Archivos Mensuales: mayo 2012

Equidistancias

No hace mucho apareció en el semanario Die Zeit un manifiesto bajo el título “Nosotros somos los autores. Contra el robo de la propiedad intelectual”. A diferencia de lo que ocurre en España, donde son contados los autores que se atreven a levantar la voz contra un tuit, en Alemania éstos han hecho piña para defender sus derechos, y no sólo los suyos, sino los del mediador. Con este acto de valentía no han sido poco los autores alemanes que se han ganado la excomunión en las redes sociales. Aun así no se han arredrado y, por si cupiera alguna duda, han publicado un manifiesto con nombres y apellidos.

Esta semana dos medios importantes como el semanario Der Spiegel y el diario Süddeutsche Zeitung publicaban sendos artículos sobre el tema. En Der Spiegel el periodista Thomas Darnstädt se preguntaba en forma de alegato “¿A quién pertenece las ideas?” y abogaba por buscar una solución al conflicto entre la comunidad de internautas y los autores, sin criminalizar a los primeros y sin perjudicar económicamente a los segundos. Por la misma línea iba el prestigioso periodista Heribert Prantl en un artículo en el diario muniqués, donde aprovechaba para lanzar una pulla contra el malvado mediador (editoriales, discográficas, sociedades de gestión, etc.). Es una postura equidistante con la que se apuesta por lo seguro: no sólo no se pierde, sino que se gana el aplauso de la galería, especialmente cuando se dispara a los malos de la película, ya saben, el  mediador.

Se achaca al Partido Pirata de haber abierto el debate público sobre la propiedad intelectual. Y puede que así sea, si nos atenemos a su programa electoral y su ascenso electoral. Los piratas denuncian que en Alemania la policía pueda almacenar datos con la IP de aquellos internautas que se descargan películas, discos y libros gratis y que luego esa lista vaya a parar a los tribunales. Se trata de un atentado, dicen, contra la libertad en Internet. Abogan, además, por una reforma de la ley de propiedad intelectual que no sólo acabe con ese abuso propio de un estado policial – es decir, que no se penalice la descarga gratuita de material intelectual protegido-, sino también que mejore la condición salarial de los autores, esclavizados por el negrero del mediador.

Sobre estas últimas intenciones samaritanas de piratas (y) equidistantes, el escritor Ferdinand von Schirach responde en el mismo número del semanario hamburgués con una opinión poco equidistante y samaritana: “Sin dinero no hay literatura”. No sólo expone las dificultades materiales del creador y la importancia de que éste esté protegido de la cultura de la gratuidad. También reivindica la labor del mediador. La cita es larga: “La propuesta de que los escritores tienen que encargarse también de la gestión de sus derechos de propiedad es absurda. Ellos tienen que escribir, y son otros los que deben preocuparse de vender sus libros. (…) Cuando necesito una camisa la compro en la tienda, no me pongo yo mismo a coser una”. Y añade: “Y sí, un libro cuesta dinero. El siete por ciento se lo queda el Estado. El librero se queda la mitad del precio neto de venta al público. La otra mitad se la reparten el proveedor de papel, el impresor, el tipógrafo, el distribuidor, los empleados de la editorial – se ha de pagar desde el recadero hasta el editor pasando por los lectores -, y al final el autor recibe su honorario”. En esta cadena no hay que olvidar que “el riesgo económico yace en la editorial”, que paga un adelanto al autor independientemente de que el libro se venda o no.

Por último, hay en este debate una equidistancia cuyos defensores, por miedo al tuit de la mayoría, no tardan en enarbolar. Se trata de la costumbre intelectualmente perezosa y cómoda de hablar de un conflicto de legitimidades entre dos partes, sin preguntarse si la naturaleza de ambas posturas son igual de legítimas. Basta con que existan y estén enfrentadas para colocarlas al mismo nivel. En España, los que han seguido muy de cerca el tema vasco – una buena vara de medir la honradez intelectual -, sabrán de qué hablo. Y no sé por qué, pero siempre se acaba cuestionando la legalidad vigente en pro de agradar a los que viven o se viven por transgredirla. Y a eso se llama una “compensación de intereses”. Como una disputa entre mafias.

Los Estados Unidos de Europa

Leo en El Mundo una entrevista al politólogo canadiense Ian Bremmer:

Guste o no lo que ha hecho, Merkel ha sido muy proactiva, particularmente si se compara con la historia de Alemania desde la Segunda Guerra Mundial. Ha forzado que haya gobiernos de tecnócratas en Italia y en Grecia; ha forzado la austeridad. La naturaleza del liderazgo alemán no les gusta a muchos países. ¡Pero la naturaleza del liderazgo estadounidense tampoco les gustaba a muchos países!

