Archivos Mensuales: junio 2012

Dietario de Hamburgo (y IV)

A Marike Frick y Roberto Suárez, con gratitud.

A Nina Baumann, que fue parte de Hamburgo y Nueva York.

Durante cuatro meses seguí el mismo itinerario: todas las mañanas, de lunes a jueves, recorría parte de la Osterstrasse hasta la parada del metro homónima. Cogía la línea 2 hasta Messehalle. Allí, en el número 35 de la Karolinenstrasse, estaba la Volkshochschule Dr. Alberto Jonas-Haus. Regreso este lunes. No encuentro a ninguno de mis profesores. Visito la exposición que hay en la tercera planta. Se expone la historia de la comunidad judía que se desarrolló alrededor de la escuela. El lugar está vacío. Siempre lo estuvo. En seis meses ningún profesor se aventuró a narrarnos nada del lugar donde nos daban los cursos de alemán. Ni una palabra de quién fue el Dr. Alberto Jonas, su fundador, ni del papel emancipador que jugó esa escuela para la mujer judía antes de la llegada del nacionalsocialismo.

Abandono las dependencias de la escuela y encumbro mi resignación por la Marktstrasse hasta llegar al barrio del Schanzen. Es una de las escenas alternativas de la juventud de Hamburgo. En septiembre algunos jóvenes dedican el primer fin de semana a quemar (literalmente) el barrio. Entre las batallitas más famosas se encuentra la que protagonizaron algunos de sus vecinos en los últimos años contra la construcción de un hotel de lujo en el Sternschanze. El promotor no cedió, pero lavó su conciencia inviertiendo dos millones de los antiguos marcos alemanes en proyectos socioculturales en el distrito.

Hago una parada en el Tramontana, el café hispanoportugués de la Altonaer Strasse. Esta calle fue la antigua línea fronteriza entre Altona y Hamburgo cuando la primera pertenecía a la corona danesa. Ahora es simplemente una de las calles más vivas de la ciudad, por sus restaurantes y cafés low-cost. En el Tramontana solía citarme con un alemán que estudiaba español. Fue él quien me contó muchas de las historias del barrio que ahora apenas puedo retener.

Abro el Süddeutsche Zeitung, que le dedica la portada a la foto que el presidente Mariano Rajoy se hizo con selección española hace unos días. El diario muniqués destaca la polémica del viaje del presidente español a Polonia mientras su país se hunde. En sus páginas interiores dedica el SZ un buen espacio al rescate de España, a los vaivenes del Gobierno y a su orgullo, tan español, por negar la necesidad de un rescate hasta el último momento. El periódico también analiza las fortalezas y debilidades de la economía española y hace un balance positivo de la situación. Son artículos equilibrados, para calmar al contribuyente alemán.

No dispongo de mucho tiempo antes de coger el avión. Sigo mi itinerario hasta llegar al barrio de Altona/Ottensen, donde N. y yo vivimos nuestros dos últimos meses. El contraste con Eimsbüttel siempre me pareció brutal. Ottensen fue uno de los barrios más industrializados desde antes de que formara parte de Hamburgo. Inició su despegue cuando Prusia lo anexionó en 1869. En los años setenta del siglo pasado empezó el declive. Muchas zonas se han revitalizado con cafés, restaurantes, centros comerciales (el famoso “Mercado”) y su economía se ha transformado, de la industria a los llamados oficios creativos. Con todo, es fácil apreciar en muchas de sus calles los restos del naufragio industrial: no creo que haya muchos lugares en Hamburgo donde se concentre tanto número de alcohólicos y desempleados vagabundeando por las calles.

El tiempo se va agotando. Apenas llego a cruzar la calle donde vivimos. Me cito para comer con Roberto en la Universidad, en el barrio del Grindel, que vivió uno de sus mejores momentos de lucidez entre 1870 y 1930, cuando buena parte de la comunidad judía se trasladó allí. Recordamos nuestros antiguos encuentros, en ese mismo restaurante de la Universidad. Le acompaño al Hans-Bedrow-Institute, un centro de investigación en medios de comunicación ligado a la Universidad de Hamburgo. Allí nos despedimos.

