El día de la esquizofrenia verde

A escamente un mes y medio de las elecciones federales, los Verdes han propuesto que todos los jueves se sirva solamente comida vegetariana en los comedores de las empresas de Alemania. El “Día Verde” (o Veggie Day, en su versión esnobista alemana) tendría como meta reducir el consumo de carne y concienciar al ciudadano contra el maltrato animal, el medio ambiente y la salud.

La propuesta no ha sido bien acogida por el resto de partidos, que verían en dicha medida, en el país de las regulaciones, un intento de tutelar la vida de los ciudadanos. Incluso el Partido de la Izquierda, proclive a cualquier medida que suponga controlar al ciudadano (siempre y cuando no sean los americanos con su programa de espionaje), se ha unido al coro de los discrepantes.

Que los Verdes hayan llevado tal propuesta en su programa electoral no debería sorprender a nadie. Al menos, a nadie que viva en Alemania. En los últimos meses han salido salido a la luz informaciones sobre el maltrato de animales en granjas de Alemania, que han sacudido la conciencia ecológica del buen ciudadano alemán, siempre susceptible a tales cuestiones metafísicas. Que tal medida tenga éxito es más que discutible, no sólo por la oposición del resto de partidos, sino por el reto que supondría a todos los alemanes, incluso a quien escribe esto. El diario Bild lo resumía no sin ironía con el siguiente comentario de la jefa del grupo parlamentario de los Verdes, Renata Künast: “Un ‘Veggie Day’ sería un día maravilloso para ensayar cómo nos alimentaríamos por una vez sin carne ni salchichas”.

Sin duda, se trata de una exageración: el consumo de carne en Alemania se encuentra por debajo de la media de los países desarrollados, según un informe publicado este año por la Fundación Heinrich Böll. Es más, el consumo se ha reducido – poco – con respecto a 1991. Sin embargo, el mismo informe señala que el 85% de los alemanes no pueden vivir diariamente sin carne. Y yo tampoco. Una razón, entre otras, es su precio: aquí comer carne es barato y resalta una vez más las contradicciones de este país, cuna del movimiento ecologista, en su relación con la comida y el medio ambiente. Der Spiegel lo resumía en un reciente reportaje sobre la industria alimenticia: “Los consumidores alemanes son esquizofrénicos: se compran cocinas caras, pero se enfadan con los supermercados por cada pequeño aumento de precio. Quieren que la comida sea cómoda y fácil de preparar, pero se sorprenden si no es saludable. En las encuestas de opinión puntúan al máximo los productos por valores como su regionalidad, su biocalidad y el bienestar de los animales, pero cuando van a comprar se estremecen frente a los productos que cumplen estos criterios”.

Mientras tanto, un estudio de las Universidades de Göttingen y Hohenheim señala que el 60 por ciento de los alemanes estaría dispuesto a comer menos carne y que el número de vegetarianos se ha doblado en los últimos siete años hasta llegar al 4 por ciento de la población. No está mal. Unos pocos años más y las mismas encuestas señalarán que los alemanes estarán a favor del cierre de las cadenas de supermercados baratos que venden carne a precio de descarga en Internet. Pero para llegar a esto haría falta más de un Veggie Day y una auténtica revolución en el estilo de vida alemán. Empezando por el (mal) gusto culinario, al mismo nivel que esos productos baratos que ofrece la red.

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