¡Por fin alguien habla claro! Desde que estalló la crisis del euro, se ha ido estableciendo poco a poco la idea de que los malos de la película son los alemanes. Por You Tube circula un vídeo muy aplaudido de un eurodiputado nacionalista británico que resume en pocos minutos la paranoia conspiranoica que recorre el continente y sus islas: “Vivimos en una Europa dominada por Alemania”. En otras palabras, lo que no consiguieron antes por medio de las armas lo están consiguiendo ahora por medio de los euros. Y todo por sus bancos y los ahorros de sus ciudadanos. Se puede criticar argumentadamente con The Economist el celo de austeridad del Gobierno de Merkel, pero no acabo de ver que Alemania esté haciendo de Europa un traje a su medida. Es una de las ideas más asentadas. También una de las más falaces. Pero si así fuera, ¿por qué no aplaudirlo?

Los alemanes ya saben lo que es pasar por lo que están pasando griegos, portugueses, irlandeses, españoles y, en menor medida, italianos, que ya tienen suficiente con lo suyo. Es cierto que les tocó en una coyuntura internacional favorable, ¡pero no esperaron a que vinieran de afuera a decirles lo que tenían que hacer! Se administraron la medicina de la austeridad, cayeron los salarios y los precios, se reformó el mercado laboral… ¡y todo esto pilotado por un gobierno de coalición entre los dos grandes partidos! Ante un palmarés así, no hay muchos argumentos para cuestionar sin cierto rubor el liderazgo alemán, salvo el movido por inquinas y envidias nacionalistas. Es en este sentido que ha de interpretarse la euforia europea por la victoria de Hollande. Ahora alguien le va a decir a Merkel y los alemanes lo que antes nadie se había atrevido a decirles en la cara. Bien, comparen un país y otro y observarán por qué las comparaciones son odiosas.

Con Alemania está ocurriendo en Europa lo que con Estados Unidos en el mundo: se le critica cuando interviene y cuando no; qué más da, hagan lo que hagan, ocurra lo que ocurra, los malos son ellos. Me pregunto qué sería ahora mismo de la Europa del euro sin un liderazgo tan firme como el de Merkel. Ya no pongo como alternativa a Sarkozy, ni siquiera al bueno de Hollande, a quien todavía se le ha de otorgar el beneficio de la duda. Pienso en los Barroso, los Van Rompuy y los Olli Rehn. Meros representantes de la nada burocrática en que se ha convertido Bruselas, incapaz de tomar media decisión tras veinte cumbres.

La comodidad del estereotipo

De un tiempo a esta parte llevo observando en mí un comportamiento un tanto extraño. Desde que me fui a Alemania, no hay forma de que llegue puntual a ningún sitio, no hay ocasión que pierda para echar una siesta y si una tarea se puedo llevar a cabo en una hora, yo me demoro dos o tres. Recuerdo una vez que llegué tarde – bastante tarde – a un encuentro con unos amigos en Hamburgo. El comentario era de esperar: “Es que es español”. O una vez que me pegué una de esas siestas de campeonato que no recordaba desde mis tiempos de la Universidad para preocupación de mis compañeros de piso. Desde entonces, y para no decepcionar a nadie, trabo las mil y una para enredarme y obedecer a lo que se supone que se espera de mí por venir de donde vengo: llego tarde, duermo la siesta y no doy un palo al agua. No quisiera culpar a las circunstancias de tanta desidia, pero esta vez no me queda otra: se trata de no romper con la costumbre.

La máquina de dimitir

La política alemana funciona a veces como una máquina de dimitir: político que yerra, político que dimite. Ayer la canciller Merkel fulminó a su ministro de Medio Ambiente. Se trataba del mismo político que había protagonizado la dolorosa derrota electoral de la CDU (el Partido Democristiano) del pasado domingo en el land más poblado del país. Norbert Röttgen (no intenten pronunciarlo, se dañarán la garganta) había apostado fuerte. Quiso hacer de la campaña electoral un plebiscito de la política europea de Merkel, haciéndose pasar por Merkel. Y perdió. Luego dimitió de su cargo como jefe de la facción regional del partido, pero siguió con su cargo de ministro. Algo chirriaba en la máquina.

La decisión de Merkel ha sorprendido al personal mediático y ha provocado malestar entre sus correligionarios. Según la crónica de Der Spiegel, no suelen ser las formas de la canciller, para quien la estabilidad del gabinete está por encima de todo, a pesar del abultado carrusel de ministros dimisionarios. A muchos no les gustó que el ministro Röttgen jugara con dos barajas, una para ganar y la otra para no perder. A Merkel tampoco le agradó que un supuesto leal jugara con la única baraja que le queda, la del euro.  Ahora queda claro quién es la única persona para jugarla.

En la cultura política alemana la dimisión no es ningún tabú. Es más, la ligereza con que muchos políticos dimiten ha provocado debates en el país sobre la conveniencia de estar dimitiendo por cualquier error; un estadio del debate difícil de comprender en latitudes más sureñas. El alemán de a pie también está cansado, y no es raro escuchar en alguna discusión de sobremesa o en algún talk-show un “¡Joder, aquí dimite cualquiera!”. Tal vez por eso haya sorprendido tanto la decisión de Merkel: hasta ahora parecía inconcebible que un ministro no dejara voluntariamente su cargo.