Antes de abandonar la ciudad me acerco al Instituto Cervantes, con sede en el edificio Chilehaus. Se trata de una de mis construcciones preferidas. Desde su mejor perspectiva se atisba la proa de un barco. No encuentro mejor dibujo para una ciudad como Hamburgo. El edificio se construyó entre 1922 y 1924. Lo diseñó el arquitecto Fritz Höger a petición del empresario y banquero Henry B. Sloman, que hizo parte de su fortuna importando salitre de Chile. En el Instituto Cervantes saludo a algunos profesores.

Antes de regresar a Eimsbüttel para recoger mi maleta doy un breve paseo por el Alster. Allí tengo una de esas epifanías de las que hablaba Enric González en Historias de Nueva York. Es un día soleado y el Alster está imponente. Es cuando me digo que aquí me quedaría a vivir. Aborrezco los momentos sentimentales, por lo que cojo el metro a Osterstrasse, donde empezó todo. Recojo mi maleta y me despido de Marike. Pongo fin a este breve viaje sentimental. Regreso a Múnich.

Dietario de Hamburgo (III)

Echaba de menos un domingo con periódicos. Un año en el Süddeutscher Raum me quitó la costumbre. Un domingo en una ciudad como Múnich o Innsbruck sólo se encuentran periódicos en la estación o colgados en las farolas o metidos en cajas metálicas junto a las diferentes bocas del metro. Fue una sorpresa – o más bien una decepción – descubrir que periódicos como el Süddeutsche Zeitung o el Standard austríaco no dispusieran de edición dominical. Hoy me sentía extraño al comprar la edición semanal de Der Spiegel sin tener que esperar al lunes. Más extraño me parecía encontrarme una ciudad florecida de kioskos abiertos, con sus periódicos del día. No es una peculiaridad de Hamburgo; es lo más corriente en una ciudad que siempre ha vivido abierta al mundo. Me resulta inconcebible todavía que existan lugares en Europa donde se pueda vivir un domingo sin noticias. Aunque bien mirado, esa fue la historia del continente durante siglos. ¿No resulta tenebroso sólo de pensarlo?

Dietario de Hamburgo (II)

La Hafencity empezó a desarrollarse como idea en 1997, cuando la nueva logística de almacenaje de contáiners y estacionamiento de barcos dejaron inservible la parte oeste del segundo puerto de Europa. Este proyecto faraónico de viviendas, oficinas y lugares de ocio, que en nada se asemeja a las ciudades fantasmas que languidecen en lugares desérticos de España tras el pinchazo de la burbuja, este proyecto, digo, emerge quizá como la mayor audacia promotora de la Alemania contemporánea después de la reconstrucción de la Alemania del Este. Uno se pregunta de dónde saldrá el dinero para construir esta pequeña utopía en el Elba, como la bautizó Der Spiegel; si no responde a la megalomanía de unos promotores y autoridades locales tocados por el genio seductor del crédito irresponsable. ¿Y cómo se amortizará una inversión que no parará de crecer hasta mediados de 2020?

Algunas empresas ya han empezado a mover sus oficinas. La más emblemática para un periodista es el nuevo edificio de Der Spiegel, que como un faro se yergue imponente y vigilante en uno de los extremos aislados de la Hafencity. Todavía no se observan muchos residentes. Los turistas son de momento su principal sustento. Sin duda no será fácil dar vida a un barrio que desde un principio se presenta como un lugar de atracción turístico. Los precios de los alquileres de la Plaza Vasco da Gama doblan la media de la ciudad. Ni que decir los de la Torre Marco Polo, diseñada por los arquitectos españoles de EMBT, donde ya asoma entre sus paredes la factura del viento húmedo de la ciudad.

Entre tanta prominencia se alzará pronto la Filarmónica del Elba, obra de los arquitectos suizos Herzog & de Meuron, que albergará una sala de conciertos con capacidad para 2150 personas. La Filarmónica se financiará con un hotel de lujo, viviendas caras, donaciones privadas y una inversión pública cada vez más creciente, descontrolada, que ha puesto en entredicho la viabilidad del proyecto.

Con todo, después de un paseo por la Hafencity uno no parece estar presenciando otra obra humana fruto de la megalomanía del crédito. Imposible de concebir en una ciudad y unas gentes que hacen de la austeridad, el trabajo y la discreción un signo de identidad. Aquí no hay lugar para la ostentación fantoche. Para despejar las dudas abandono la Hafencity y sigo paseando por el puerto. Observo todo su vasto poderío de grúas, barcos y contáiners. Y rápidamente caigo en la cuenta de aquí la riqueza no es una ficción, de que no puede haber lugar para la megalomanía donde lo que domina es el trabajo.

