Archivos Mensuales: septiembre 2013

La democracia en Alemania

Alemania es una democracia “centrista, de consensos” y de “formación de coaliciones”, la describe Timothy Garton Ash en un artículo en El País. El día siguiente a las elecciones, la canciller Angela Merkel advirtió que no habría líneas rojas de negociación. Y en una muestra de acercamiento, su ministro de Finanzas, Schäuble, europeísta insobornable, señaló al semanario Die Zeit que su partido estaría dispuesto a negociar una subida de impuestos, como se comprometieron los socialdemócratas de la SPD y los Verdes en sus respectivos programas electorales.

Los periódicos alemanes han mostrado, en un ejemplo intachable de periodismo, las líneas objetivas de encuentro y desencuentro entre las dos posibles coaliciones. Objetivamente, una gran coalición entre democristianos y socialdemócratas sería la más posible, que no por ello la más probable. Los Verdes, no obstante, con un programa más escorado a la izquierda que el SPD y con demandas medioambientales más exigentes, han dado la mayor muestra posible de aproximación con la dimisión de su cúpula al completo.

Todavía no se sabe qué gobierno saldrá de un proceso que puede ser juzgado de tortugoso – una atributo poco derogativo en una democracia – y que sin duda es indicador de la buena salud de una democracia poco polarizada. No deja de sorprender, sin embargo, que se hable de un gobierno de gran coalición en las circunstancias de estabilidad política y económica que se encuentra el país. Así están, por el momento, las distintas posiciones:

Los socialdemócratas

Este viernes se reunieron 200 delegados en la convención del partido en Berlín. De ahí surgió la decisión de que fueran sus bases quienes se pronunciaran. La división en el seno del partido es clara. No sólo por motivos estratégicos o de responsabilidad política hacia el país. El SPD tiene un problema aun mayor: desde que el ex canciller Gerhard Schröder fuera derrotado en las elecciones de 2005 por Angela Merkel, los socialdemócratas no han encontrado el norte. No es que teman ser devorados por Merkel; temen ser devorados por sus propios votantes.

Una parte importante de la cúspide del partido apuesta por una gran coalición. Es el caso inequívoco de su secretario general, Sigmar Gabriel. Peer Steinbrück, que durante la campaña se había opuesto a un pacto con los democristianos, ha despejado el camino este viernes al anunciar su despedida. La oposición más fuerte una gran coalición proviene ahora de Hannelore Kraft, la ministra-presidente de Renania del Norte-Westfalia. Kraft podría ser en un futuro la candidata de los socialdemócratas al gobierno federal, si un día se atrave a salir de la tranquilidad que reina en su Bundesland o estado federal, en donde todo es más fácil para el SPD. Renania del Norte-Westfalia no es sólo el Land más poblado de Alemania; se trata del principal bastión rojo a nivel local y regional. El próximo año se celebrarán elecciones en la mayoría de los estados federales, además de elecciones municipales y europeas. La mayoría de los Bundesländer está gobernada por los socialdemócratas. Algunos temen, entre ellos Kraft, que una gran coalición les haga perder votos.

El temor está estratégicamente fundado, pero infravalora al votante alemán y, sobre todo, al candidato socialdemócrata. Esta semana hablaba con un militante del SPD que forma parte del ala más izquierdista del partido. Este militante está tan convencido de que el SPD ha de mantenerse fiel a su tradición obrera que en las pasadas elecciones le dio el primer voto a La Izquierda. Él apuesta por un gobierno de gran coalición y cree sensato que el SPD ceda en muchos aspectos de su programa por motivos obvios: los democristianos han logrado casi el 42% de los votos y el SPD sólo el 26%.

Los Verdes

El partido ecologista está inmerso en una lucha de poder tras la dimisión, el pasado lunes, de su ejecutiva federal. Los resultados de las elecciones han sido bastante decepcionantes. Este sábado el partido se ha reunido en Berlín y ha anunciado que negociará con los democristianos, los socialdemócratas y la Izquierda. Este último partido no es una opción banal: aunque improbable, una coalición SPD-Verdes-La Izquierda sería siempre posible. De quererlo el primero.

Es difícil negociar con un partido decapitado. No será hasta el fin de semana del 19-20 de octubre cuando se sepa quienes van a formar la nueva ejecutiva del partido. De momento, toda la información disponible son las declaracioens de algunos líderes regionales del partido, que no han escondido su interés por una coalición con los democristianos. Entre ellos el influyente ministro-presidente de Baden-Wurtemberg, Winfried Kretschmann, quien esta semana ha criticado duramente al candidato ecologista, Jürgen Trittin, por escorar el partido hacia la izquierda.