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Cortesías

El (auto)engaño alemán (I)

Este fin de semana conocí a una española licenciada en Periodismo. Lleva más de dos años en Múnich. Antes había trabajado tres años con contrato de becaria en un gabinete de comunicación de una consejería regional. La echaron, hizo las maletas y se fue a Múnich, donde tenía una amiga alemana. Invirtió el primer año en estudiar alemán. El segundo lo pasó trabajando de vendedora en Zara. En el tercero está probando con el doctorado y las clases de español, uno de los grandes embustes de este país, con el que una institución cultural española lleva un tiempo haciendo el agosto a costa de jóvenes desesperados.

Me comenta afligida su aventura aciaga. Y maldice, con razón, la prensa española. No la culpa. Cuando ella llegó todavía no se publicaban esos reportajes que invitaban a comprarse un billete de avión con el dinero del desempleo o de los ahorros, en el caso de que no tuvieran derecho al primero. “Les digo a mis amigos de España que eso son mentiras, que esto no es un paraíso”, dice indignada, con razón. Ni ser ingeniero es una garantía, me dice, si no hablas alemán. Sin embargo le tranquiliza vivir en la rica Baviera. “Aquí al menos hay trabajo y el desempleo es bajo”, dice con marchitado optimismo. Podría haber sido peor, claro, si hubiera tomada el camino de otros españoles que se van a Berlín, muchos sin saber papa de alemán, e ignorando que allí el desempleo dobla la media nacional.

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La democracia del tuit

De la ajetreada jornada electoral de ayer, me llama la atención el imparable ascenso del Partido Pirata alemán. Ya es su tercera victoria consecutiva en unas elecciones regionales. Que un fenómeno político así arrancara en las elecciones de septiembre de 2011 al parlamento regional de Berlín tiene su explicación. Sólo hace falta visitar la ciudad un par de días: está plagada de españoles. Parecía la consecuencia exitosa del 15-M. El 8,9 por ciento de los votos. Y para darle más simbolismo al acontecimiento: 15 piratas en el Parlamento.

El semanario Der Spiegel publicaba hace dos semanas un extenso reportaje bajo el título, en portada, “Avanti Dilettanti. Cómo los piratas intentan hacer política”. En un momento del reportaje, se habla de la influencia internacional que está teniendo este fenómeno. El punto más exitoso a nivel internacional del programa berlinés, por poner un ejemplo, resulta ser la gratuidad del transporte público. Otros puntos fuertes son más transparencia en las instituciones, más democracia participativa y la madre de todas las batallas: la libertad en Internet, que es la forma refinada para referirse al “todo gratis”. Un programa que cabe en un tuit. A todo esto, los piratas responden que lo que ellos quieren establecer no es un programa, sino un método para hacer política de abajo a arriba, que es supongo como se concibió Twitter. Para hacerse una idea del nivel de la tropa, esto fue lo que tuiteó uno de sus miembros representativos en Berlín, después de soltárselo a un periodista del semanario hamburgués: “El ascenso del Partido Pirata transcurre tan vertiginosamente como el del Partido Nacionalsocialista entre 1928 y 1933”.

A la Alemania seria le preocupa esto. Y es que la alternativa a los dos partidos mayoritarios no sólo es el nazismo y el comunismo. También está la estupidez. Por el mismo motivo: tipos malcriados. Y esto es difícil de entender en un país donde nada es gratis y donde cualquier atisbo populista corre a condenarse en la siguiente edición del periódico. Algunos opinan que al Partido Pirata le pasará lo que a los Verdes y a la Izquierda: surgieron para cambiar el sistema y al final el sistema les cambió a ellos. Tal vez ahora ocurra algo distinto, como ocurrió en los años setenta con los Verdes: y es que el sistema ya ha cambiado; los piratas son señal de ello.

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Cortesías 

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Múnich

No es uno de mis lugares favoritos. Pero de un modo accidental, como todo en la vida, supongo, vine a parar aquí. Esta vez no es una ciudad concreta lo que me interesa. Aunque algún interés sobre ella también pondré. Con Múnich ocurre lo que me comentó un amigo que lleva dos años residiendo aquí: “Es tan perfecta que aburre”. En el último año he visitado la capital bávara varias veces y no encuentro mejor frase que la describa. La ciudad, que apenas rebasa el millón de habitantes, es conocida como Weltdorf (aldea global), por esa combinación tan moderna entre lo provinciano y lo cosmopolita. Sólo hace falta asomarse a uno de sus lugares más céntricos, la Marienplatz, y observar entre turistas a esos señores que el fin de semana pasean con sus trajes tradicionales bávaros. Y sus señoras, vestidas ridículamente hasta el escote. Esa monería folclórica, que no requiere excusas del calendario para salir a la calle, es aplaudida por muchos locales y visitantes como algo entrañable, que es el calificativo que se destina a los animalitos. Supongo que va a juego con la actual fiebre de la diversidad. Poco que objetar: hacen su función y luego se van a casa sin molestar.

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