinvernal, provoca un sosiego inenarrable pasear por las calles vacías del centro. A estas alturas del año, y cuando estamos cerca de saludar el 2014 con un nuevo gobierno, la nieve no ha hundido todavía la ciudad en ese caos organizado que tanto admiramos desde el simplemente caótico Sur de Europa. Si bien la escarcha advierte contra el imprudente paseo por el asfalto desafiante de la mañana, me divierto como un niño machacando con las botas ese renegrecido cristal empedrado. Los Christkindlmärkte – o mercados de Navidad para los profanos – despiertan perezosamente en este tercer domingo medio soleado de Adviento. En esta ciudad beata, que todavía alardea de tener todos los comercios cerrados en domingos y días festivos, los  mercados de Navidad otorgan una inesperada y alegre fisonomía a sus calles. Pese a que a veces la temperatura invita a quedarse en el calor del hogar, los parroquianos buscan refugio en el calor humano de los mercados de Navidad desde horas tempranas de la mañana. Los amigos, familiares o simplemente conocidos se citan alrededor de las casetas que se sitúan ordenadamente en los distintos puestos de la ciudad. Se reúnen en círculos y conversan entre tragos de vino caliente; caras risueñas que no parecen o no quieren presagiar que hoy es domingo, que el día se irá pronto y mañana habrá que volver a la ominosa servidumbre del trabajo.

El ambiente prenavideño despierta las conversaciones; queda apenas una semana para la Navidad. Muchos no han comprado todavía los regalos y se dejan aconsejar ociosamente por el amigo o familiar. Cualquier cosa sirve para mantener viva la llama del diálogo. Me dejo empapar por algunas de las conversaciones. “¿Dónde pasarás este año la Navidad?”, me parece entender que le pregunta una chica de descomunal cabellera rubia a quien supongo que es un amigo o conocido. “Esta vez lo pasaré con mi madre”, responde este sonriente. Es una pregunta común por estas fechas, si nos atenemos a la turbadora estadística de que en Alemania uno de cada dos matrimonios fracasan. Entre mis amigos y conocidos alemanes no conozco a nadie cuyos padres no estén separados o divorciados; la Navidad se convierte en un ir y venir entre dos familias parcialmente ajenas. Aunque a veces el asunto resulta todavía más inquietante si cabe: la soledad es también un compañero incómodo por estas fechas. En un libro de interesante lectura, Leben in Deutschland. Eine Entdeckungsreise in das eigene Land [Vivir en Alemania. Una viaje de descubrimiento por el propio país] – una recopilación de artículos que se publiacaron en el semanario Die Zeit allá por los años 2003-2004 -, leo que uno de cada dos hogares en Alemania son unipersonales y que en el 65% de estos no vive ningún niño. Diez años después, de renovarse la estadística, el resultado sería con toda seguridad aun más escalofriante.

Mientras avanzo por este itinerario, trepo poco a poco por el recuerdo de un tiempo no muy lejano, por parafrasear a Sabina. Las calles me retrotraen a un pasado cuya melancolía me obliga a alejarme de este lugar alegre y a la vez maldito. El metro me deja cerca de la explanada donde se levanta el festival de invierno de Tollwood. A estas horas de la mañana, diferentes familias se dejan arrastrar por la incipiente marea de gente invadida por la curiosidad. Los tradicionales puestos de cómida bávara se mezclan con otros de comida ecológica y de un exotismo a veces impostado. Las innumerables tiendecitas de este festival muestran un sinfín de objetos que al observarlos me viene a la mente lo que dicen que comentó Sócratas al pasear por los mercados atiborrados de mercancías: “Hay que ver la cantidad de cosas que no necesito”. Me cito con un amigo alemán que me muestra lo que acaba de comprar: un artilugio inútil que hará muy feliz a su sobrina. Me comenta preocupado que todavía no ha comprado todo los regalos. Cuando le digo que yo todavía tengo todas las obligaciones por hacer, achaca mi descuido personal a un factor cultural: “Claro, los españoles siempre mañana”.

Paseamos por el recinto del festival, sorteando familias y tratando de no llevarnos por el medio a un niño imprudente y a ratos algo cretino que nos saca la lengua cuando le reprobamos con la mirada su comportamiento irritante. Bebemos un vino caliente y hablamos animadamente sobre nuestros planes navideños, su inaplazable cena de Nochebuena en compañía de su madre y el novio de ésta y su cercano viaje a Brasil en Nochevieja. Cuando le pregunto por sus mejores recuerdos navideños se remite a la infancia, esa patria lejana, y prefiere no mencionar los últimos años, especialmente desde la separación de sus padres. Seguimos hablando banalidades mientras el sol se esconde tras las nubes. La temperatura es agradable y no nos damos prisa por recogernos. Nos aferramos a la tenue luz de este postrero otoño, pues somos conscientes de que pronto caerá la noche, el frío húmedo de la noche hará insoportable estar fuera si no hay vino caliente que lo remedie y el día, en fin, el día habrá llegado a su fin sin que nada de esto haya sucedido.

¿Cuán democrático es el voto de los afiliados en los partidos políticos?