Los Verdes no van a ser fáciles para los democristianos. Así lo ha advertido el actual jefe del partido, Cem Özdemir, en una entrevista para Spiegel Online: “Veo pocas oportunidades, y no sólo porque las diferencias de contenido sean tan grandes. La Unión (por los democristianos) no tienen un concepto financiero sostenible; y para la solución de un problema que han creado ellos nos han hecho responsables al SPD y a los Verdes. Pero no va a bastar si quieren hablar con nosotros sobre un aumento de los impuestos. Se trata también del cambio energético, la protección del clima, las infraestructuras, la educación, los derechos civiles… ¿Cómo podemos así llegar a un punto de encuentro? La Unión fue nuestro principal oponente en estas elecciones. Esto ha tenido su razón. Y mire usted, cómo la CSU (la Unión Social Cristiana de Baviera) se ha dirigido a nosotros y cómo se dirige”. Van a tener que cortar muchas cabezas en los Verdes para hacer posible un pacto con los democristianos. De momento, ya ha caído la de su candidato, que durante la campaña se dirigía al presidente bávaro, Horst Seehofer, como el “crazy Horse“.

Los democristianos y los bávaros

Una de las voces más oídas esta semana ha sido la del presidente bávaro Horst Seehofer. Seehofer preside la omnipotente Unión Social Cristiana de Baviera (CSU). Es, sin duda, el barón regional más poderoso de los democristianos. Y de seguir este rumbo, el primer partido con el que tendrá que negociar Merkel. Seehofer quiere una gran coalición con los socialdemócratas. Está tan impaciente que en una entrevista que se publica este domingo en el periódico más grande de Alemania, el Bild, ha reñido a los líderes socialdemócratas por ceder la decisión a las bases.

La política fiscal puede ser la principal concesión de los democristianos en una futura coalición con socialdemócratas o Verdes. Así lo ha propuesto el secretario general de la CDU, Hermann Gröhe, en conversaciones internas en la sede del partido, según informaba este jueves el Bild. El mismo Gröhe lo negaba a las pocas horas de conocerse la filtración. Este tema divide al partido y tiene la fuerte oposición de su hermano bávaro. “Con la CSU no va a haber ninguna subida de impuestos”, ha amenazado el ministro bávaro de Finanzas, Markus Söder.

Merkel, fiel a su estilo, no se ha pronunciado. La canciller es una persona de hechos y ha preferido situarse a un lado del torbellino de declaraciones, filtraciones y rumores que ha circulado esta primera semana postelectoral. Alemania, con su canciller a la cabeza, es un país donde las decisiones se toman de forma muy lenta. Los socialdemócratas han pedido tiempo, los Verdes tienen que ordenar primero la casa y la CDU va a tener que negociar primero con su allegado católico.

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Las posibles Merkel

Ayer el nuevo periódico digital Crónica Global me publicó un análisis sobre el resultado de las elecciones generales en Alemania. Su redactor, Dani Tercero, me pidió una pieza en clave europea, sin entrar en política interna. Era un análisis apresurado, sin conocer todavía los resultados, partiendo por tanto de los sondeos a pie de urnas. Para entonces, sobre las ocho de la noche, se preveía que la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Angela Merkel no iba alcanzar por poco la mayoría absoluta, sus socios liberales de la FDP se quedarían fuera del Parlamento, y el partido euroescépito Alternativa para Alemania (AfD) no lograría entrar por poco. Los medios en Alemania ya empezaban a hablar de una gran coalición entre democristianas y socialdemócratas. Sobre esas premisas escribí el análisis. Cuando a eso de las diez de la noche se lo entregué a Dani Tercero, me respondió socarrón, después de publicarlo: “Ahora a esperar a que Merkel no logre la mayoría absoluta”.

