La comodidad del estereotipo

De un tiempo a esta parte llevo observando en mí un comportamiento un tanto extraño. Desde que me fui a Alemania, no hay forma de que llegue puntual a ningún sitio, no hay ocasión que pierda para echar una siesta y si una tarea se puedo llevar a cabo en una hora, yo me demoro dos o tres. Recuerdo una vez que llegué tarde – bastante tarde – a un encuentro con unos amigos en Hamburgo. El comentario era de esperar: “Es que es español”. O una vez que me pegué una de esas siestas de campeonato que no recordaba desde mis tiempos de la Universidad para preocupación de mis compañeros de piso. Desde entonces, y para no decepcionar a nadie, trabo las mil y una para enredarme y obedecer a lo que se supone que se espera de mí por venir de donde vengo: llego tarde, duermo la siesta y no doy un palo al agua. No quisiera culpar a las circunstancias de tanta desidia, pero esta vez no me queda otra: se trata de no romper con la costumbre.

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