Archivos Mensuales: septiembre 2012

Un malentendido

Llevo el día entero escuchando en la radio si se debería prohibir la proyección del vídeo que ha animado a las masas de extrema derecha a salir a la calle y quemar todo lo que huele a musulmán. Al parecer, un vídeo de muy mal gusto que provoca ganas de vomitar – según la nueva crítica cinematográfica incrustada en la sección de política de los periódicos biempensantes – ofende las creencias de esos comprensibles revoltosos. Políticos, juristas y asociaciones de diferente credo han acusado al director del film de provocar. El líder de extrema derecha ha señalado que ese vídeo no tiene nada que ver con la libertad de expresión, que ofende las creencias de mucha gente y advierte que habrá más protestas. Los expertos discuten ahora si es posible una prohibición dentro del marco legal constituyente. Algunos políticos han mostrado reticencias, entre ellos, el ministro del Interior, que se ha mostrado en contra de restringir la libertad de expresión. No obstante, la ministra de Justicia ha asegurado que tiene un límite (la libertad de expresión) y que su proyección en suelo nacional se examinará desde el punto de vista del derecho de reunión, seguridad y orden público.

El proceso

Alemania es un país donde las formalidades y el papeleo juegan un papel esencial en la organización de la vida burocrática y profesional. Desde agosto trabajo en el intento de hacerme autónomo por un breve periodo. El procedimiento parece fácil y rápido: uno se acerca al Finanzamt o delegación de Hacienda, rellena un cuestionario y lo entrega. Entre tres y seis semanas recibirá una carta con el número de identificación fiscal o Steuernummer, indispensable para emitir facturas.

El Finanzamt dispone de asesores (Berater), una clase de funcionario que te ayuda y orienta a rellenar el cuestionario. La atención es rápida y eficiente y se debe a la forma de trabajo del Berater. He identificado dos tipos, con un denominador común: no tienen ni idea de cómo ayudarte. Su trabajo es asegurarse de que rellenas todas las casillas con la información imprescindible que necesitará otro funcionario, inaccesible en primera instancia al ciudadano, y que es el único que sabe del asunto. El Berater no te aclarará nada y es más: será ajeno a tu situación y a tus preguntas. Si a uno le da por preguntar qué casilla convendría rellenar de acuerdo a su trabajo, la respuesta es clara: “Eso es una decisión suya”. Se entienda que con esa forma de proceder la atención sea tan rápida y eficiente.

En Alemania existen organismos públicos de asesoramiento a extranjeros que se hacen autónomos, y que trabajan con independencia de Hacienda. Pero para acceder a ellos, antes uno debe haberse dado de alta como autónomo: es decir, rellenar ese formulario cuyos puntos oscuros (elevados al misterio más retorcido por el lenguaje burocrático) el Berater de Hacienda no te sabe ayudar. En juego hay cosas de vital importancia: una cruz en la casilla equivocada puede suponer una buena bofetada de Hacienda. Quien se lo puede permitir, acude a un Steuerberater o asesor fiscal independiente. Lo más humildes acudimos a un conocido e invocamos a la suerte.

Respecto a la tipología de Berater, me he topado con dos muestras: el Berater indiferente y desdeñoso, que pone la repetidora a una velocidad de lenguaje que ningún alemán corriente logrará alcanzar, sin posibilidad de pausa ni marcha atrás, ajeno a las preguntas “¿puede aclararme ese punto, por favor?”; y el Berater paternalista, que, sin conocer tu situación e indiferente a ella, te indica la casilla que debes rellenar. Aquí radica una cuestión práctica, que muestra la superioridad del segundo tipo respecto al primero: con este, el solicitante – especialmente si es extranjero – regresará tarde o temprano y lo intentará de nuevo, por eso de probar suerte. Con el segundo, el solicitante queda liquidado en cuestión de segundos. Es un asunto de eficiencia. Ni qué decir que yo tuve que pasar por ese proceso, en ese orden.

Reconozco que elegí un mal mes: agosto, el de las vacaciones. La carta debería haber tardado entre tres y seis semanas en llegarme. Tardó ocho y no por dejadez burocrática, sino por motivos más grotescos que ahora explicaré. Me fui una semana a España, a vivir del aire y de la generosidad de los padres, y al regresar confirmé con desaliento y desesperación que la carta, tras un mes, no había llegado. Me afilié a la paciencia como filosofía de vida y a las seis semanas recibí la llamada de un funcionario de la delegación de Hacienda: me informa que la carta se la ha devuelto el correo. Le confirmo la dirección de casa, mi nombre y apellidos. Todo está correcto. Luego el funcionario inquiere: “¿Figura su nombre en el buzón?”. Por un momento dudo, pero respondo afirmativamente. Al regresar a casa observo que mi apellido, que había pegado hacía tiempo con tiras de celo en el interfono, se había caído. Supongo que cuando estuve en Tarragona. Y el cartero, en lugar de entrar al edificio, donde mi apellido figura en el buzón, la devolvió. Sobre la forma de organizar un bloque de viviendas ya escribí la última vez. Los alemanes consultados para este post lo consideran de lo más racional.

La carta me llegó a los pocos días. Al fin el Steuernummer, me dije, con alegría nada contenida. Por fin podía emitir mi primera factura después de un tiempo viviendo de los ahorros. La abrí con la ansiedad del autónomo neófito: otro cuestionario. Tenía un mes para responderlo antes de conseguir mi Steuernummer. Se trataba de tres preguntas sencillas, que bien podrían haber figurado en el primer cuestionario, pienso yo. Además, coincidía este cuestionario con el tiempo de plazo para entregar mi primera declaración de impuestos como autónomo, pues se suponía que al registrar mi empresa el primero de agosto, según aclaración del Berater paternalista, debía presentar una declaración entre los diez primeros días de septiembre. Y aquí llega lo burlesco del sistema: para hacer esa declaración se necesita el Steuernummer.

Me presenté el último día de plazo en la delegación de Hacienda, – es decir, el lunes pasado -, entregué la declaración, en blanco, sólo con mis datos personales y mi firma. Adjunté el segundo cuestionario y las copias de los tres contratos que me encargó la editorial. Pregunté en recepción si podía presentarla así, con mi número de identificación alemán a falta del número fiscal. La muchacha, con una sonrisa agradable – me temo, de no tener idea – me respondió que sí, que no pasaba nada, que ya se pondrían en contacto conmigo si había algún problema.

Hoy he llamado al funcionario de Hacienda que se encarga de comprobar mi solicitud, para cerciorarme que ha recibido mis últimos documentos y preguntar si no hay posibilidad de emitir facturas sin ese fugitivo Steuernummer. Y aquí me topo con la tercera tipología del Berater alemán: el inaccesible, que te habla con el dialecto de su barrio y para el cuello de su camisa, indiferente a toda comprensión. Logro comprender que todavía no ha recibido mi último cuestionario y mi declaración de impuestos, que mi expediente está todavía en proceso de tramitación y que entonces, cuando lo apruebe, podré recibir mi Steuernummer. Llevará unas semanas, me ha parecido entender.