Es difícil hacer una lectura europea de los resultados. La campaña ha girado sobre temas de política nacional como la política familiar, la aprobación de un salario mínimo interprofesional o la política fiscal. Europa era un tema indeseado por los dos grandes partidos (si es que todavía se puede hablar de dos grandes partidos y no sólo de uno). El inminente tercer rescate a Grecia incomodaba (e incomoda) a Merkel (mientras su ministro de finanzas, Schäuble, trabaja en él entre bastidores); y los socialdemócratas no querían dejar tan claro su apoyo a la creación de un fondo de deuda común para aligerar a los países europeos más endeudados. Ambos puntos dividen a los alemanes, por lo que ambos partidos tenían mucho que perder. De alguna forma, parecía haber un pacto tácito de no agresión so pena de una destrucción mutua asegurada. El duelo televisivo entre Merkel y Steinbrück manifestó claramente lo embarazoso del asunto europeo para ambos. Si hay algo que a estas alturas queda más o menos claro es que si no se materializa un acuerdo de gran coalición entre ambos partidos no será precisamente por la política hacia el euro, donde tienen más cosas en común por lo mucho que pueden perder. Sobre todo los socialdemócratas.

Este lunes han empezado las quinielas. Muchos democristianos no han escondido su preferencia por los socialdemócratas, aunque la canciller no descarta conversaciones con otros grupos parlamentarios, léase, los Verdes, como le piden algunos barones regionales. Merkel quiere sellar un acuerdo rápido, de entrada no quiere hablar de líneas rojas, y ha respetado a los socialdemócratas, que hasta el próximo viernes no harán pública una decisión, en sus dudas hamletianas. No obstante, sobre ellos cae no sólo el peso de la responsabilidad (por eso de primero el país y luego el partido, una tesitura que de encontrarse en España o Italia se habría resuelto rápidamente inviertiendo ambos términos); sino el órdago que les ha lanzado Merkel. La canciller no piensa gobernar en minoría, lo que se ha entendido como sigue: de no encontrar un socio, convocará nuevas elecciones. Este escenario sería la pesadilla para socialdemócratas, Verdes y toda la tropa Anti-Merkel: Merkel no sólo amenaza con conseguir la mayoría absoluta, sino con dejar fuera del parlamento a toda la oposición.

El Süddeutsche Zeitung y el Frankfurter Allgemeine Zeitung – por citar dos periódicos en las antípodas ideológicas – han presentado sendos análisis objetivos sobre las posibles coaliciones (aquí y aquí, para quien sepa alemán). Los socialdemócratas resultarían el socio más cómodo. El presidente bávaro de la dinastía de la CSU bávara, Horts Seehofer, y el portavoz parlamentario, Volker Kauder, no han tardado en manifestar esta preferencia. No es que ambos ambos programas electorales sean más fácil de conciliar, especialmente por la capacidad de la canciller de hacer suyo parte del programa social de la SPD. La experiencia pasada, la gran coalición de 2005-2009, benefició a los democristianos del mismo modo que perjudicó a los socialdemócratas, que desde entonces no levantan cabeza. Con los Verdes se presenta el pacto más difícil. Y aquí el problema no sólo es programático; la experiencia en Hamburgo y el Sarre, donde gobernaron en coalicón, tampoco es buen aval. En esta campaña los Verdes se han posicionado a la izquierda de los socialdemócratas. Si éstos pedían una subida de impuestos en el último tramo de la renta, los Verdes no sólo proponían lo mismo, sino que el umbral lo situaban en 80.000 Euros en lugar de los 100.000 Euros del SPD. Quede claro que la CDU no va a transigir con ninguno. Pero por encima de todo queda la política energética. Los Verdes no quieren oír hablar de cambios en la ley de energías renovables, mientras que la CDU y el SPD abogan por una reforma para poner freno al precio de la luz.

En este estrategia de las posibles coaliciones hay una pieza que trasciende las fronteras ideológicas para entrar de lleno en las territoriales. Si el lector está cansado, debería abandonar ahora mismo e irse directo a la última línea de este post o bien a la cama, pues lo que viene a continuación pertenece a un nivel de análisis que muchos medios españoles han preferido eludir. Ayer se celebraron las elecciones en Hessen, uno de los Länder más ricos de la república. No en balde forma parte del club selecto de los tres Länder que contribuyen netamente a los fondos de cohesión regionales (los otros dos son Baviera y Baden-Wurtemberg). Los resultados electorales en este Land son tan inciertos como los del Bundestag. La CDU ha ganado, pero no por mayoría absoluta y ahora se debate entre una gran coalición con el SPD, una coalición con los Verdes o quedarse en la oposición de darse una coalición entre el SPD, los Verdes y la Izquierda. La repercusión se llama Senado o Bundesrat, la Cámara de Representación de los Länder, con capacidad de bloquear las decisiones del parlamento que conciernen a la política territorial. Ahora mismo, los democristianos están en minoría. El SPD, los Verdes y la Izquierda suman 36 escaños sobre 69. De darse una gran coalición en Hesse entre CDU y SPD, la distribución en el Senado cambiaría. Ambos partidos pasarían de 27 senadores en la actualidad a sumar 32. Con el apoyo de los liberales de la FDP, todavía presentes en la Cámara Alta, tendrían mayoría. De coaligarse en Hesse el SPD con los Verdes y la Izquierda aumentaría su mayoría en el Senado (41 escaños de 69), pero haría la vida más difícil en el Parlamento a una coalición CDU-SPD o CDU-Verdes, amén de acentuar las contradicciones en el seno del partido que se coaligara con la CDU. La tercera alternativa en Hesse, a saber, una coalición entre la CDU y los Verdes los dejaría en minoría en el Senado. En suma, una gran coalición CDU-SPD en Hesse y en el Gobierno federal pasa por ser la opción más factible, sobre todo, para el primero. 