Nunca hasta ahora habían tenido las bases de un partido tanto poder sobre el futuro político de un país como las del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) sobre el futuro político de Alemania. El pasado miércoles 27 de noviembre la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de la canciller Angela Merkel y su partido hermano la Unión Social Cristiana (CSU) de Baviera sellaron un pacto de gobierno con el SPD. El texto, de 185 páginas, fue el resultado de cinco semanas de negociaciones entre los diferentes representantes de los tres partidos, distribuidos en grupos de trabajo según la temática.

La última palabra sobre el pacto, no obstante, la tendrán los afiliados socialdemócratas. Así lo anunció su presidente, Sigmar Gabriel, tras los resultados de las elecciones celebradas el 22 de septiembre: “Cada uno en el SPD ha de cargar con la misma responsabilidad. Cada uno en el SPD ha de actuar como actuaría la presidencia. Toda la responsabilidad debe yacer por tanto en cada afiliado del SPD”.

A la consulta están convocados los 474.820 afiliados del SPD, que tendrán de plazo hasta el 12 de diciembre para presentar su voto. La dirección del partido exige una cuota mínima de participación de 94.000 afiliados. No será hasta el 14 de diciembre -casi tres meses después de las elecciones- cuando se conozcan los resultados, es decir, cuando se sepa si se formará el tercer gobierno de gran coalición de la historia de la República Federal Alemana.

Mayor democracia interna, mayor legitimidad

La consulta a los afiliados socialdemócratas resulta una novedad en la democratización interna de un partido político. “Desde hace tiempo, los partidos experimentan con la votación de los afiliados para cuestiones muy concretas y de personal, pero para la formación de un gobierno de coalición resulta una innovación absoluta”, destaca Niko Switek, investigador en ciencias políticas de la NRW School of Governance de la Universidad de Duisburgo.

“La pregunta a los afiliados responde a un mandato de la Constitución que exige democracia interna a los partidos”, destaca el catedrático de Ciencia Política Stefan Marschall desde la Universidad de Düsseldorf. El profesor Marschall hace referencia al artículo 21 de la Constitución alemana que establece que el “ordenamiento interno [de los partidos] debe estar regido por principios democráticos”. La ley de partidos de 1967 profundizó en el precepto constitucional: “Todos los afiliados del partido tienen el mismo derecho a voto. La toma de decisiones del partido tiene lugar a través de la mayoría”. No obstante, las élites de los partidos alemanes -como la de sus homólogos europeos- han sido reacias a someter a votación entre los afiliados las decisiones fundamentales.

Tanto el profesor Marschall como el investigador Switek enfatizan el carácter legitimador de la consulta y sus efectos movilizadores. “La ventaja del plebiscito es que se da una legitimación más amplia al pacto de coalición; al menos, desde uno de los partidos”, subraya el profesor Marschall. “Y además”, añade, “la afiliación al partido se hace más interesante. Esto puede tener efectos movilizadores, esto es, que más gente se interese en participar en los partidos políticos”.

El fin de la oligarquía de partido

En corregir la carencia de participación interna en la toma de decisiones se han ocupado las dos grandes formaciones políticas en los últimos años con el fin de despertar el atractivo frente a la sociedad. Tanto la CDU-CSU y el SPD han aumentado su oferta de participación entre los afiliados: la elección directa de determinados candidatos (sobre todo locales, o en el caso de los Verdes, de los candidatos a las elecciones generales) o la votación sobre cuestiones programáticas son las formas que gradualmente se han ido introduciendo. En 1993, tras la dimisión de su presidente, las bases del SPD eligieron a su sucesor, Gerhard Schröder, mediante voto directo. Otro elemento democratizador que se está ensayando es la participación de los no afiliados. En la campaña electoral para las elecciones generales de 2013, todos los partidos se han esforzado en involucrar a través de congresos y demás eventos a sus afiliados y no afiliados en la elaboración de sus respectivos programas electorales.

Sin embargo, pese a todas las vías de participación que los partidos actuales presentan, cada vez son menos los miembros que acuden a las asambleas. En Alemania se estima en un 10% los afiliados que lo hacen. El número de “activistas” es tan bajo que los partidos deben recurrir a la “profesionalización” de estos para que los procesos de elección y gestión sean “más efectivos”. Cómo advirtió el sociólogo y diputado socialdemócrata Ulrich Lohmar en los años cincuenta, la asamblea de los partidos como lugar de formación de la opinión ha perdido su significado: los ciudadanos se informan a través de los medios de comunicación. Los “funcionarios” de partido, aquellos representantes que hacían de correa de transmisión entre las bases y los líderes, han perdido influencia y poder. La organización jerárquica y centralista de los partidos en el siglo XXI se ha ido transformado en los últimos años en una organización fragmentaria e incluso anárquica desde la base.

Lejos quedan, por tanto, los análisis que el sociólogo y miembro del SPD Robert Mitchels expuso en 1911 en su obra Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna. Como el título indica -y tomando como ejemplo el mismo partido donde militaba y que un siglo después propone una consulta decisiva entre sus afiliados- Mitchels definió a los partidos políticos -y por extensión, a la democracia representativa- como estructuras oligárquicas con pretensiones democráticas, donde el dominio de los elegidos se impone sobre los electores. Mitchels, sin embargo, no tuvo entonces en cuenta qué ocurre cuando el dominio de una minoría de electores se impone sobre la mayoría de los electores y los eligidos.

