Dietario de Hamburgo (II)

La Hafencity empezó a desarrollarse como idea en 1997, cuando la nueva logística de almacenaje de contáiners y estacionamiento de barcos dejaron inservible la parte oeste del segundo puerto de Europa. Este proyecto faraónico de viviendas, oficinas y lugares de ocio, que en nada se asemeja a las ciudades fantasmas que languidecen en lugares desérticos de España tras el pinchazo de la burbuja, este proyecto, digo, emerge quizá como la mayor audacia promotora de la Alemania contemporánea después de la reconstrucción de la Alemania del Este. Uno se pregunta de dónde saldrá el dinero para construir esta pequeña utopía en el Elba, como la bautizó Der Spiegel; si no responde a la megalomanía de unos promotores y autoridades locales tocados por el genio seductor del crédito irresponsable. ¿Y cómo se amortizará una inversión que no parará de crecer hasta mediados de 2020?

Algunas empresas ya han empezado a mover sus oficinas. La más emblemática para un periodista es el nuevo edificio de Der Spiegel, que como un faro se yergue imponente y vigilante en uno de los extremos aislados de la Hafencity. Todavía no se observan muchos residentes. Los turistas son de momento su principal sustento. Sin duda no será fácil dar vida a un barrio que desde un principio se presenta como un lugar de atracción turístico. Los precios de los alquileres de la Plaza Vasco da Gama doblan la media de la ciudad. Ni que decir los de la Torre Marco Polo, diseñada por los arquitectos españoles de EMBT, donde ya asoma entre sus paredes la factura del viento húmedo de la ciudad.

Entre tanta prominencia se alzará pronto la Filarmónica del Elba, obra de los arquitectos suizos Herzog & de Meuron, que albergará una sala de conciertos con capacidad para 2150 personas. La Filarmónica se financiará con un hotel de lujo, viviendas caras, donaciones privadas y una inversión pública cada vez más creciente, descontrolada, que ha puesto en entredicho la viabilidad del proyecto.

Con todo, después de un paseo por la Hafencity uno no parece estar presenciando otra obra humana fruto de la megalomanía del crédito. Imposible de concebir en una ciudad y unas gentes que hacen de la austeridad, el trabajo y la discreción un signo de identidad. Aquí no hay lugar para la ostentación fantoche. Para despejar las dudas abandono la Hafencity y sigo paseando por el puerto. Observo todo su vasto poderío de grúas, barcos y contáiners. Y rápidamente caigo en la cuenta de aquí la riqueza no es una ficción, de que no puede haber lugar para la megalomanía donde lo que domina es el trabajo.

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