Por último, cualquier observaor perspicaz se habrá dado cuenta que Europa, en todo esto, no cuenta nada.

Elecciones bávaras. Un análisis apresurado

Los resultados de las elecciones celebradas este pasado domingo en Baviera vienen a confirmar las sospechas anunciadas en este blog: así es Baviera. Los socialcristianos de la CSU, liderados por el incombustible Horst Seehofer, han logrado la mayoría absoluta que les pertenecía desde hace tiempo, desde que Baviera puede decidir su propio futuro en las urnas. La victoria estaba tan asegurada que muchos bávaros con edad de votar, el 36,1 por ciento, ni se acordaron. Puede que un sociólogo despistado llame desencanto lo que aquí es tradición.

Múnich revalida una vez más su título de oasis socialdemócrata en el oasis bávaro. Y el candidato socialdemócrata Christian Ude se consolida como alcalde de Múnich y, si se lo plantea, como próximo alcalde de Múnich para los viente años venideros. Así es Múnich. Era imposible que el “patriarca desencantado”, como lo bautizaba un desencantado análisis del Süddeutsche Zeitung, ganara estas elecciones. Ni estas ni las que se celebren en los próximos veinte años. El mismo diario daba las claves de su fracaso en una semblanza publicada el pasado viernes: “¿Qué se puede hacer cuando [Ude] es, si se quiere, un muniqués de desfile? Aún más: [y aquí me permito una traducción planiana] un homenot de Schwabing”. Schwabing es el barrio de la alta burguesía intelectual muniquesa. El barrio en cuyos cafés se citaban Hermann Hesse y Thomas Mann fue donde nació y se crió el hijo del escritor y periodista cultural Karl Ude. Con ese palmarés se ganan unas elecciones en Hamburgo, Berlín e incluso Múnich. Pero no en Baviera.

La prensa regional se lamenta de que el escándalo de los parientes no haya pasado factura al partido de Seehofer. Parlamentarios (no sólo, por cierto, de la CSU) que colocaron a parientes en puestos administrativos o compraron una cámara de 6000 euros con dinero del contribuyente han revalidado su mandato directo. Algunos, incluso, con mejores resultados. Algún observador extranjero se sentirá decepcionado. Yo también: estas cosas no son propias del país de ética protestante que nos venden en las guías de viaje de los periódicos. Pero ahí radica el error: en confundir la católica Baviera con sus vecinos protestantes del norte y del este. Por más que le pese a los weberianos, es a los estados católicos a quienes les va mejor en esto del capitalismo. Aquí en Baviera el amiguismo, el enchufismo y otras variantes administrativas católico-mediterráneas se dan tanto o más que en cualquier otro lugar católico-mediterráneo. Entonces, ¿por qué les va tan bien? Sólo se me ocurre una respuesta: aquí trabajan todos, políticos, empresarios, amigos y parientes, para el ciudadano, a quien respetan. Y son de una competencia y eficencia absolutamente alemanas. La CSU ha trabajado muchos años para lograr esta exitosa combinación de jeta católica con bienestar nórdico. Y ningún bávaro va a renunciar a ella.