Dietario de Hamburgo (I)

Regreso a la ciudad inacabada. Ha pasado un año y algo más de dos meses desde que la dejé. Muchos recuerdos se han agolpado en mi cabeza mientras paseaba por el barrio de Eimsbüttel, donde vivimos nuestros primeros cuatro meses. Luego nos mudamos al barrio obrero de Altona y más tarde yo me quedé un mes más en Berliner Tor. Hamburgo la recuerdo como una mudanza. Aunque bin mirado, eso ha sido el resumen de mi vida en los últimos seis años.

Eimsbüttel es uno de los barrios más entranables que he visitado. No recuerdo mejor lugar donde vivir. Y no sólo en Hamburgo. El entramado de algunas calles tienen un aire a los mejores barrios neoyorquinos del sur de Manhattan. Pero pasados por el genio alemán del norte, que se revela en su principal calle, la Osterstraße. Pequeños comercios se agolpan entre cafés, restaurantes y franquicias de grandes cadenas comerciales. El día es un trajín bajo una única premisa clara: respetar el descanso de los vecinos. Uno puede sentarse en cualquier café y abstraerse con toda naturalidad del tráfico. Hasta los coches y camionetas que estacionan anárquicamente parecen respetar esa norma básica.

Ocupo la mañana paseando por sus calles. Desayuno con mi buen amigo Roberto, quien me da alojo estos días. Roberto vive aquí con su mujer Marike desde más de cuatro años.  Nos sentamos en el Café Zeitraum de la Osterstraße y después de arreglar el mundo nos despedimos y cada uno marcha a sus respectivas ocupaciones: la suya, trabajar en la Universidad. La mía, el ocio del paseante, que fue el segundo aspecto que caracterizó mi vida en esta ciudad. Tal vez, pienso con resignada malicia,  brote de ahí tanta nostalgia: la de vivir sin dar un palo al agua. No lo confundan, por cierto, con la vida en este barrio. Aquí se trabaja.

Múnich (revisitada)

Abrí este blog con un post que podría haber escrito en Hamburgo con la mente en Innsbruck. A diferencia de mis dos blogs anteriores, esta vez no quería que la ciudad ocupara el centro. Otros intereses me ocupan, y lamentablemente Múnich no significa la jovialidad neoyorquina ni el desarraigo hamburgués. Cada ciudad tiene su prosa y la de Múnich suena a veces a pasodoble.

Aunque la ciudad sea tachada a menudo de conservadora y provinciana, en cierto sentido me recuerda a lo que fue la Barcelona de Maragall con respecto a la Cataluña de Pujol. En seguida que uno se abisma en lo que en alemán se conoce el Süddeutsche Raum (que comprende el Sur de Alemania, Austria y Suiza), uno cae en la cuenta del profundo significado de la palabra abismo: de golpe emerge una telaraña de dialectos que varían de pueblo en pueblo y que hacen la comunicación imposible para el extranjero. Se impone el apego al terruño. Múnich asoma entonces como aquella gasolinera de la que hablaba una vez Savater en una conferencia en el Ateneo de Madrid: después de verse uno perdido un tiempo entre tanta diversidad de bosque y tribus, lo primero que piensa cuando se encuentra una gasolinera es: “La civilización”.

Sé bien de lo que hablo: me pasé un año en el Tirol y por mucho que insistí no logré que ningún tirolés hablara Hochdeutsch (el alemán estándar) ni ellos lograron que yo cediera a la peculiar pronunciación sureña. A veces preferíamos hablar en inglés. A Múnich venía a repostar. La nebulosa dialectal desaparecía, o se convertía en un leve ruido de fondo. El Hochdeutsch se imponía en la calle y algunas calles se imponían al ambiente folclórico de la misma ciudad.

Palabras como HeimGemütlichkeit cobran un sentido especial en el Sur alemán que algunos alemanes del Norte envidian. Lo aprecié al poco de llegar: en pocas semanas había conocido más hamburgueses en Múnich que en Hamburgo durante siete meses. Lo que reafirma mi apego por la huraña ciudad hanseática y mi desconfianza por el terruño bávaro. Múnich es la gasolina que hace arder el terruño; el mismo terruño de que está formada.