La consulta protestada

El plebiscito en el SPD ha sido reprobado no sólo desde la CDU-CSU -que, razonablemente, teme sufrir un revés que haga prolongar todavía más la formación de un gobierno o incluso fuerce la convocatoria de nuevas elecciones-, sino también entre algunos afiliados socialdemócratas. Helge Sturmfels, miembro activo del SPD en Baviera, considera un gran avance en la democracia interna de los partidos que se consulte a sus afiliados y se promueva así su participación en las decisiones fundamentales. Sin embargo, no considera justo que la formación del próximo gobierno alemán dependa de los afiliados socialdemócratas. “11,2 millones de electores han dado su voto al SPD, ¿y ahora son 94.000 afiliados socialdemócratas los que tienen el poder de decidir sobre la formación del gobierno?”, se pregunta Sturmfels. Y enfatiza: “¿Y qué pasa con los otros 11,1 millones de electores, sin los cuales el SPD no tendría que preguntar a sus miembros, ya que el SPD no estaría en el parlamento si tantos votantes no les hubieran votado? Aun cuando votaran los 470.000 afiliados, me parecería injusto”.

Sturmfels no sabe todavía si participará en la consulta , “aunque al final”, reconoce, “uno tiene la tentación de jugar a ser dios”. Su opinión crítica también ha encontrado eco en las esferas más altas del partido. El senador de la ciudad-Estado de Hamburgo, Michael Neumann, del SPD, advertía esta semana que “demasiada democracia interna puede hacer daño”. “No es justo”, agregaba, “que los afiliados de un partido elijan sobre la formación de un gobierno que ha de gobernar a 80 millones de alemanes”. Dos ex alcaldes del SPD de la ciudad hanseática tampoco han escondido su desacuerdo con el plebiscito: “En preguntas locales o en pequeños grupos tiene sentido la democracia de base en un partido. Pero no para temas de política federal o temas que incumben a toda la sociedad. Por eso considero que tienen poco sentido el voto de los afiliados del SPD sobre el pacto de coalición con la Unión [Demócrata Cristiana]”, ha criticado Klaus von Dohnanyi. “La planeada consulta a las bases es problemática”, se sumaba el ex alcalde Henning Voscherau al coro de voces críticas en el SPD.

El politólogo Joachim Raschke, catedrático emérito de Ciencia Política de la Universidad de Hamburgo y reconocido ensayista y asesor político, señala que la consulta a los afiliados sólo pone en evidencia la debilidad de sus líderes. “Un partido necesita un liderazgo fuerte y no delegar su responsabilidad a las bases del partido”, señala el politólogo. Para éste, el voto de los afiliados es una tentación para los líderes de un partido: para los fuertes, porque la consulta cortocircuita, con la ayuda de las bases, los elementos más activos, especialmente cuando les hacen frente. Para los líderes débiles, porque de esta manera el conflicto y la responsabilidad recae en el lado de los afiliados. Y destaca en referencia a los líderes del SPD: “Lo que no pueden hacer es esconderse debajo del ala de los afiliados”, como hace Sigmar Gabriel. Además, este politólogo afirma, en contra de la opinión mayoritaria, que instrumentos aparentemente democratizadores como la consulta a los afiliados minan el activismo. “Si un tipo desde el salón de su casa sólo con poner una cruz puede tener la misma influencia que otro que se rompe la espalda tardes, fines de semana y meses de lucha electoral, ¿por qué debería uno ser más activo en un partido?”.

Raschke considera una farsa esta consulta, y cualquier tipo de consulta a los afiliados: “El plebiscito en un partido es una maniobra decepcionante: los miembros sólo pueden dar respuestas extremadamente simples a preguntas reducidas”. Son los grupos de liderazgo en el partido los que definen las preguntas y sus alternativas, y tras las votaciones son los líderes los que vuelven a tener la palabra. “Lo que fomenta la votación de los afiliados no es la democracia, sino la ilusión de una democracia”.

El socialdemócrata Sturmfels comparte esta opinión y tacha de “dictatorial” el planteamiento de la pregunta, sobre el cual las bases no tienen ninguna influencia. “De los resultados de las últimas elecciones no se puede colegir que la gran coalición fuera lo más deseado, ni por uno ni por otros. En el parlamento los partidos de izquierda (SPD, los Verdes y La Izquierda) suman más votos que los conservadores y la dirección del SPD no ha querido consultar esta otra opción entre sus bases”. Sin embargo, y pese a sus reservas, Sturmfels se dará unos días para reflexionar sobre su voto, si es que se decide a votar. “El 8 de diciembre [cuando se celebre el congreso del partido en el que la dirección dará a conocer el pacto entre sus afiliados] me dejaré con mucho gusto convencer por el camarada Gabriel”, concluye Sturmfels, “si es que tiene argumentos”.

Publicado el 1 de diciembre en Crónica Global.