Así, Baviera

(Al muniqués Jordi Orts)

Esta mañana oía en la radio bávara unas declaraciones del presidente de la región, Horst Seehofer, de la Unión Social Cristiana (CSU). “Baviera es una isla de estabilidad en el mundo”, declaraba con el acostumbrado orgullo regional. Y sentenciaba, para más orgullo bávaro: “Alemania es una isla de estabilidad en el mundo; pero Baviera lo es más”. A muchos alemanes, incluso a los bávaros más patriotas, no les deja de sonar arrogante tales declaraciones, que caen con facilidad de la boca de cualquier prohombre de la región. Incluso el candidato socialdemócrata, el carismático Christian Ude, actual alcalde de Múnich, reconocía esta semana en una entrevista para la radio pública de la región que en “Baviera la situación económica es muy buena”. No es de extrañar que muchos españoles que vienen a probar suerte a Alemania elijan como principal lugar de destino la folclórica Baviera por encima de la sexy Berlín. Sólo hay que ir a los datos: el paro de la región se sitúa en el (¡y los liberales de la FDP bávara prometen pleno empleo para 2015!); la economía se ha estancado, pero las exportaciones han batido un récord este primer semestre del año; la renta per cápita es la segunda más alta después de Hessen (si exceptuamos a las ciudades-estado de Hamburgo y Bremen); las cuentas públicas están tan saneadas que se han permitido este año eliminar las tasas universitarias; etc. Además, contribuye en más de la mitad a los fondos regionales de cohesión social. Con estos datos, causa sonrojo oír a un bávaro decir “somos la Cataluña de Alemania”.

Este domingo se celebran las elecciones al parlamento regional. Se ha tachado de “aburrida” la actual campaña a las próximas elecciones al Bundestag. Pero si se mira desde la óptica bávara, la campaña Merkel Vs. Steinbrück es de un éxtasis comparable a una campaña a la presidencia de Estados Unidos. En el oasis bávaro, la pregunta de quien va a ganar cobra el mismo sentido que en unas elecciones a la Junta de Andalucía. La pregunta es si esta vez la CSU conseguirá la mayoría absoluta que perdió en las últimas elecciones, como señalan las diferentes encuestas. Ni siquiera el carismático candidato socialdemócrata, que ha hecho de Múnich un lugar medianamente cosmopolita dentro del oasis provinciano bávaro, puede frenar esta tendencia “natural” del “ser bávaro”. Para que se hagan a la idea de hasta donde cubre el oasis: el gran tema de debate de los últimos días es la propuesta de poner un peaje en Alemania para turismos extranjeros. Seehofer hizo bandera, hasta el punto de comprometer cualquier futuro pacto de coalición en Berlín a ese medida. Merkel le dijo que no y Seehofer apeló al patriotismo bávaro. Ahí queda la chispa de la campaña bávara.

El Sueddeutsche Zeitung advertía ayer en un especial sobre las elecciones regionales contra la irrelevancia de unas elecciones a un “parlamento” que “se hace pequeño”. Y no sólo por las competencias transferidas a Bruselas. La polarización de los partidos se ha reducido. Los parlamentarios bávaros parecen inmersos en la misma vida bucólica de las vacas que pastan por los campos del sur de la región. Lejos quedan los tiempos del “Libertad o Socialismo” con que los socialcristianos agitaban el miedo de los electores en los tiempos de la Guerra Fría. Ni siquiera la construcción de guarderías, que en un pasado fue para la CSU un preludio al socialismo, se discute. Ni que decir del ya olvidado escándalo de la primavera pasada, en el que parlamentarios de la CSU y de la oposición habían otorgado a familiares cargos administrativos.

En las últimas semanas, el semanario Spiegel ha ido publicando una serie de reportajes sobre la situación en Alemania de cara a las elecciones generales que se celebrarán el próximo domingo 22 de septiembre. En varios reportajes, el semanario hamburgués denunciaba, en su habitual tono pontificante, la desidia de la canciller por no aprovechar la buena coyuntura para emprender reformas tan necesarias como impopulares. Y todo por no contrariar al feliz y supuestamente aletargado ciudadano alemán. La “república cómoda”, la “letargocracia”, etc., son algunos de los conceptos que han desfilado ligeramente para describir el actual estado de Alemania. No sé si esos apelativos son del todo justo, si miramos los números de regiones como Sajonia o Turingia. Si hay que buscar una república acomodada viajemos mejor a Baviera.

A Merkel se le puede acusar de no querer afrontar unos problemas estructurales en el país que a medio plazo pasarán factura a las jóvenes generaciones. Empezando por la factura de la luz, incontenible por un cambio energético poco planificado. O los pilares básicos del Estado del bienestar – “pensado para una sociedad que crea crecimiento y que nunca envejece” – como las pensiones, la sanidad o la educación (ojo a esta frase del Spiegel: “Alemania está regida por una estructura en la que los diferentes niveles de gobierno se bloquean mutuamente”). ¿Pero Baviera? ¿De qué se le puede acusar a Seehofer o a los políticos bávaros? Ni siquiera a Ude se le puede pedir explicaciones por los altos alquileres de la ciudad que gobierna; un fenómeno que, por cierto, mirado a escala española causa risa.

