Equidistancias

No hace mucho apareció en el semanario Die Zeit un manifiesto bajo el título “Nosotros somos los autores. Contra el robo de la propiedad intelectual”. A diferencia de lo que ocurre en España, donde son contados los autores que se atreven a levantar la voz contra un tuit, en Alemania éstos han hecho piña para defender sus derechos, y no sólo los suyos, sino los del mediador. Con este acto de valentía no han sido poco los autores alemanes que se han ganado la excomunión en las redes sociales. Aun así no se han arredrado y, por si cupiera alguna duda, han publicado un manifiesto con nombres y apellidos.

Esta semana dos medios importantes como el semanario Der Spiegel y el diario Süddeutsche Zeitung publicaban sendos artículos sobre el tema. En Der Spiegel el periodista Thomas Darnstädt se preguntaba en forma de alegato “¿A quién pertenece las ideas?” y abogaba por buscar una solución al conflicto entre la comunidad de internautas y los autores, sin criminalizar a los primeros y sin perjudicar económicamente a los segundos. Por la misma línea iba el prestigioso periodista Heribert Prantl en un artículo en el diario muniqués, donde aprovechaba para lanzar una pulla contra el malvado mediador (editoriales, discográficas, sociedades de gestión, etc.). Es una postura equidistante con la que se apuesta por lo seguro: no sólo no se pierde, sino que se gana el aplauso de la galería, especialmente cuando se dispara a los malos de la película, ya saben, el  mediador.

Se achaca al Partido Pirata de haber abierto el debate público sobre la propiedad intelectual. Y puede que así sea, si nos atenemos a su programa electoral y su ascenso electoral. Los piratas denuncian que en Alemania la policía pueda almacenar datos con la IP de aquellos internautas que se descargan películas, discos y libros gratis y que luego esa lista vaya a parar a los tribunales. Se trata de un atentado, dicen, contra la libertad en Internet. Abogan, además, por una reforma de la ley de propiedad intelectual que no sólo acabe con ese abuso propio de un estado policial – es decir, que no se penalice la descarga gratuita de material intelectual protegido-, sino también que mejore la condición salarial de los autores, esclavizados por el negrero del mediador.

Sobre estas últimas intenciones samaritanas de piratas (y) equidistantes, el escritor Ferdinand von Schirach responde en el mismo número del semanario hamburgués con una opinión poco equidistante y samaritana: “Sin dinero no hay literatura”. No sólo expone las dificultades materiales del creador y la importancia de que éste esté protegido de la cultura de la gratuidad. También reivindica la labor del mediador. La cita es larga: “La propuesta de que los escritores tienen que encargarse también de la gestión de sus derechos de propiedad es absurda. Ellos tienen que escribir, y son otros los que deben preocuparse de vender sus libros. (…) Cuando necesito una camisa la compro en la tienda, no me pongo yo mismo a coser una”. Y añade: “Y sí, un libro cuesta dinero. El siete por ciento se lo queda el Estado. El librero se queda la mitad del precio neto de venta al público. La otra mitad se la reparten el proveedor de papel, el impresor, el tipógrafo, el distribuidor, los empleados de la editorial – se ha de pagar desde el recadero hasta el editor pasando por los lectores -, y al final el autor recibe su honorario”. En esta cadena no hay que olvidar que “el riesgo económico yace en la editorial”, que paga un adelanto al autor independientemente de que el libro se venda o no.

Por último, hay en este debate una equidistancia cuyos defensores, por miedo al tuit de la mayoría, no tardan en enarbolar. Se trata de la costumbre intelectualmente perezosa y cómoda de hablar de un conflicto de legitimidades entre dos partes, sin preguntarse si la naturaleza de ambas posturas son igual de legítimas. Basta con que existan y estén enfrentadas para colocarlas al mismo nivel. En España, los que han seguido muy de cerca el tema vasco – una buena vara de medir la honradez intelectual -, sabrán de qué hablo. Y no sé por qué, pero siempre se acaba cuestionando la legalidad vigente en pro de agradar a los que viven o se viven por transgredirla. Y a eso se llama una “compensación de intereses”. Como una disputa entre mafias.

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