Hace tiempo, en La invención de Caín (Alfaguara, 1999), escribía Félix de Azúa unas impresiones sobre Múnich y la campiña bávara. Han pasado veinticino años de su publicación original y la observación siguiente aterra por su actualidad, temiblemente imperecedera: “Al recorrererla, lo que uno puede ver es una clásica estampa romántica a lo Joseph Anton Koch: granjas impecables sobre prados esmeralda donde pastorean unas ovejas eucarísticas; riachuelos y albercas de las que levantan el vuelo garcetas, ánades, grullas; villorrios relucientes en los que hasta el último remate acebollado relumbra cegadoramente… Y sin embargo, ocultas bajo el disfraz bucólico se encuentran las industrias punta europeas concentradas en esta zona que posee la renta per cápita más alta del continente. Están ahí, agazapadas, ronroneando su parto electrónico, transformando el mundo pero fuera del mundo, invisibles, disimuladas, disfrazadas de idilio. Alemania oculta su potencia, disimula su musculatura, disfraza su fuerza descomunal bajo el ropaje de un inocente bucolismo. Así, Múnich”. Y así, Baviera.

Retórica de campaña

Se ha elogiado la intervención del candidato socialdemócrata, Peer Steinbrück, en el debate de anoche. Las encuestas no ofrecen un claro ganador, pero sin duda Steinbrück ganó mucho. Pese a un inicio titubeante, se mostró con resolución y firmeza, hasta el punto de sacarle a su oponente, la canciller Angela Merkel, el titular del día siguientea, a saber, que la canciller no apoyará la propuesta de sus socios bávaros de la CSU de establecer un peaje a los turismos extranjeros que transiten las carreteras alemanas. La afirmación de Merkel casi abre un cisma con sus socios bávaros que durará previsiblemente lo que dure la campaña electoral al Parlamento de Baviera, que se desarrolla por estas mismas fechas.

Hasta ahora la candidatura de Steinbrück se había cuestionado por las numerosas meteduras de pata del candidato. Los periódicos lo habían dado por imposible y habían acabado por reservarle el espacio de las viñetas de humor. Hoy Steinbrück ha dado el salto a las columnas de opinión y a los análisis más serios del país. No ganará las elecciones, pero Steinbrück se ha redimido de su propio guiñol.

Sin embargo, tras repasar los momentos cumbres del debate, no entiendo a qué viene tanta alegría socialdemócrata. Cualquiera que haya atendido lo que los medios alemanes han llamado con poco rigor “duelo televisivo” (más bien se trataba de una entrevista dual), se dará cuenta que sólo había algo más insoportable que la retórica vacía de Angela Merkel: y es la retórica retorcida de su oponente. Y no lo digo sólo yo, lo han señalado respetados comentaristas políticos, como Johan Schloemann del Süddeutsche Zeitung: “Steinbrück habla demasiado rápido. Sus frases, a alta velocidad, están completamente sobracargadas de temas y conceptos complejos. Incluso los académicos bien informados entre la audiencia tienen que estar muy concentrados para seguirlo”. Debo reconocer que me perdí en más de una ocasión, hasta el punto de que hoy tuve que acudir a algunas de las viñetas que se han publicado sobre Steinbrück para poder entender lo que el Steinbrück serio quería decir.

Entre el votante tradicional socialdemócrata se cuenta el obrero industrial y el trabajador de clase media que se habrá quedado igual que usted, amigo lector, al oír las palabras “Grundlastversorgung” o “Überförderungstatbestände”. Steinbrück, con sus frecuentes juegos de palabras y el uso de jerga técnica (especialmente en temas de finanzas) puede impresionar – para solaz de los germanistas – al espectador, que en seguida quedará seducido por la sencillez del estilo directo de una Angela Merkel que ayer tumbó a su rival por donde más le pueda doler. Tal vez sin quererlo, o porque así lo dispuso el mismo Steinbrück, Merkel quedó ayer como la candidata del trabajador común, ese que debería votar a Steinbrück.

Steinbrück no tiene remedio: deberá volver a las viñetas de los periódicos para recuperar los votos que perdió anoche.